El verdadero nombre del Papa Francisco

pontifexDe seguro que en más de una ocasión habrá escuchado el título “Romano Pontífice”, para referirse al sucesor de Pedro. Tal nombre deriva del latín Pontifex, y es sin dudas el apelativo que reviste mayor significación en estos momentos, pues revela un aspecto fundamental en la misión del Papa: establecer lazos de unidad y comunión en un mundo de legítimas autonomías y diversidades, pero además, como reza la Liturgia católica: “divido por las guerras y discordias”. En este mundo, el Papa está llamado y exigido a ser “instrumento de unidad, de concordia y de paz”. Y cómo no, si Pontifex significa precisamente eso: “constructor de puentes”. Lamentablemente, no sólo en el mundo experimentamos la urgente necesidad de renovados lazos de comunión, sino también al interior de la misma Iglesia y jerarquía católica. Enorme tarea para quien representa la esperanza de millones de creyentes, deseosos de ver signos que les permitan justamente seguir creyendo, amando y esperando.

Podríamos especular al infinito sobre las posibilidades que tiene el Papa Francisco de llevar adelante su pontificado, su construcción de puentes, como ya muchos comentaristas y medios lo han hecho. Centremos mejor la mirada en las realidades que necesitan ser conectadas, tanto hacia adentro de la Iglesia como hacia fuera de ella. De esta forma, comprenderemos que la tarea no es sólo cuestión de un hombre, sino de la Humanidad entera, pues todo esfuerzo de comunión redunda en mayor bienestar para el género humano. Tampoco pretendo agotar el elenco de temas ni mucho menos su discusión, que obviamente da para libros y cátedras, sino únicamente hacer notas aquellos que me parecen más urgentes.

Carisma y estructuras. El carisma en la Iglesia tiene que ver con la libertad de expresiones y representaciones de la fe. A él pertenecen los movimientos religiosos, las revolucionarias intuiciones y acciones de los santos, o las espontáneas acciones de laicos nacidas al margen de toda ordenanza eclesial. Pero ningún carisma se sostiene en el tiempo sin una forma ni estructura que le permita pervivir más allá de sus exponentes históricos. A las estructuras pertenecen las leyes, los ritos, la catequesis y todas las formalidades y exigencias que descubrimos presentes en la Iglesia universal y en las Iglesias particulares.

El problema mayor que observamos en este punto es que actualmente las estructuras están dejando de ser significativas para muchos creyentes y, por lo tanto, son experimentadas como impedimentos a la libre expresión del Espíritu, como obstáculos a la fe o sinónimos de un pasado eclesial que poco o nada dice al mundo de hoy. Así lo denunciaba el Cardenal Martini en su última entrevista antes de morir: “La Iglesia está atrasada en más de doscientos años. Todas las reglas externas, leyes, dogmas, son elementos para aclarar la voz interior y el discernimiento de los espíritus. ¿Para qué están los sacramentos? Los sacramentos no son una herramienta para la disciplina, sino una ayuda a los hombres para el camino y las flaquezas de la vida. ¿Llevamos los sacramentos a las personas que necesitan fuerzas renovadas? Pienso en todas las parejas divorciadas y vueltas a casar, en las familias extendidas. Esta gente necesita una protección especial. Si esta familia es objeto de discriminación, se corta su relación con la Iglesia, no sólo la relación de la madre, sino también la de sus hijos. Si los padres están fuera o no sienten el apoyo de la Iglesia, esta perderá la próxima generación…”

El severo juicio del Cardenal nos recuerda con total claridad los cuestionamientos de Jesús a los religiosos y sacerdotes de su época, que apuntan precisamente a esa perversa tendencia de convertir la religión en instrumento de poder, basado en el peso de las tradiciones y la manipulación de los dogmas. Pero, por otro lado, sin estructuras el carisma corre el serio riesgo de convertirse en un multifacético fluir de manifestaciones subjetivas, incluso patológicas, sectarias y recargadas de mera emotividad. Lograr el justo equilibrio entre carisma y estructuras, de tal forma que éstas signifiquen el misterio de salvación al que sirven, es el primer desafío del nuevo Pontifex.

