El estrés de ser un buen o mal padre

buenpadrePoner el despertador a las 6 de la mañana es lo de menos. La vuelta a clases tiene cosas peores. Mucho peores. ¿O es de los que le parece perfecto volver a estudiar los pronombres y los complementos del nombre, aprender la nueva forma de resolver las divisiones y volver a convertirse en conocedor enciclopédico de la población, superficie, clima, flora y fauna de la Antártica.

En marzo los niños vuelven a clases. Y está muy bien. De hecho, da cuenta de que todo sigue su curso. El problema es que los padres también vuelven al colegio… y eso les genera mucho más estrés que a sus hijos. Y culpa. Harta culpa. Porque es desde este mes cuando el mundo de los apoderados -como cada año- vuelve a dividirse entre los que están en cada reunión, competencia, paseo, tarea y prueba, y los que aparecen sólo a un par de ellas y el resto del tiempo mandan la comunicación o mail que indefectiblemente transmite el clásico “me es imposible…”.

Es decir, el mundo de los apoderados se divide entre los “buenos padres” y los “malos padres”. En el primer grupo están los estresados-estresados. En el segundo, los culposos-culposos.

De los primeros, hay que decir que cumplen -a conciencia o a contrapelo- con lo que se supone y espera de los apoderados. Son los menos y viven algo sobrepasados por la demanda. Los segundos, en cambio, se debaten entre ir y no ir a las reuniones de apoderados, entre hacer la tarea del hijo y estudiar con él para la prueba, o no hacerlo. Entre ir a la reunión o al paseo, y no hacerlo. En este grupo está la mayoría y cada episodio les genera esa culpa que los impulsa permanentemente a compensar y recompensar a los afectados.

¿Lo que queda, entonces, es asumir que si uno es un buen padre (en lo que a colegio se refiere) vivirá estresado y que si es uno malo, vivirá culposo? No. Si bien las investigaciones han comprobado la importancia de que los padres estén presentes -lo que requiere tiempo y esfuerzo-, también han comprobado que no se trata de estar en todo, sino que cumplir con las tareas como padres y no como alumnos. Una forma eficaz, dicen, de liberarse de estrés y la culpa.

El diagnóstico

“Tratar de ser un padre perfecto es nocivo porque ahí es cuando el padre se siente sobrecargado”, dice el siquiatra Ricardo Capponi, quien dicta charlas a padres en colegios. Esto porque quienes intentan cumplir con todo se sobreexigen y agotan, y quienes tratan de ponerse al día con algunas ausencias a reuniones y paseos, lo mismo.

Y todo lo hacen porque no pueden dejar de pensar que, si no están ahí para los hijos, estarán en medio del grupo de los “malos padres”. En Chile no hay cifras, pero de acuerdo al profesor Roger Wilkins, investigador en el Instituto Melbourne de Investigación Social y Económica Aplicada, Australia, que encuestó a 800 padres, casi 50% de ellos está estresado por la responsabilidad que asumen al criar un hijo en la etapa escolar. En EE.UU., en tanto, la segunda razón que causa mayor ansiedad a los padres de vuelta a clases, después del bullying (30%), es el manejo del tiempo: 22%.

Son los tiempos modernos, que tienen a los apoderados en una situación completamente nueva para ellos. Y sin puntos de referencia: los padres de los actuales padres nunca supieron qué materia entraba en la prueba de sus hijos, menos, qué tarea les mandaban. Qué decir del desconocido mundo de sicopedagogas, sicólogos y neurólogos. Los alumnos se las arreglaban solos hasta que llegaban las libretas de notas. Y a partir de ahí se las seguían arreglando solos, pero castigados.

