Iglesia Católica: más allá del escándalo y la fe

monjeQue ha habido hermanos sacerdotes que han dado pie para sendas acusaciones y escándalos, no me cabe duda. Y que esos escándalos no tengan una motivación cuantitativa, sino antes bien cualitativa, me parece más que razonable. En otras palabras, la sociedad no pone tanto el acento en la cantidad de sacerdotes involucrados en casos de abusos, sino en los valores que entran en conflicto cuando ocurre un hecho semejante, aunque se tratase de un solo ministro ordenado. Y qué bueno que así sea. No obstante, teniendo a la vista los contextos, formas y procedimientos en que se han ido sucediendo las acusaciones, pienso que es necesario insistir en un ejercicio fundamental en sociedades pluralistas como la nuestra, me refiero al discernimiento ético, que se aleja de toda posición prejuiciosa y descalificatoria, y se aleja también de la complicidad e intolerancia, para asumir más bien la tarea de juzgar a la luz del diálogo interdisciplinar y del respeto a las personas. No olvidemos que lo peor que nos puede ocurrir, como individuos y sociedad, es convertirnos justamente en aquello que repudiamos y condenamos. La historia de la Humanidad, y no menos la de nuestro país, conoce sobrados episodios en que los linchamientos han estado al servicio de una supuesta razón, justicia y verdad.

Obviamente es imposible abarcar en tan poco espacio los elementos que exigen discernimiento ético. Tan sólo el acabado análisis del hecho daría para varios volúmenes. Es por ello que me permito únicamente enunciar y proponer algunas pistas que, a mi parecer, exigirían de nuestra parte, mayor detención y perspectiva, por lo transversales que son y los alcances que tienen, o pueden llegar a tener.

El primer elemento es de orden jurídico, y toca directamente al Protocolo de acción instalado por la Iglesia Católica para enfrentar las denuncias que involucran a miembros del clero. Un protocolo que ha dado la pauta para que instituciones educacionales hagan o revisen los propios. Es sin dudas loable que se proteja a las víctimas, toda vez que, por principio, el Derecho debe proteger al más débil. De esta forma no sólo se resguarda la integridad de los individuos, sino además se salvaguarda el valor inestimable de la persona, más aún cuando se trata de un menor. Y sin embargo, en la defensa de este valor puede estar al mismo tiempo su deuda con el Derecho del cual procede. En otras palabras, la defensa, escucha y protección a las víctimas, no debe en ningún caso llevarnos a desconocer algo que es fundamental en la convivencia humana, y nos ha costado décadas conquistar, a saber, el principio de inocencia: toda persona es inocente mientras no se demuestre lo contrario. La forma publicitaria y morbosa en que se procede al poner en ejercicio este tipo de protocolos, exige que levantemos la voz para posicionar y defender el principio de inocencia, cuyo origen se ancla en el mismo valor y dignidad de la persona. Convengamos en que no es sano ni ético defender un valor a costa de un principio derivado de ese mismo valor, a menos que se concluya que el fin justifica los medios.

El segundo elemento tiene que ver con lo que Bauman (2010) llama “asesinato categorial”. Se llama categorial al asesinato que consiste en declarar públicamente que una persona pertenece a una categoría socialmente detestable. En nuestro tiempo resultaría altamente riesgoso recurrir a las mafias o sicarios para deshacernos de una persona, por eso esta forma es una reedición moderna y sutil de antiguos mecanismos usados para invalidar a quienes aspiraban al poder. Lo primero es instalar un concepto en la opinión pública, para luego demonizarlo. Es lo que sucede, por ejemplo, con expresiones como lucro, homosexualidad, discriminación, pedofilia, bullying, marginal, entre otros. Tales conceptos han sido sobrecargados de sentimientos peyorativos, a tal extremo que nos resulta hasta incómodo abordarlos, y si lo hacemos es precisamente para contribuir a esa sobrecarga. Logrado este objetivo, basta con señalar que tal persona pertenece a una determinada categoría (que es discriminador, homosexual, violento, etcétera) para que recaiga sobre él todo el peso asociado al concepto y se produzca esta forma sutil, sofisticada y solapada, pero no menos macabra, de atentar contra la vida. La existencia real de asesinos categoriales, disfrazados de paladines de la justicia y defensores de la moral, nos desafía con urgencia a educarnos en la debida responsabilidad ética que debe acompañar a toda denuncia.

Y un tercer y último punto de reflexión, esta vez de orden teológico. La Iglesia Católica no se valida socialmente instalando un protocolo de acción, aunque ello sea un avance, ni mucho menos observando complacientemente como algunos miembros del clero son públicamente denostados y acusados, echando por tierra el principio de inocencia. Más allá del escándalo de algunos y de la fe de otros, la validación de la Iglesia tiene que ver con algo mucho más profundo que las señales dadas hasta ahora. Tiene que ver con abrazar la Cruz de Cristo como el lugar teológico desde donde se dialoga con el mundo y se vive la experiencia de fe; y en consecuencia, tiene que ver con el rechazo a toda forma de poder y clericalismo. La Iglesia se hace fuerte en la medida en que se vuelve vulnerable, y se debilita tanto cuanto abraza las redes de contactos e influencias políticas y económicas, vengan del lado que vengan. En este sentido y contexto, es deseable que nuestros Obispos renuncien al silencio de las trincheras, para asumir con fuerzas el diálogo con quienes hoy preguntan, cuestionan y sospechan, pero también con aquellos que perseveran y desean “entender para creer y creer para entender”. Si en los primeros siglos del cristianismo, los Padres de la Iglesia fueron capaces de dar razón de su fe ante las acusaciones que llegaban a oídos de las autoridades romanas, ¿por qué hoy no habrían de hacer lo mismo?, sobre todo cuando están en juego valores y principios que pertenecen a la riqueza espiritual y ética de toda la Humanidad: el respeto a la persona, en todo momento y circunstancia; el principio de inocencia; y la fe católica como experiencia liberadora de cara a un Dios liberador.

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Categorías:ENSAYOS, RELIGIÓN

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