Jerarquía y fieles. El segundo tiene que ver con la relación jerarquía y fieles. A la jerarquía de la Iglesia pertenecen los obispos, sacerdotes y diáconos. Para nadie es novedad concluir que durante el último tiempo su relación con quienes profesan la fe católica se ha visto seriamente dañada. A este deterioro de la relación han contribuido las denuncias de abusos sexuales, pero también la ostentación de poder y manipulación de conciencias, la pompa y los excesos de solemnidad. Nos ha costado demasiado comprender que esta jerarquía tiene su razón de existir en función del servicio al pueblo de Dios; que lo fundamental no son los cargos, sino el Bautismo; que nadie está más cerca de Dios por el lugar que ocupa entre los fieles; que no existen cristianos de primera o segunda categoría. Fruto de estas concepciones equivocadas, algunos hermanos han buscados caminos alternativos para vivir y expresar su fe. La vanidad nos ha pasado la cuenta, y ahora el Papa Francisco tiene entre sus misiones la de restablecer ese puente de confianza y colaboración entre jerarquía y fieles, para existir como el único y mismo Pueblo de la Nueva Alianza.

Luego de leer parte de una declaración a Andrea Tornielli, del entonces Obispo Bergoglio, en febrero del año pasado, no nos cabe duda de que el sucesor de Pedro caminará en la dirección correcta: “Ser un cardenal es un servicio, no un título honorífico. La vanidad, el jactarse de uno mismo, es una expresión de la mundanidad espiritual, que es el peor pecado en la Iglesia. El arribismo, el tratar de subir, entra de lleno en esta mundanidad espiritual. Como ejemplo de lo que es realmente la vanidad con frecuencia digo: mirad a un pavo real, si lo miras de frente es muy bonito. Pero da algunos pasos hacia atrás y míralo desde atrás, te das cuenta de la realidad. Quien cede a esa vanidad autoreferencial en el fondo esconde una miseria muy grande”.

Unidad y multiplicidad. La Iglesia es una y múltiple a la vez, compartimos un mismo Bautismo, una misma liturgia, profesamos un mismo Credo, pero las expresiones, vivencias y misiones de esa fe son múltiples. Y en el respeto a esta multiplicidad de dones y carismas a veces hemos quedado al debe. No se trata de pensar o aceptar que cualquier expresión religiosa es “de Dios”. De hecho, en no pocas ocasiones descubrimos manifestaciones que poco tienen de Dios y mucho de psicología y sentimentalismo. De lo que se trata es de estar claros y convencidos de que en la Iglesia no existe un don o un carisma superior o mejor que otro. El problema es que tendemos a imponer a los demás formas de vivir la fe, obviamente no cualquiera, sino esas formas que nos resultan cómodas, ya sea por habituales o por estar al servicio de intereses políticos y económicos. La pretensión de que -mi modo- de vivir la fe es el oficial y ortodoxo no es más que otra expresión de abuso y manipulación, además de atentar contra la catolicidad de la Iglesia. Unidad y multiplicidad, dos realidades complejas de unir, pues exige don de gentes, capacidad de diálogo y discernimiento, pero sobre todo un profundo respeto y amor a todas las personas, más allá de sus condiciones y situaciones. Dos realidades complejas he dicho, pero de la comunión entre ambas depende en parte la credibilidad de la Iglesia en el mundo.

Teología y vida. Entre los años 60 y 80 Latinoamérica conoció una fecunda reflexión, conocida como Teología de la Liberación. El “leit motiv” eran los pobres sometidos a estructuras de poder opresoras. Para ellos, el Evangelio leído desde sus contextos aparecía como un renovado anuncio de salvación y liberación. Las repercusiones políticas, ideológicas y doctrinales de aquella Teología se hicieron sentir tanto en los países del cono sur como en el mundo entero, llegando incluso a merecer declaraciones venidas del mismo Vaticano. ¿Qué pasó con esta forma de hacer Teología? Podemos estar o no de acuerdo con sus ideas centrales, pero lo que ella nos recordó es el referente de encarnación que la reflexión de la Iglesia jamás debe perder de vista.  Y no me refiero solamente a los teólogos profesionales, sino también a la catequesis, a la homilía dominical, a la formación de pastores y laicos, a nuestras expresiones litúrgicas y comentarios dogmáticos. Todo en la Iglesia debe ser leído desde la vida y existencias concretas de los hombres y mujeres, por los cuales y por cuya salvación ha muerto Jesús en la Cruz. Lamentablemente hoy día el quehacer teológico ha vuelto a ser materia de expertos, separándose de la vida. Y así lo acusaba también el Cardenal Martini: “Nuestras iglesias son grandes, nuestros conventos están vacíos y la burocracia de la Iglesia aumenta. Nuestros rituales y nuestra ropa son pomposos. ¿Expresan estas cosas lo que somos hoy día?…La palabra de Dios es simple y busca como compañero un corazón que escuche”.