No obstante el paradigma de la educación cambió. Décadas de investigación sicológica han mostrado que para una buena formación como persona, es indispensable que los padres participen en la formación educacional de sus hijos. Esa idea ha ido modelando la sociedad y las conductas de las familias. Y ahora los adultos entienden que “tienen que estar encima” para que todo funcione. “Creemos que los padres sienten esta necesidad de estar muy presentes en el colegio de los hijos como una presión de la sociedad, más que de los colegios mismos”, dice Amanda Céspedes, neurosiquiatra infantil, y la sicopedagoga Gloria Silva, ambas profesionales del centro de educación Inasmed.

Por eso, como dice Capponi, los padres tienen que acostumbrarse a dedicarles más tiempo a los hijos. “El tema no pasa en disminuir las actividades de los colegios, sino que los padres tomen conciencia del sentido de este tiempo a los hijos. El colegio tiene que transmitirles la importancia y sentido de las actividades, que es para establecer vínculos con sus hijos que perdurarán siempre”, dice.

Pero obligados o convencidos, al final los padres sienten una sobrecarga y el estrés que, de acuerdo a los especialistas y profesores, muchas veces es innecesario. “En ocasiones los padres viven el proceso escolar de sus hijos como si fuera de ellos. Si al hijo le va mal en una evaluación, algunos sienten que se les dice a ellos”, dice Raúl Peñaloza, orientador de Kent School.

Es ahí cuando comienzan a confundir el ser guía durante el año escolar con asumir actitudes como si fueran ellos mismos los alumnos. O sea, cuando ven que el niño no hace las tareas, las terminan haciendo ellos mismos; cuando ven que a la niña le fue mal en una prueba, comienzan a estudiar la materia ellos para explicársela y ante cualquier incendio que aparezca en el día a día, dan todas las soluciones: llevan a media mañana el trabajo sobre la Antártica que al niñito(a) se le olvidó llevar y a partir de un llamado -también a media mañana- se encargan de la logística para que el hijo(a) de 13 años pueda volver de la casa del espontáneo que lo invitó a jugar Play y que, coincidentemente, siempre vive al otro lado de Santiago.

Y, claro, van a las reuniones de happy hour de los padres, aunque no quieran… Cualquier cosa para evitar las miradas suspicaces en la reunión de apoderados y el “mamá, fuiste la única que no llegó”, de los hijos.

Priorizar, priorizar y priorizar

Ante cada reunión de apoderados, charla escolar o paseo de padres e hijos, gran parte de los apoderados (incluso muchos de los “buenos”) intenta inventar una excusa para evadir. Es que, piensan, “ya he ido a muchas” o “los profesores creen que no hago nada y que tengo tiempo para charlas a cualquier hora”. Esto pasa porque, como los apoderados se enfocan en sacar adelante las notas (tareas, trabajos, pruebas) de los hijos, ya no queda tiempo ni ganas de hacer algo más.

Según Ricardo Capponi, en sus charlas participan entre el 20% y 30% de los apoderados. Y en colegios como Kent School dicen que los primeros que llegan a quejarse son los que menos asisten a las reuniones temáticas. Y ya cuando los niños se hacen adolescentes, más “desaparecidos” se vuelven los padres.

De acuerdo a los especialistas, esta es una mala estrategia, porque sólo pensar en ir o no ir, ya es un estrés. Lo mejor es priorizar.

Los establecimientos educacionales y los especialistas coinciden en que las reuniones de apoderados son centrales. Aunque a veces parezcan una pérdida de tiempo. “El problema es que muchos creen que se tocan problemas de forma superficial, sin foco y que no se logra nada”, dice Alfonso Canales, presidente del directorio de Fundacion Quéveo que reúne centros de padres de todo Chile.

Pero hay que ir. Aunque sea con lata. Porque es bueno que se informe de qué pasa en el curso. Porque en ese mismo afán de hacerlas más prácticas, los colegios están enfocándose en temáticas de preocupación de los niños y la información puede ser útil.

Ahora, las actividades como campamentos, kermesse, bingos, happy hour, etc., son tema aparte. Pilar (43) antes iba a todas las reuniones de su hijo mayor. No por ella ni por su hijo. Por el colegio. “Al principio uno está pendiente de que el colegio vea que eres impecable. Creía que si no iba, me iban a enjuiciar a mí y después a mi hijo. Pero aprendí a no sentirme culpable por no ir”, dice.

