Lección de Ética periodística: la inmediatez no justifica la flojera

redesHace ya varias semanas, una apoderado, cuya particular ingenuidad entregamos al juicio y discernimiento colectivo, movida de loables y humanitarias intenciones, no hay razón para dudar de ello, se acercó a un connotado colegio de Iglesia de la Sexta Región para entregar un artefacto que, por su naturaleza explosiva, obviamente no podía conservar entre sus caseras colecciones ornamentales. En algún rincón de su memoria debe de haber cobrado vida la invitación a entregar a la policía todo tipo de armamentos que revistan algún grado de peligrosidad para la población, recurriendo a la mediación de sacerdotes, a fin de resguardar el propio anonimato. Los pormenores de la original entrega, así como la cadena de acontecimientos que va desde la información a carabineros hasta la concentración de los alumnos en una zona segura, a la espera de que personal especializado se hiciese cargo de la situación generada, no son objeto de reflexión en este caso. Estos son los hechos, veamos y pensemos ahora aquello que esa apoderada no previó, y juzgue cada uno dónde hay más ingenuidad y dónde más irresponsabilidad.

Exactamente en una hora, la noticia de que en el Colegio habían puesto una bomba corría por el pueblo como un demonio enloquecido, de boca en boca, de twitter en twitter, por facebook, apuradas conversaciones telefónicas y mensajes de textos. Comenzamos a jugar esa vieja dinámica que prueba la distorsión de un mensaje cuando va pasando de un oído a otro. Ya no era una, sino seis bombas. La vida de los niños corría grave peligro. Los tenían aislados, pero nadie sabía cuántas bombas eran exactamente, ni mucho menos dónde estaban instaladas. No tardaron en aparecer los primeros papás queriendo franquear el acceso, dispuestos a dar la propia vida para salvar la de sus hijos. Carabineros les cortó el paso y puso algo de cordura. Los reporteros criollos saltaban de gozo queriendo tener la exclusiva de un notición que podría tener carácter regional, y por qué no nacional, e incluso internacional. Y no se crean que no lo fue, pues gracias a la inmediatez de las redes sociales, que con tanta naturalidad manejan los alumnos, muy pronto la alarma se encendió en Italia, y desde allá consultaban pormenores de lo que estaba sucediendo. Entretanto, el locutor de una emisora local, sintiéndose probablemente corresponsal de guerra enviado por la mismísima agencia Reuters, transmitía en vivo y a voz en cuello la noticia de que en Colegio había estallado una bomba. Finalmente, y para decepción de los sensacionalistas, concluido el peritaje policial, el famoso artefacto explosivo no era lo que parecía ser, aunque no por ello se convertía en inocente petardo navideño. El Mayor de carabineros dio las debidas explicaciones a los alumnos y a toda la comunidad. Fin del episodio. La vida vuelve a la normalidad. Pero no tan rápido…, pensemos en la verdadera explosión.

Es comprensible que los alumnos, al ver tanto policía transitando por su Colegio, y luego de ser evacuados a una zona segura, como en estos casos manda el protocolo, hayan comenzado a fantasear posibles razones. Algunos de ellos escucharon hablar de explosivo, y les bastó eso para hacer gala de su pericia con los smartphones en la redes, sintiéndose así protagonistas de un hecho que sin duda calificaba con creces para rankear de inmediato el cotorreo del mundo virtual. Más de alguien debe de haber alucinado con estar viviendo un hecho de carácter terrorista, como esos que se ven en la tele, en películas de James Bond o en sus videojuegos. Tanto alboroto provocó nerviosismo y temor en los más pequeños, indiferencia en otros y apetito mediático en la mayoría. Después de todo, se trataba de un hecho inédito en la vida del Colegio, ningún ex-alumno puede contar el mismo cuento. Es por ello que, aún hoy, los hay quienes se sienten “sobrevivientes”, y pueden decir con toda propiedad: “I was there”. Imaginemos lo que será años más tarde, cuando la memoria aderece los recuerdos. Todo ello se entiende. También se entiende y agradece la sana preocupación de apoderados. Pero ¿debemos igualmente entender y agradecer la irresponsabilidad de los medios locales en el tratamiento de la información? ¿Debemos sentirnos agradecidos de ese pseudo-periodista que con total descaro y negligencia informaba al aire de un incendio producido por el estallido de una bomba en el Colegio, sembrando dudas, nerviosismo e histeria en algunos apoderados?

Todos entendemos la necesidad y el deber de informar, incluso se agradece la inmediatez que permite hoy la existencia de avezados twitteros. Pero pienso que esa necesidad de inmediatez en ningún caso justifica la flojera e irresponsabilidad periodística. Cuando hablo de flojera me refiero a la costumbre de ventilar información sin darnos el trabajo de verificar su contenido y las fuentes. Y si hablo de irresponsabilidad es para hacer notar esos actos informativos carentes de toda ética y rigor profesional. La información no es neutra, genera impacto en las personas. Es por ello que lo mínimo que los ciudadanos esperamos de alguien que se arroga el deber de informar es que tenga la ética necesaria y suficiente como para hacerse cargo de lo que comunica. Y cuando esto no ocurre, los ciudadanos tenemos todo el derecho de repudiar ese afán por la inmediatez noticiosa, tan propio de este tiempo y que amenaza convertirse en hábito nacional y mundial. No podemos aceptar que, por un lado, haya personas que sufran incluso la cárcel por indagar afanosamente la verdad y ponerla en manos de la población mundial,  al servicio de la democracia y libertad, como es lo que acontece con Julian Assange y su cruzada Wikileaks, y, por otro, existan estos reporteros formados “en el rigor de la vida”, que justifican su contrato ventilando mentiras con total impunidad. Esa clase de gente es tanto o más peligrosa que un explosivo, pues a diferencia de éste, una lengua floja e irresponsable difícilmente se puede neutralizar.

Sabemos que a futuro sólo deambularán recuerdos de un episodio que comenzó por una ingenua acción, que los anecdóticos reportes de nuestros alumnos se mezclarán con la verborrea propia de las redes, hasta casi desaparecer en la vacuidad de las palabras, que una u otra leyenda seguirá tejiéndose por un breve espacio de tiempo, como las secuelas del cine. Pero lo que ojalá no desaparezca es aquello que hemos reflexionado y aprendido: la necesidad de inmediatez no justifica la flojera.

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Categorías:ACTUALIDAD, EDUCACIÓN, ENSAYOS

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