Renuncia de Benedicto XVI: signo de conversión en Cuaresma

vaticanoHasta ahora no he sabido de nadie que haya permanecido indiferente ante la dimisión de Benedicto XVI. Comentaristas, políticos y expertos en las materias vaticanas se han dado cita para ayudarnos a comprender un fenómeno que escapa a la sólida tradición vitalicia de los romanos pontífices. Pero no sólo ellos, sino también el “ciudadano de a pie” se ha visto impactado por la renuncia del Vicario de Cristo y sucesor de Pedro. Y una vez pasado el impacto inicial, cada quien especula razones causales según se lo permita su propia ciencia e imaginación. Ahora bien, dejando de lado todos esos análisis, y sin negar ni su pertinencia ni validez, se hace necesario que, al menos los creyentes católicos, nos demos a la tarea de mirar este gesto, único en muchos siglos, bajo el horizonte de la Cuaresma, tiempo litúrgico iniciado el pasado Miércoles de Cenizas, tiempo en que la Iglesia se vuelca a la contemplación activa del perdón de Dios, cuyo inseparable reverso es la conversión personal y justicia con los hermanos.

En tal contexto litúrgico, la renuncia del Papa se convierte en un signo potente y luminoso que nos invita y exige abrazar y amar la Iglesia desde una verdad que siempre nos resulta incómoda, me refiero a la verdad del Cristo crucificado. De siempre nos hemos habituado a pensar la Iglesia como una comunidad de creyentes que caminan por la vida enarbolando la bandera del triunfo, ya sea sobre la muerte y el pecado, ya sea sobre el poder del demonio y los poderes de este mundo. Triunfos y más triunfos, que se proyectan por siglos y siglos hasta el final de los tiempos. Nos gusta incluso recordarnos que no ha habido imperio ni emperador que se las haya podido con nuestra Iglesia. En ella la confesión de fe es para siempre, no aquí hay lugar para los herejes ni los apóstatas, no hay lugar para los caídos ni para las discrepancias o desobediencias. Gozamos al celebrar un ejército de santos y mártires gloriosos que coronan la excelsa belleza de los templos, cuyas cúpulas nos elevan hasta la majestad de los cielos. En esta Iglesia, los purpurados son príncipes de un reino que no es de este mundo, pero príncipes al fin. En esta Iglesia se muere “con las botas puestas”, entregando hasta la última gota de sangre y el último aliento, como lo hiciese el venerado Papa Juan Pablo II. En esta Iglesia la Cruz de Cristo es un signo de triunfo sobre la muerte, signo que llevamos en las solapas y colgado al cuello. Para muchos, la Cruz no es más que el lugar donde Cristo padeció y murió por nosotros, una redención conmovedora, pero al mismo tiempo pasada, concluida. Quizás sea por esa aproximación cronológica a la Cruz que el Himno de la Carta a los Filipenses (Flp 2, 6-11) tenga tan poca cobertura, tan poco eco en la Iglesia de hoy. San Pablo anuncia y canta a un Cristo cuya Gloria y Majestad radican precisamente en el despojo y abajamiento, en no haber alardeado de su condición divina, tomando la condición de esclavo y pasando por unos de tantos. Y tal vez por eso es también que la renuncia del Papa resulta extraña, ajena a una Iglesia habituada más bien a cantar triunfos en el sentido más exitista de su expresión. Pero tan penoso como el olvido del Himno a los Filipenses sería que terminemos compadeciendo al Papa en sus razones de salud, aplaudiendo su generosa honestidad sin comprender lo sustancial y profundo del signo que sólo un teólogo de la altura de Joseph Ratzinger nos ha dado en este tiempo, al inicio de la Cuaresma.

La renuncia de Benedicto XVI nos invita a reencantarnos con la Cruz de Cristo, a descubrir la belleza de la vulnerabilidad y debilidad humana, y desde aquí abrazar la Iglesia. En su gesto, el Papa nos revela lo más profundo de la condición humana: el no poder ya más, el fracaso y la muerte. Y es en esta profundidad -asumida y experimentada sin ninguna vergüenza- donde brilla la Gracia y el poder de Dios. En la débil persona de este Pastor queda claro que si de algo nos hemos de gloriar en la Iglesia es del Crucificado. La renuncia del Papa nos invita a otras tantas renuncias cuaresmales, pero sobre todo renuncia a esa imagen triunfalista que tenemos de la Iglesia, cuyo sentido de éxito y omnipotencia terminan opacando el gratuito actuar de Dios, que no ha venido por los fuertes, sino por los débiles. No ha venido el Señor para quienes se sienten iluminados, sino por esas antorchas apenas humeantes. Así es la Iglesia de Jesús, así es la Iglesia de Benedicto: de hombres y mujeres comunes y corrientes, por cuya humanidad pasa y permanece la Gloria de Dios.

Este artículo lo encuentras publicado además en Mirada Global

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Categorías:ACTUALIDAD

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