Según la sicóloga Sylvia Langford, creadora del método que lleva su apellido y que busca desarrollar habilidades, los establecimientos hacen actividades para mejorar la relación familiar. Si éstas le quitan más tiempo de familia, no vaya. Puede no ir porque, precisamente, ese es el objetivo de la actividad.

En esos términos, el sicólogo estadounidense y autor del libro Boomerang Kids, Carl Pickhardt, dice que hay que preocuparse menos de lo que otros piensan y más en proveer un tipo de cuidado parental más acogedor y menos estresante en la casa. “Un poco de involucramiento de los padres en el colegio es ‘suficiente’ y los padres necesitan saber cuándo dibujar esa línea y poner ciertos límites saludables”, explica.

Por su parte, María José Dessi, sicóloga del Colegio San Ignacio del Bosque, dice que hay que buscar un equilibrio y analizar cuando la situación amerite detenerse en ella: “Si hay una actividad que genere tensión como sistema familiar, mejor no hacerla. Hay que mirar los recursos, la factibilidad de organización e ir seleccionando. Pero esto no quiere decir que hay que descolgarse de todo”.

Ahora, hay actividades en las que los niños esperan que sus padres participen. Aunque a éstos les dé lata. Y en esas ocasiones, es recomendable simular la cara de pocas ganas y partir. Para dilucidar cuáles son esas ocasiones y cuáles las que no es necesario asistir, los especialistas recomiendan que se le pregunte al hijo. “El niño capta cuando el padre lo hace por deber y no por el placer de hacerlo por él”, dice Capponi.

Es lo que hace Gonzalo (43), que odia los asados de apoderados y le da lata compartir con gente que tiene intereses distintos. Pero a veces va. “Algunas reuniones sociales he dejado de ir, pero a otras voy. No quiero que mis hijas sientan y vean que el papá está ausente. Cuando yo era chico mi papá jamás fue a mis reuniones y me cargó. En ese sentido, hago el esfuerzo de participar”, dice.

Olvídese del “bueno” y “malo”

Ahora, en el ámbito estrictamente académico, también hay estrategias para evitar el conflicto de sentir que sólo hay tiempo para las tareas y el estudio. Lo primero es asumir que sólo los niños y los profesores vuelven al colegio. Y que un buen número de situaciones escolares que tienen que ver con el rendimiento -y lo van a mantener a usted lejos de los cuadernos- pueden ser atajadas antes de entrar a la etapa de la sicopedagoga, el apoyo académico y el neurólogo (no necesariamente en ese orden).

El 80% de los niños que llega a clases en un estado de inquietud y desconcentración es por culpa de malos hábitos, según han concluido Céspedes y Silva. Eso porque, en promedio, comen y duermen dos horas más tarde de lo aconsejable (muchos porque se quedan haciendo la tarea) o toman muchas bebidas y pasan demasiado tiempo frente a las pantallas. “Los padres pueden hacer mucho para ayudar a su hijo antes de ir a visitar al neurólogo. Lo esencial es mirar al interior del hogar y eliminar estos hábitos”, dicen.

Si no se notan avances, quizás deba ir al siguiente paso: cambiar su forma de ayudarlos. Los especialistas dicen que los padres asistencialistas, más que un favor, perjudican a sus hijos. “Hay muchos que se enojan cuando se les prohíbe dejar en portería el equipo deportivo o el trabajo que se les olvidó traer a sus hijos. Les cuesta entender que es un tema de responsabilidad del hijo”, dice Claudia, profesora básica de un colegio del sector oriente.

Es que, en el afán de cumplir con lo que creen que debe hacer un buen padre, cometemos errores. En especial cuando las tareas y las notas no están siendo de las mejores. No sólo porque ahora, más que antes, se busca el éxito escolar, sino porque también son sobreprotectores. “Los padres se estresan porque se hacen cargo de responsabilidades de los hijos. Y no están haciendo lo que tienen que hacer: ser guías”, dice Langford .