Cuando la Teología se separa de la vida deja de estar al servicio de la Palabra de Dios, y entonces la Iglesia se vuelve autoreferente, pomposa y vacía. Tender puentes entre la fe comentada-reflexionada y la vida concreta de las personas es el camino para que los creyentes de hoy experimenten que en verdad a ellos ha llegado la salvación.

Evangelio, Iglesia y pobres. Está claro que los pobres son centrales en toda la Historia de la salvación, tanto en el antiguo como en el nuevo testamento. Y centrales no sólo como adorno piadoso, sino como destinatarios privilegiados de la justicia salvadora de Dios. Por eso, María -llena de gozo- canta la misericordia del Señor: “Derribó de sus tronos a los poderosos y engrandeció a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos despidió sin nada” (Lc 1, 52-53). Jesús mismo se identifica con ellos desde su nacimiento, habla a través de los pobres y tiene especial atención para quienes son socialmente despreciados: leprosos, paralíticos, pecadores, viudas, ciegos. Su cercanía a estos sus hermanos no es sólo “espiritual”, comparte la vida con ellos. Finalmente, muere como un pobre: totalmente despojado y abandonado, expuesto y vulnerable.

Es evidente que Jesús ha hecho de la pobreza su personal estilo de vida, acercándose a los desposeídos como amigo, hermano y salvador. ¿Podemos hoy decir lo mismo de la Iglesia? Siendo justos, a lo largo de la Historia ha habido -y hay- personas que han sabido mostrar al mundo el apasionado amor de Dios por quienes tienen más urgencia de salvación. En conocidos e históricos ejemplos como San Francisco, o en otros más locales y recientes como San Alberto y la Madre Teresa de Calcuta, la Iglesia mantiene vivo su amor y atención a los pobres. Pero falta algo más. Ya sea por disposiciones “legales” particulares, o por nuestro afán de poder, seguridad e influencias, los pobres no tienen en la Iglesia el lugar y protagonismo que deberían. Por siglos nos hemos ocupado y preocupado de asistirles o de ser su voz ante las autoridades civiles, pero necesitamos tender un nuevo puente entre los pobres y la animación y conducción de la Iglesia, de tal forma que también ellos, y no sólo quienes por oficio deben hacerlo, nos ayuden a escuchar y discernir la voz de Dios, y a comprender mejor una Buena Noticia (Evangelio) anunciada primeramente a ellos (Cf. Lc 4,14-21). En este sentido, Francisco, nombre elegido por el nuevo Papa en honor al Santo de los pobres, nos sugiere un camino a recorrer y a la vez un puente que tender.

Hasta aquí hemos repasado algunas de las realidades que reclaman ser vinculadas dentro de la comunidad creyente. Pensemos ahora los puentes de la Iglesia hacia afuera, al mundo al que estamos llamados a servir.

Moral tradicional y Moral de valores plurales. Para quienes compartimos la fe católica en Occidente, máxime si somos herederos de la cultura moderna, existe un orden y una razón universal; existen también valores, principios y normas que nos ayudan a estructurar nuestras vidas en función de verdades eternas, proyectos personales y comunitarios. Todo ello bajo la convicción de un futuro escatológico que trasciende el tiempo y el espacio. Somos hijos de Dios esforzándonos por vivir una existencia con sentido, y con la fe puesta en la vida eterna. Ello repercute en opciones cotidianas, en la forma en que nos relacionamos con los demás y en el modo en que nos experimentamos a sí mismos. Pero no todo el mundo es así, ni tampoco todos piensan o viven igual.

Desde hace ya varias décadas se viene gestando una mutación cultural sin precedentes, que en vez de la razón y la verdad sitúa como su centro y eje vital el placer y el hedonismo. En lugar de futuro reconoce el presente como único tiempo válido. Para estas personas nacidas después del quiebre de la Modernidad, posterior a los ’60, todos esos valores morales que rigen nuestras vidas son simplemente basura. La autoridad no existe, y si existe ya no es más vertical sino horizontal. El bien, la verdad y la norma es lo que cada uno o cada tribu decide. Para ellos, la religión existe, pero como fenómeno religioso, emotivo, evocador de bienestar personal. La religión adquiere las formas del encuentro, de las caminatas y paseos al aire libre, pero jamás del compromiso. La religión somos nosotros, Jesús es un aliado más, algo así como un hermano mayor. En ella caben todos y cabe de todo: el único mandamiento es que te sientas bien.

