De vuelta a clases: las tareas pendientes que podrían aguar la fiesta

educarCon el inicio de un nuevo año escolar, renacen las esperanzas de progresar hacia la anhelada meta del desarrollo personal y nacional. Es como darnos una nueva oportunidad, acrecentada por el reencuentro con amigos y colegas, metas, planes, proyectos y un sin fin de objetivos que alientan el impulso de un nuevo comienzo. Pero conforme transcurren días y meses, y no obstante el esfuerzo y las buenas intenciones, en la mayoría de los casos todo ese conjunto proyectado queda convertido en ideales que terminan por estrellarse contra el muro de nuestra realidad educacional, devolviéndonos a esa pesimista sensación de un eterno retorno de lo mismo.

Este fenómeno de alzas y bajas, encantos y desencantos, afecta por igual a expertos y legos, a autoridades, profesores, apoderados y alumnos, incluso al ciudadano que se cree marginado de los avatares vividos en torno a la escuela chilena. De una u otra forma, a todos termina afectándonos el avance o retroceso de la Educación, y cómo no si de ella depende en gran medida la configuración de las relaciones sociales que condensan luego en sistemas políticos, económicos, culturales y religiosos. La Educación está en la base del desarrollo, proyección y continuidad de todo grupo humano. Y de aquí la mirada atenta de todos los actores implicados, ya sea para aplaudir, cuestionar, exigir o simplemente soñar y pensar.

Aunque pueda parecer inoportuno mencionarlo ahora, lo digo por ese sentimiento de simpatía hacia el sistema escolar que caracteriza el comienzo de año, ciertamente alimentado por la publicidad de las multitiendas que invitan a comprar toda clase de artículos para ingresar bien equipados al paraíso del aprendizaje entretenido, recuerde que pronto, quizás antes de lo previsto, se encontrará nuevamente con los temas y tareas que, año tras año, vienen ocupando la mesa de trabajo más dura en este campo: educación gratuita, lucro, financiamiento compartido, desmunicipalización, colegios subvencionados, educación superior, Simce y PSU. Pero también tareas y problemas más cotidianos, como bullying, transporte escolar, reuniones, seguridad, abusos, condicionalidades, cancelaciones de matrícula y un gran etcétera. Todo esto y más es lo que a diario enfrentan directivos, profesores, familias y autoridades, apenas iniciadas las clases. Y por supuesto, agregue el debut de la Superintendencia de Educación y la Agencia aseguradora de la calidad, con el constante aderezo de la prensa local. Todo un cóctel para indigestar y estresar a cualquiera. ¿Podría ser de otro modo? ¿Podríamos darnos a la tarea de enfrentar estos problemas con un espíritu menos beligerante? Por supuesto que sí.

Una de las cosas que ha convertido nuestro sistema educacional en una verdadera “papa caliente” es sin dudas la pérdida de credibilidad y confianza entre los actores involucrados. Razones las hay y sobradas. Piense nada más en los abusos que permitía la anterior Ley de Educación (LOCE), en la postergación de profesores y estudiantes, en la segmentación social reproducida en el sistema escolar chileno, en el maltrato asumido por décadas como parte del status quo pedagógico. Tenga en cuenta, además, la precaria formación de algunos docentes o la falta de aggiornamento de otros tantos. Como digo, razones hay. Sin embargo, si queremos mejorar nuestro sistema educativo no es suficiente una nueva institucionalidad. Desde hace un tiempo a esta parte la autoridad estatal se ha encargado de hacer notar su sospecha respecto de la gestión escolar, especialmente de la particular subvencionada. Esto provoca que los directivos no vean en los representantes del Ministerio colaboradores en su tarea, sino una suerte de policía a la que contentar, y cuando no baypassear. Por su parte, profesores, alumnos y apoderados se responsabilizan mutuamente de los malos resultados académicos y de los tensos climas de convivencia generados por la presión de tener que cumplir con metas, planes de mejora y estándares de calidad.

Va quedando claro, entonces, que intervenir nuestro sistema educativo para mejorarlo requiere con urgencia recuperar credibilidad y confianzas entre los actores involucrados. En otras palabras, es urgente que entendamos de una vez por todas el significado de colaborar, y dejemos de pensar que los demás siempre están en el error, que nos abramos a los cambios necesarios y a los nuevos contextos educativos, que valoremos la sabiduría de quienes llevan años enseñando, pero al mismo tiempo tengamos la humildad para acoger las energías de la gente joven. Todo el aparato estatal y las nuevas políticas, todas las promesas de cambio y el incremento de los controles y mediciones externas serán insuficientes si los actores involucrados no logran el necesario alineamiento en torno a metas claras y claves. No sólo los políticos debiesen crecer en voluntad para avanzar en objetivos al servicio del bien común educativo por sobre posiciones ideológicas y partidistas, sino también directivos, profesores, alumnos y apoderados. Cada actor por sí mismo podría llegar a hacer un excelente trabajo, podríamos llegar a importantes consensos legislativos, mejorar la carrera docente y un sin fin de otras políticas. Pero lo clave es recuperar credibilidad y confianza de unos respecto de otros. Razones para la desconfianza siempre habrá, ojalá sean las mínimas, pero no es posible una mejor Educación mientras nos movamos sobre el pantanoso terreno de la sospecha y descalificación mutua. Apostemos, entonces, a enfrentar esta gran tarea pendiente, para que lleguemos al final del año con el mismo entusiasmo del inicio. Después de todo, y sin desconocer las necesarias y debidas competencias profesionales, educar es una cuestión de fe y confianza en el otro.

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Categorías:ACTUALIDAD, EDUCACIÓN

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