Cuaresma: una invitación más allá del Credo

cuaresmaCuaresma es  un tiempo privilegiado de gracia, conversión y fe. Gracia, porque la iniciativa de salvación y perdón no es del hombre, sino de Dios. Conversión, porque no se puede escuchar el anuncio que trae Jesús mientras no renunciemos a la escucha y adoración de los ídolos, es decir, de esas realidades humanas a las que hemos atribuido divinidad. Fe, porque es nuestra respuesta existencial, vital, a la donación de Dios. El verdadero creyente no es el que profesa de labios para afuera su relación con Dios, sino aquél que se dona a sí mismo a Dios consagrándose en el servicio a sus hermanos. Resuenan en este tiempo las palabras de Jesús: -al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios- (Mt 22, 21). Y la parte de Dios no es el sacrificio exterior, sino nuestra propia persona entregada en exclusividad y libertad.

Sin desconocer la validez de lo dicho hasta ahora, es importante que atendamos un aspecto al que pocas veces ponemos atención al entrar en este tiempo litúrgico, y es la dimensión mundana de la invitación hecha por Jesús al comienzo de su predicación en Galilea: “-El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia-” (Mc 1, 15). La mundanidad del mensaje tiene una doble vertiente. Primera, es mundano por su universalidad cultural y antropológica: nadie queda excluido del llamado, ninguna persona y ninguna cultura. Segunda, es mundana por la catolicidad de su naturaleza: la invitación a conversión y fe no es hecha en exclusiva a los creyentes, y en nuestro tiempo ni siquiera a los católicos en particular. Todo el mundo, más allá de sus culturas, credos, opciones políticas y condiciones están invitados a lo mismo, y por el mismo Dios que “hace salir el sol sobre buenos y malos” (Mt 5, 45).

Es sobre todo esta última vertiente de sentido la que, me parece, amerita mayor atención en nuestros días. De hecho, la actual convulsión social que existe a escala nacional y mundial, marcada por graves injusticias de orden económico, desigualdad en el acceso a los bienes, abusos de poder en todos los planos de la existencia, violencia, conflictos políticos, ausencia de liderazgos, profunda crisis de valores e instituciones y graves problemas medioambientales, entre otros, exigen que cada ciudadano, y en especial quienes han asumido la tarea de dirigir y gobernar, acojan este urgente llamado a la conversión, quizás no en términos religiosos, pero sí como ocasión para discernir el mundo en sus crisis y oportunidades, e intentar responder a la pregunta por el “hacía dónde queremos ir”, “hacia dónde llegar, para qué y cómo”. En otras palabras, Cuaresma es también la invitación a hacernos cargo del mundo, sin que medie en ello la excusa de no compartir una religiosidad o un credo específico. La conversión que nos propone y exige Dios desborda la experiencia creyente, se hace mundana, y sólo así, en este giro, en su acción de involucrarse con el mundo, se vuelve auténticamente experiencia de Dios.

La sociedad moderna necesita comprender que su legítimo afán de autonomía en el pensar y el hacer no puede ni debe prescindir del diálogo religioso, menos en el pluralismo en que vivimos. El pluralismo, bien entendido, propicia el encuentro y comunión con toda ciencia y experiencia humana que nos ayude en el tránsito hacia una verdad liberadora. Y, por el contrario, hablar de pluralidad y al mismo tiempo despreciar la verdad religiosa no es más que el intento solapado por imponer la verdad del más fuerte. El mundo actual, en sus contradicciones, es el más claro ejemplo de ello. La experiencia de Dios, aunque ofrecida a todos, no es compartida por todos, pero esto no disculpa a nadie del deber moral de acoger el trasfondo ético de la invitación que nos lanza Jesús. En este sentido, convertirse no es otra cosa que renunciar a todo cuanto niega y destruye lo humano y, por el contrario, disponerse en total libertad al servicio de la justicia y fraternidad universal, y en la concreción de lo pequeño y cotidiano. Así mismo, la Iglesia tampoco queda excluida del deber evangélico de anunciar al mundo el llamado de Dios. Aunque ella experimente en sí misma, y quizás hoy con más fuerza y vergüenza, la necesidad de conversión, no puede olvidar que es sal y luz del mundo, referente de sentido, trascendencia y humanidad. El silencio es quizás hoy nuestra mayor tentación y complicidad con el mal.

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Categorías:ACTUALIDAD, RELIGIÓN

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