La pregunta parece obvia. ¿Cómo tender puentes entre una moral y otra? Si continuamos adelante con las condenaciones, sigue la indiferencia. Si insistimos en la voluntad de Dios, nos enrrostran nuestra propia falta de testimonio. Si no cedemos, nos tratan de anticuados y cerrados. Si callamos, nos acusan de “hacer vista gorda”, complicidad o intereses creados. ¿Qué puentes tender hacia esta zona del mundo? Una cosa parece segura: la Iglesia debe convertirse de todo afán de poder y prepotencia moral y espiritual, no puede continuar adelante excluyendo ni condenando, pues si lo hace dejará de ser Iglesia de Jesús para convertirse -usando las mismas palabras del Papa Francisco- en una ONG espiritual, bien administrada y custodiada, pero lejos de su condición de Esposa, Madre y Maestra.

Catolicismo, Agnosticismo, y Trascendencia intra-mundana. Para el Teólogo alemán Karl Rahnner el problema de la fe no era tanto el ateísmo como el olvido de Dios. ¡Y cuánta razón tenía! Mientras existan preguntas a la fe, venidas desde cualquier bando o corriente de pensamiento, los católicos mantenemos vivo el diálogo con el mundo y la cultura. Pero ¿qué sucede cuando el mundo no pregunta, ni cuestiona?; ¿qué ocurre cuando Dios deja de ser un problema y pasa al olvido? Entonces la Iglesia comienza un infructuoso diálogo consigo misma. Esto es lo que nos ocurre hoy en algunos sectores más ilustrados. Un número no menor de personas viven al margen de Dios, mientras que otros se arman sus propios credos, con liturgias estructuradas según la necesidad de cada uno. En ellos, el agnosticismo inicial va dando paso a una nueva gnosis (conocimiento salvador exclusivo), a fenómenos de exclusividad espiritual, a grupos cerrados para los cuales la trascendencia escatológica poco o nada tiene que ver con la Promesa cumplida en Cristo. Para ellos, la trascendencia es intra-mundana, esto es, se vive en este mundo mediante la conexión espiritual con el cosmos, la energía o la fuerza que lo une todo. A tal propósito se suman líderes mesiánicos que descubrimos presentes en los escenarios más disímiles: política, educación, cultura, ecología… Todos estos aseguran un futuro de gloria que comienza y realiza precisamente en ellos, y en este mundo. El fallecido presidente Hugo Chavez es el último sacerdote conocido de esta corte.

Una experiencia de tal tipo resulta sin dudas alucinante, pues además de darnos esa sensación de pertenecer a un privilegiado grupo de salvación en virtud del conocimiento y manejo de verdades y potencias arcanas, nos libera del compromiso social que exige la fe católica. Es hacia ese mundo, encantador y sofisticado, donde el Papa Francisco debe tender puentes para un diálogo espiritual que rompa y desborde los márgenes del propio individuo en su búsqueda de paz interior, intimista, para que los espíritus se abran más bien a la comunión con los hermanos en Dios, comunión en el Espíritu de Dios, para liberación y justicia de todos los pueblos.

Catolicismo y protestantes. El fecundo diálogo ecuménico iniciado con el Concilio Vaticano II ha ido cediendo a la inercia de continuar en lo mismo. En Europa, sobre todo en ambientes universitarios, el diálogo se mantiene, mientras que en otras zonas del mundo se lo vive en expresiones litúrgicas teñidas de sincretismo, es decir, danzando todos al ritmo de un canto alegre para luego volver al rebaño de cada quien cuando termine la fiesta, o se lo vive como el deseo nervioso de que los hermanos separados no sigan creciendo en número y protagonismo socio-cultural. Al final, el diálogo de católicos con los hermanos separados sigue siendo tarea pendiente, otro puente más que tender o revitalizar. ¿Por dónde pasa este diálogo? Primero por el amor a la verdad, y segundo por la renuncia al afán de poder y exclusividad (Cf. Decreto Unitatis Redintegratio, 11-12). El amor a la verdad supone poner a Cristo al centro de todo, y comprender los dogmas de fe como fórmulas que nos ayudan a encontrarnos con el Hijo de Dios, pero supone también revisar nuestras prácticas pastorales, la liturgia, el derecho, las tradiciones. Todo lo visible y temporal en la Iglesia existe en función del encuentro con Cristo, “el sábado al servicio del hombre, y no el hombre al servicio del sábado”. El amor a la verdad nos libera de tradicionalismos, de miedos y prejuicios, nos libera para el diálogo ecuménico con hermanos que, al igual que nosotros, buscan el mejor modo de amar y servir a Dios.