Una mirada que refuerza un experimento realizado por académicos de las U. de Texas en Austin y U. Johns Hopkins (EE.UU.) a 48 preescolares y que demostró que el 54% de los niños pudo nombrar objetos, cuando ellos buscaban la imagen del objeto. Mucho más que el 29% que nombró bien los objetos, pero que antes un adulto les señaló la imagen. Y más: los que buscaron conservaron la palabra por mucho más tiempo.

En esos términos, los especialistas plantean que a la hora de las tareas, los papás tienen que dejar de existir. Que lo que hay que hacer es enseñarles a los niños a asumir sus responsabilidades de lo que les gusta y desagrada. Es lo que Langford llama voluntad. “Hasta los 12 años es responsabilidad de los padres desarrollar la voluntad de los hijos. Ya a esa edad hay que liberarse completamente”, explica.

La sicóloga agrega que cualquier niño puede aprender, pero eso requiere un trabajo de los padres: durante dos semanas tiene que mostrarle cómo tiene que ser el hábito de estudio. Sin gritos. Ni pataletas. Es el hijo el que tiene que establecer el momento en que se pondrá a estudiar. Y si no estudia, las consecuencias serán malas y tendrá que asumirlas.

Y si el niño se sacó una mala nota, no se trata de hacerle la siguiente tarea y volver a entrometerse; es mejor sentarse con él y analizar por qué se sacó un rojo. Y cuando eso esté claro, volver a hacerlo.

A María (40) le resultó. Y se liberó. Ya no le lleva al colegio los zapatos de fútbol a su hijo cuando a éste se le olvida llevarlos. No se aprende la materia para ayudar a los que tienen 7 y 9 años. Tampoco les pone la colación en la mochila. Ellos tiene que buscarla, y si se les olvida, que se las arreglen. “No se van a morir de hambre”, dice. Un año antes hubiera pensado que una madre como es ella ahora, sería de las peores. Pero cambió sus hábitos. “Yo era la mamá que estudiaba y hacía tareas. Me hubiera sentido pésimo si dejaba de hacerlo, pero ahora veo que ellos asumen su responsabilidad”.

Pero claro. Cuesta no ayudarlos, sobre todo cuando llegan a la casa contando que el compañero se sacó un 7 (con un trabajo hecho por alguno de sus padres) y el propio aparece con un 4,5 porque lo hizo solo. Sobre esto, Langford dice que lo importante es centrarse en el objetivo final: “A pesar de que no se premia que hagan la tarea solos, hay que hacerlo porque así se desarrolla el esfuerzo y la disciplina que servirán para la universidad”.

En el fondo, la técnica es aprender a estar, pero no estar. Y eso significa aceptar que si los niños resuelven los problemas de una forma distinta a la de los padres, es válido. Por ejemplo, para evitar los conflictos que surgen a diario por las idas y venidas que implican los trabajos en grupo, hay que dejar que el niño -a partir de los 9 a 10 años- busque alternativas de traslado. El las busca, usted las aprueba y se ahorra la tensión de la negociación. “Es una fórmula de desestresarse, así como también de crear una red entre las mamás”, dice Sylvia Riquelme, rectora del British Royal School de La Reina.

Por último es bueno enfocarse en las “3R” que postula Carl Pickhardt. Los padres tienen que preocuparse de que en tiempo de vida familiar haya espacio para la relajación diaria, la renovación y las relaciones. “Cuando cualquiera de estas ‘3 R’ es constantemente sacrificada por el horario escolar (o cosas del colegio), surge el estrés y es momento de poner límites”, dice a Tendencias.

(FUENTE: TENDENCIAS, LA TERCERA, SÁBADO 02 DE MARZO)

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Categorías:EDUCACIÓN, RECURSOS

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