Estándares de aprendizaje: ¿ayuda o dificultad?

curriculumEn cumplimiento de lo que mandata la LGE y en lo ordenado por la ley que establece el “Sistema Nacional de Aseguramiento de la Calidad de la Educación Parvularia, Básica y Media y su Fiscalización”, el Ministerio de Educación ha procedido a publicar los estándares de aprendizaje. En esta oportunidad se dieron a conocer los estándares para 4º y 8º Básico en Matemáticas, Lenguaje y Comunicación, Ciencias Sociales y Ciencias Naturales. El fundamento de esta iniciativa atiende a la necesidad de dar más fuerza al sistema de medición nacional y señalar con mayor claridad la expectativa de logro que se pretenden. Esta nueva normativa incluye un sistema de ordenamiento de los establecimientos, con el objetivo de incorporar la responsabilidad de los mismos por sus resultados de aprendizaje.

No cabe duda de la razonable intencionalidad que anima la elaboración de los estándares. Después de todo, las escuelas tendrán un norte muy preciso hacia donde apuntar sus esfuerzos. Devolverán así el rigor al proceso pedagógico; los colegios podrán informar a los alumnos y a los padres lo que pretenden; existirán criterios comunes entre todos los profesores del país para evaluar el desempeño de los estudiantes; se logrará un consenso que dará una visión unificada tanto de las materias por enseñar como de las expectativas de aprendizajes de los alumnos, con lo que se logrará eliminar la ambigüedad de la validez de las calificaciones obtenidas por alumnos de distintos establecimientos. En fin, son varios los beneficios que presentan los estándares.

Sin embargo, existen otros puntos de vista sobre la pertinencia de los estándares —nueva medida destinada al mejoramiento de la calidad de la educación—, sobre los cuales es necesario reflexionar. Una primera duda que surge es precisamente sobre la conveniencia de una visión unificada de las materias por enseñar a la cual conducen los estándares de aprendizaje. Son múltiples y variados los fundamentos que animan la enseñanza de una materia, como para privilegiar solo algunos. ¿Quiénes eligen estas visiones? y ¿con qué autoridad las eligen? La unificación de las metas, contenidos y niveles de evaluación, tampoco parece adecuada. Para un sistema educativo que presenta un enorme grado de diversidad económica, social, cultural y étnica, no parece adecuado fijar la uniformidad en sus evaluaciones. Más aún, cuando el propio curriculum nacional favorece la diversidad de programas de estudio y otorga flexibilidades para la elaboración de curriculum propios, especialmente en las diversas comunidades étnicas. Así, se creará la paradoja de un curriculum diverso con un sistema de evaluación uniforme. Es preciso tener presente la necesaria coherencia que debe existir entre curriculum y evaluación. La evaluación depende del curriculum establecido y no al revés.

Un sistema educativo que ha tomado la decisión de que los estudiantes deben avanzar en bloque durante la escolaridad, incorporando obligadamente conocimientos al margen de los ritmos de desarrollo evolutivos personales de los niños en crecimiento, está conculcando y limitando las potencialidades de alumnos con desarrollos diversos, en momentos en que la cultura reconoce la singularidad de cada joven y cultiva las diferencias productivas. Fijar un conjunto de estándares para todos los alumnos, es profundizar más aún en las diferencias de rendimiento que existen entre ellos.

Este camino de los estándares fijos y precisos para conseguir resultados parece ya haber sido recorrido antes, y fue abandonado. Para mejorar la educación, el movimiento curricular de 1960  —más conocido como movimiento por la excelencia en educación—, pensó en objetivos conductuales específicos y precisos, que se definían en forma operativa para que fueran medibles y establecer sin ambigüedad lo que se quería conseguir. Así se lograrían las metas esperadas. Al final de la década, la práctica demostró que no daba resultados. Ahora se vuelve nuevamente a la carga, pero a través de estándares.

Al momento de querer imponer estándares nacionales de evaluación uniforme para  todos los alumnos de un país como el nuestro  —que es uno de los más desiguales del mundo—, se está imponiendo el mismo nivel de rendimiento a los jóvenes de una alta procedencia sociocultural y a quienes sufren de las más graves deprivaciones. No parece justo ni razonable y los resultados son predecibles. En este caso, se impone que existan también estándares de recursos materiales y profesionales destinados para las escuelas más desvalidas económica y socialmente, como una forma de paliar esta grave inequidad que se generará.

Los estándares son útiles para medir tareas sencillas y reproducibles sin mayores variaciones. Pero cuando se trata de evaluar procesos cognitivos y el desarrollo del pensamiento de orden superior, estamos en el terreno de las incertezas y los estándares no son los más adecuados. Para ello, es fundamental crear condiciones que permitan a los alumnos demostrar capacidades, formular preguntas reveladoras y problemas complejos que tienen más de una solución, de una manera que responda a sus experiencias y sus objetivos. Aprender a reproducir convenciones conocidas es insuficiente para cumplir con las aspiraciones educacionales estratégicas que espera el país. Estas aspiraciones estratégicas requieren curriculum y evaluaciones que inviten a los alumnos a ejercer sus capacidades creativas y elaborar resultados que no sean idénticos al de sus pares. Al momento de evaluar estos resultados distintos los unos de los otros, es improcedente utilizar un estándar fijo. Es necesario basarse en elaboradas capacidades humanas, tales como el juicio.

El concepto de estándares homogéneos aplicable a toda la población estudiantil, presenta problemas fundamentales. Una de las mayores dificultades, es que nos desvía de la importancia de tener escuelas equitativas, de pensar en el desarrollo profesional docente y de crear una cultura de la escolaridad que sea auténticamente intelectual, como la mejor forma de mejoramiento educativo. Y lo que es peor aún, ninguna estandarización es neutra, sino que obedece a conceptos, visiones e intereses de quien o quienes la pretenden. Cabría preguntarse, entonces, si es legítimo y ético que el aprendizaje de niños y jóvenes se condicione en función de lo que la autoridad estima como meta, toda vez que ello también está sujeto al sesgo de quienes ostentan el poder.

Editorial, Revista de Pedagogía Fide, Nov-Dic 2012.

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Categorías:EDUCACIÓN

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