Por su parte, la renuncia al afán de poder y exclusividad de la salvación exige comprender bien la catolicidad y el dogma “extra ecclesiam nulla salus” (fuera de la Iglesia no hay salvación). El dogma no excluye, muy por el contrario, incluye a católicos y no católicos, a todos los hombres de buena voluntad que, incluso sin saberlo, viven los mandamientos de Dios. Los grados de comunión con la Iglesia Pueblo de Dios pueden variar, pero quien se esfuerza por vivir en el amor y busca afanosamente la verdad, belleza y bondad ciertamente está en comunión con la Iglesia. Esta concepción de la catolicidad, inclusiva en la caridad, verdad, belleza y bondad, tiene como corolario la humildad y apertura al diálogo, pero también nos conduce a convertirnos de la prepotencia moral, espiritual e intelectual que en tantas ocasiones genera en nosotros ceguera para ver la novedad de Dios (Cf. Ap 21, 1-5).

Tender puentes hacia una verdadera experiencia de catolicidad es al mismo tiempo dar al mundo el debido testimonio de unidad que Jesús espera y exige a quienes profesamos su nombre. Y el primero y fundamental de estos testimonios es hacia adentro de la Iglesia Católica, entre el Papa y la Curia Vaticana, entre el Papa y los Obispos, y entre éstos y sus presbíteros y diáconos, entre jerarquía y fieles, entre unas Congregaciones y otras, y entre los mismos sacerdotes. Sin la renuncia a los afanes de poder, a los puestos y cargos de mayor prestigio, a la farándula eclesial, a los hábitos lujosos y a la pompa en la liturgia, el único testimonio que daremos es el de una Iglesia narcisista, que busca seguridad y auto-afirmación en la apariencia externa y las influencias políticas. Ecumenismo es sinónimo de búsqueda y amor a la Verdad, que es Dios. Nadie que piense poseer la verdad, como quien posee un instrumento para subyugar, está en condición de caminar hacia Dios en compañía de otros hermanos en la fe.

Teología y política. La mayoría de nosotros se piensa libre interior y exteriormente, pero la verdad es que los ciudadanos comunes nos encontramos a diario en medio de un fuego cruzado de poderes políticos, económicos, religiosos, militares y culturales que nos someten a sus decisiones sin que casi nos demos cuenta cómo. Esto provoca que un grupo menor de personas gocen de los adelantos y placeres que la tecnología y globalización ofrecen al mercado, en tanto que una inmensa mayoría debe contentarse con las migajas que caen de la mesa de los ricos. Y así, el mundo se va dividiendo cada vez más entre incluidos y excluidos de las bondades y placeres del tiempo presente.

En este contexto, hay hermanos que piensan que la experiencia religiosa debe vivirse al margen de los avatares de mundo, pues para eso, afirman, están los políticos. Pero también están quienes piensan que la fe no debe quedarse encerrada en la sacristía, ya que todo cuanto sucede al hombre debe ser juzgado y discernido desde el Evangelio. Para los primeros se trata de inmiscusión política, para los segundos no es ni más ni menos que el puente necesario para llevar Dios a los hombres y los hombres a Dios. Dirimir entre una posición y otra es tarea de nunca acabar, y ha suscitado enconados debates a lo largo de los siglos. No obstante, con sus gestos y llamados el Papa Francisco nos ha ido sugiriendo el camino a seguir, el puente a tender entre Teología y política.

El Papa ha invitado a la Iglesia a salir a las calles, a escuchar no sólo las alegrías y gozos de los hombres sino sobre todo sus dolores y tristezas, especialmente las de los más pobres. No se trata de armar luchas en contra de los poderosos, pero tampoco de guardar cómplice silencio ante sus opciones y acciones que contradicen la voluntad de Dios. A las calles iremos con la inteligencia y corazón de Francisco de Asís, pero iremos.

Así las cosas, en el caso del Papa Francisco el título “Sumo Pontífice”, constructor de puentes, se ha venido convirtiendo, gesto tras gesto y palabra tras palabra, mucho más que en un título protocolar, hasta adquirir el peso y prestigio de un nombre, el verdadero nombre del Papa Francisco.

P. Humberto Palma Orellana.

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Categorías:ACTUALIDAD, RELIGIÓN

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