Juan Bautista y Zaratustra: profetas en el desierto

desiertoLa imagen de Juan Bautista predicando en el desierto es semejante al personaje de Nietzsche, el loco Zaratustra, que con su linterna encendida en pleno día grita preguntando dónde está Dios. Y mientras Juan anuncia la venida del Mesías, Zaratustra proclama la muerte de Dios a manos de los hombres. Son como los polos opuestos de un mensaje cuyo contenido es Dios: uno instalado al inicio del cristianismo, otro en el amanecer de una nueva cultura, la nuestra. Juan, anuncia lo que está por venir: el fin de la antigua Alianza y el cumplimiento de las Promesas, la salvación de Dios por fin abierta y para todos. Zaratustra constata una novedad cuyas consecuencias recién comienzan: después de siglos de cristianismo, Dios ha muerto, y nosotros somos sus asesinos.

Entre Juan y Zaratustra se abren siglos de Historia, pero también nuevos desiertos, es decir, vacíos y ausencias donde hoy gritan otras voces, esperando respuestas de cambio y conversión. El primer desierto es la ausencia de Dios. Razón tenía el personaje de Nietzsche: hemos expulsado a Dios de toda esfera humana, incluso con rabia y mofa. En lugar de Jesucristo dimos paso al sujeto, a ese yo triunfalista, egocéntrico y vanidoso, cuyo apetito de placer y poder no tiene límites. La tierra está vacía de Dios, y la nueva divinidad es su criatura, que se alza soberbia, aplastante y orgullosa.

El segundo desierto es el vacío de lo esencial. ¿Qué es lo realmente importante en la vida?, ya no lo sabemos. Nos hemos llenado de tantas cosas, que ya no distinguimos lo importante de lo superfluo. A final, todos padecemos el mal de Diógenes. Acumulamos cosas materiales y espirituales, cosas personales y colectivas, cosas-entes y cosas-acciones, cosas-productos y cosas-personas, cosas y más cosas. Terminamos enajenados en las cosas y por las cosas, sin saber ya qué es lo esencial; porque lo esencial es invisible a los sentidos, y nosotros en cambio sólo queremos aquello que se siente, que se toca, calcula, goza y posee.

El tercer desierto es el vacío del sentido. Por supuesto que hay quienes intuyen que la vida sí tiene un sentido, un “desde dónde” y un “hacia dónde”, y se esfuerzan en la búsqueda cotidiana y sin fin. Pero también abundan aquellos que no encuentran en la vida más sentido que dar rienda suelta a los sentidos, negando toda trascendencia, restando valor a la Historia y al futuro. Para ellos sólo existe el presente, y en ese presente no caben más que ellos mismos, embriagados de autosuficiencia y placer.

El cuarto desierto es el vacío del compromiso con la Ética y las ideas. El tiempo de los mártires ha terminado. La decisión altruista de secundar una idea o una vocación hasta la locura y el sufrimiento, ya no existe más. Ahora todo depende de las circunstancias y de las conveniencias. Emulando a los verdaderos camaleones, jugamos a cambiarnos de color y de máscaras. Jugamos el juego de las identidades múltiples, como si fuésemos personajes en un juego virtual, encarnando el avatar que más convenga para la ocasión.

El quinto y último desierto es el vacío de adultos y de sentido común. Ser adultos implica manejarse en el sentido común, saber llamar mal al mal y bien al bien, saber distinguir lo uno de lo otro, poner cordura y autoridad, ayudar a que los jóvenes se hagan cargo de sus actos, sin importar si son leves o graves. Pero hoy, los adultos no queremos sentirnos culpables, no queremos frustrar la vida de niños y jóvenes, tenemos miedo de educar, tenemos miedo de enfrentar a los hijos, miedo de que se depriman, miedo de que no puedan, miedo a ser cuestionados, miedo de todo. Y entonces al mal le llamamos error, a la autoridad autoritarismo, a la mentira ingenuidad, a la flojera dejación, y así los eufemismos suman y siguen a la misma velocidad con que las nuevas generaciones no encuentran hito alguno de valor, que les permita mirar un horizonte que valga navegar.

En estos desiertos del fin del mundo se oye el grito de nuevas voces, exigiendo cambio y conversión. Escuchamos la voz de los fieles y de todos los hombres de buena voluntad pidiendo a la Iglesia signos para creer en Dios, para renovar la esperanza de futuro. Y esos signos no pueden ser otros que la concreción histórica del gran signo de la Cruz. La Iglesia debe renunciar a las formas de poder, para abrazar la cruz de Cristo. Esta es nuestra gran tarea de conversión: vivir desde abajo, como siervos; dar espacio a la Gracia de Dios. No se puede servir a Dios y al poder.

Escuchamos la voz de las multitudes que exigen un desarrollo más justo y más humano, especialmente la voz de los pobres que piden ser mirados y tratados con dignidad. Por estos días, nos gozamos en los elocuentes y sólidos argumentos de nuestros abogados en los tribunales de la La Haya. Y sin embargo, desearíamos que con esa misma elocuencia y sabiduría defendiésemos los derechos de los pobres ante los poderosos. Jesús se hizo pobre, pero realmente ¿cuánto nos importan los pobres? Y si a veces nos importan es para darles limosna, pero no para hacerles justicia.

Escuchamos también las voz de los niños que claman por habitar una tierra donde puedan contar con un hogar, viviendo en paz, sin hambres ni guerras, sin más deber que estudiar y vivir “a concho” la vida, en un planeta donde no falte el agua, ni los árboles, donde pueden respirar un aire limpio y correr por campos libres de bombas.

Escuchamos la voz de jóvenes que piden a las autoridades políticas y religiosas, y a los adultos en la familia y en la sociedad, coherencia con sus ideas y valores. Ellos necesitan el testimonio de los viejos de la tribu, no necesitan más amigos que les consientan sus caprichos, sino adultos que les orienten el camino.

Escuchamos más y más voces pidiendo cambio y conversión. En esas voces habla Dios, en esas voces resuena y se resume la esperanza de la Humanidad. Tú puedes esperar lo que quieras, pero debes saber y recordar que no da lo mismo esperar cualquier cosa. La Historia humana es, de algún modo, la historia de nuestras esperanzas y utopías. En este sentido, esperar es también un compromiso ético con la Humanidad.

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