Benedicto XVI: ¿santo o cobarde?

Pope Benedict XVI waves before starting an open air mass in Warsaw

Desde el día en que Benedicto XVI hizo pública su renuncia a la sede de San Pedro hemos sido testigos de una seguidilla de análisis, versiones y opiniones, que van desde las más prudentes y cautas hasta las más ácidas e insidiosas. Para algunos, el Papa ha sido una suerte de santo que en su dimisión se inmola por el bien de la Iglesia entera. Para otros, en cambio, se trataría de un personaje cobarde, pues justo en el momento en que se esperaba un signo de total perseverancia en la Cruz ha decidido “bajarse de ella”, como lo hizo notar Carlos Peña en alguna de sus columnas, haciendo gala de especulaciones freudianas y análisis al más puro estilo de la lógica aristotélica. Por su parte, la prensa italiana, y en particular el diario La Repubblica, se ha empeñado en postular que detrás del cansancio de Benedicto se oculta la verdadera razón de su renuncia: hastío y desencanto mayúsculo por las supuestas revelaciones finales de un informe encargado por el mismo Papa a tres Cardenales a propósito del tema VatiLeaks, que entre otras cosas pondría en evidencia redes de poder y homosexualidad al interior del mismo Vaticano. Cada quien es libre de seguir especulando y buscando razones para una tan inesperada renuncia. Y sin embargo, la pregunta sigue en pie: ¿santo o cobarde? Ya no estamos en los tiempos de Dante, para ubicar a este Papa -lisa y llanamente- en el infierno de la Divina Comedia. Tampoco estamos en épocas de tribunales inquisidores, para condenar de un plumazo a quien discrepe de la versión oficial del Vaticano. Muy por el contrario, el mundo exige respuestas y razones, y los creyentes, especialmente los consagrados, tenemos el deber de hacernos cargo de éstas y muchas otras preguntas.

Para aproximarnos a una mejor comprensión de la decisión del Papa, no digo totalmente, sino sólo mejor, el requisito primero y fundamental es renunciar a esas posiciones dicotómicas que toman partido o por la santidad o por la cobardía. Las decisiones humanas son de una complejidad tal que no basta el simple análisis lógico para alcanzar el fondo de su verdad. A mayor repercusión de nuestras opciones, mayor complejidad en su trasfondo. No olvidemos que Benedicto XVI es humano, ni tampoco que la Gracia de Dios pasa precisamente por aquella particular humanidad, suya y de todos. Por otro lado, el acto de renuncia no es materia de fe revelada, y por lo mismo exige ser pensado desde la profundidad, amplitud y libertad del actuar humano.

Importa, igualmente, que seamos capaces de no dejarnos cegar por el actual espíritu morboso a que nos tiene acostumbrados el sucederse de hechos noticiosos en la inmediatez de las redes sociales, en la creencia de que somos una sociedad de reporteros ciudadanos, cuál más ávido de escándalos y tragedias, para grabarlos en “teléfonos inteligentes” y ser, así, los primeros en difundirlos por el “universal y democrático mundo” de Youtube, Twitter y Facebook. Pareciera que a mayor escándalo más crece nuestro ego periodístico. Pero aunque nos cueste aceptarlo, detrás de las decisiones humanas, por muy radicales que sean, no necesariamente se teje un escándalo. Las personas no somos máquinas programadas para reaccionar ante un determinado fenómeno. La libertad nos convierte en seres en permanente búsqueda de sentido, de respuestas que se van articulando en el constante diálogo con sigo mismo, con el mundo y con quienes nos rodean. Esto significa que en la libertad de su conciencia, el Papa ha discernido y concluido que la Iglesia y el mundo de hoy, atendiendo además a la misma complejidad y desafíos de las sociedades actuales, necesita un líder que esté a la altura de las fuerzas físicas, espirituales e intelectuales que esos desafíos exigen de él. ¿Por qué habría de seguir esperando hasta el día de su muerte cuando es obvia la urgencia de una voz clara y fuerte, carismática y orientadora? ¿No es acaso el mismo Evangelio el que nos invita a no ser obstáculos para la Buena Nueva, a ponernos en marcha, a aceptar con humildad que somos débiles? ¿Por qué querer ver detrás de una decisión como ésta algo ajeno y extraño a un Papa? Simplemente porque nos hemos habituado a una cultura del engaño, falsedad y “gatos encerrados” que soltar. ¿No podríamos estar en presencia de un hombre honesto y sabio, que libremente ha tomado una decisión poco común en estos tiempos: la de hacer lo que estimamos justo y noble, bueno para sí y los demás, sumando a ello la luminosa certeza de la fe y de nuestras más hondas convicciones? Lo que ocurre es que nos hemos habituado a un mundo de individualistas y ganadores, en donde la renuncia nos parece sinónimo de fracaso y cobardía. Preferimos padecer e inmolarnos por la causa, antes que soportar la sospecha y el castigo social por la renuncia. De esta forma aprendemos el arte de simular, de vivir respondiendo a los proyectos y vidas que otros deciden por y para nosotros, enajenándonos hasta la total pérdida de sentido.

Al igual que Carlos Peña y otros comentaristas, más de alguien se preguntará que si lo de Juan Pablo II fue un acto heroico y de santidad, cómo entender entonces la opción de Benedicto XVI. La verdad es que no es posible entender una a partir de la otra. Y no es posible por el sólo hecho de que las personas no existimos en serie. Esto significa que ante similares desafíos, y de cara a iguales valores, principios y fe, un Papa puede libremente sentirse llamado a dar testimonio de su amor a Cristo y a la Iglesia muriendo con y en su investidura, mientras que otro, por ese mismo amor y coherencia, decida dejar que “el vino nuevo llegue en odres nuevos” (Cf. Mt 9, 14-17).

No estamos, pues, ante un Papa santo y otro cobarde, sino ante dos Pastores inmensamente libres. Y este es el mejor testimonio de ambos, pues sólo en esa libertad se puede ser fiel a Dios. Benedicto XVI no es ni santo ni cobarde, es un hombre libre. Quien pretenda descubrir en esa libertad otras razones, puede continuar su marcha. Pero lo que ninguno de nosotros puede hacer es pretender que otros vivan la vida que diseñemos para ellos o que los tradicionales estereotipos manden. Recuerden los creyentes, y piensen todos, que para vivir en la libertad de los hijos de Dios nos ha liberado Cristo (Cf. Gál 5, 1-6), y es ésta la clave para acercarnos a comprender el gesto de un hombre que ha vivido su pontificado en el permanente diálogo de fe y razón, como Pastor y Teólogo a la vez. La libertad personal discernida a la luz del Evangelio y del bien común es quizás la más profunda y esencial de todas las cátedras de Benedicto XVI. De cada uno depende que ella sea también su máximo legado a la Iglesia y al mundo.

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Categorías:ACTUALIDAD, RELIGIÓN

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