La Conversión aún pendiente en la Iglesia

jerarquiaCon el inicio del tiempo litúrgico de Adviento se renueva en los creyentes el anhelo de cambio y conversión, y más todavía hoy cuando los agoreros y oráculos locales relacionan el lenguaje apocalíptico, tan común en las lecturas bíblicas de estos domingos, con los legendarios relatos sobre el fin del mundo. Pero dejando de lado aquellos vaticinios que poco y nada tienen que ver con la verdadera esperanza cristiana, conviene volver a replantearnos la conversión en la Iglesia, pero poniendo el foco en el clero, para preguntarnos “desde dónde y hacia dónde” su necesaria conversión, toda vez que ésta significa -en lenguaje teológico- un cambio dinámico y radical, cuyas consecuencias son francamente imprevisibles, y no por falta de razonamiento o previsión, sino por la sobreabundancia de la acción divina que acompaña dicho acto, desbordando todo cálculo humano.

Quien haya vivido un proceso de conversión sabe que éste implica el movimiento desde un lugar en la vida a otro absolutamente nuevo: por ejemplo, desde adorar a los ídolos a adorar a Dios; desde perseguir a los cristianos hasta ser uno de ellos, como sucede con San Pablo; o desde vivir como rico a vivir en pobreza, como ocurre con San Francisco de Asís. No obstante, la conversión no es exclusiva del mundo religioso; en efecto, puede haber también conversiones políticas, sociales o ideológicas, entre otras. Por otro lado, lo más propio y notable de una conversión no es el paso y la renuncia que éste conlleva, sino el hecho que esta libérrima decisión de cambio involucra la totalidad de nuestra persona, de tal modo que no es la exterioridad lo que primero cambia, sino el yo profundo. El convertido inicia la experiencia de una identidad hasta ahora desconocida, y ese yo profundo cambiado en un nuevo ser comienza a reventar hacia afuera todas las antiguas formas y estilos de vida. El cambio ahora se nota, tanto por la nueva militancia, como por los razonamientos, opciones y/o conductas. Sacramentalmente, el Bautismo marca y celebra el momento en que nacemos a la nueva existencia.

Volvamos ahora sobre la pregunta clave: ¿qué conversión necesita el clero?; ¿qué renuncia fundamental, para ser así testimonio de Jesucristo, creíble para sí mismo y para los fieles laicos? Seguramente por estos días de adviento volverán los llamados -desde el púlpito y la prédica-  a la conversión del cuerpo y del espíritu, a ser humildes, solidarios y puros, a disponer el corazón para recibir al Niño Dios en la próxima Navidad. El problema es que un llamado de esta naturaleza, por lo demás orientado principalmente al laicado, no se hace cargo de la verdadera necesidad de conversión en la Iglesia. Por amor a la verdad, digamos en primer lugar que los graves escándalos del último tiempo no han venido por parte de los fieles, sino del clero. Por eso, es principalmente el clero quien debe apurar el paso de la conversión. Digamos en segundo lugar que la verdadera idolatría en la Iglesia no es el apetito desordenado de la carne, como algunos angelicales piensan, sino una de las cuestiones que también descubrimos presente en el mundo actual: la idolatría del poder. Los delitos sexuales de algunos hermanos sacerdotes son abusos de poder; la falta de amor y atención pastoral en situaciones humanas vulnerables es también un abuso de poder; la negación arbitraria de sacramentos es un abuso de poder; e igualmente es abuso de poder la exclusión de los laicos en la toma de decisiones, la arrogancia de algunos hermanos consagrados, la insistencia en la obediencia a la autoridad por sobre la comunión y el discernimiento es abuso de poder, la manipulación de conciencias es abuso de poder, así como también la pretensión de que la voluntad de Dios coincida con la propia y la insistencia en los formalismos; no preocuparse por estudiar y razonar a fondo los problemas del mundo es abuso de poder,  y así suma y sigue. Por qué tales abusos no se denuncian, porque el silencio cómplice sostiene el abuso de poder.

Más que los laicos, somos los ministros consagrados quienes debemos pedir a Dios que nos ayude a pasar (a renunciar) de la idolatría del poder a la adoración de aquel Dios que, como insiste San Pablo en su carta a la comunidad de Filipos, “se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres” (Flp 2,7). Cuando hayamos dado este paso, o en la medida en que lo demos, no me cabe duda de que los fieles volverán la vista hacia la Iglesia y reconocerán en ella el vivo testimonio de verdad y libertad, de paz y justicia, y todos los hombres se animarán con una nueva esperanza, -tal como reza la Liturgia-. Hasta que ello no ocurra, el tiempo de Adviento continúa revelándonos la conversión pendiente en la Iglesia, y anima la esperanza de liberación y redención, que como siempre viene de Dios, cuya acción cumple lo que para nosotros parece imposible.

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