El camino de la fe: Retiro Santa Marta-Coltauco

caminodefeLa pregunta de Ignacio. En medio de una conversación sostenida en el verano con un joven universitario, de nombre Ignacio, me pregunta: -¿Cuáles son sus metas para este año, padre, el Año de la fe?-. Y agrega: -Ya tengo las mías. ¿Usted tienes las suyas?- Como pude aventuré una respuesta para salir del paso, pero sin lograr ocultar del todo mi perplejidad ante la pregunta. ¿Debiese tener una meta para este Año de la fe? ¿Tenemos metas para este Año? ¿Cuáles son esas metas? ¿También la fe exige metas, así como lo exigen las instituciones, los bancos, las empresas, los colegios? ¿Y mis metas qué relación tienen con las metas de otros, incluso con las metas congregacionales? En una empresa, cuando no se cumplen las metas se nos amonesta, hasta que finalmente viene el despido si el incumplimiento no se supera y es sostenido en el tiempo? Me pregunto si con Dios ocurre lo mismo, o si con la Congregación ocurre lo mismo. ¿Cómo se conjugan las metas v/s gracia de Dios? Son preguntas que vale la pena hacernos al inicio del Año de la fe, y al inicio de este ciclo de encuentros con Dios.

Misericordia de Dios. En su Homilía del pasado 7 de abril en la Basílica de San Juan de Letrán, el Papa Francisco nos recordaba que Dios siempre espera al que no cree o está falto de fe, como Tomás. El Papa nos invita a “no perder la confianza en la paciente misericordia de Dios”. Paciencia de Dios que exige de nosotros la valentía de volver a Él. Entonces entendemos que nuestra gran meta debiese ser el retorno a Dios. Pero esto que parece simple en el discurso, no lo es tanto en la vida. Volver a Dios no es un acto de fe ingenuo. Si lo pensamos bien, hay razones por las cuales nos hemos alejado de Dios. Esas razones pueden ser simples, como un pecado manifiesto; pero también pueden ser más complejas y sutiles, como los compromisos que vamos asumiendo con las personas; o amistades que no nos edifican lo suficiente; o convicciones profundas que se convierten en opciones y hábitos. En tales casos la vuelta a Dios pasa por una renuncia enorme, muchas veces dolorosa, incluso fruto de aceptación de estar equivocados. Renuncia a realidades que son humanamente buenas. Se requiere, además, de una cuota de valentía, de volver a confiar, a fiarse de Dios. Es quizás por ello que en no pocas ocasiones preferimos seguir simulando a enfrentar una situación que se hace insostenible. El Papa nos recuerda la necesaria valentía para volver a Dios.


La valentía de volver a Dios se ve afectada por dos realidades muy típicas: idolatría e instalación. La idolatría más fuerte se da en relación con realidades sutiles, pero que contienen la potencia para arrebatarnos el corazón, y hacernos perder de vista el amor primero (cf Ap 2,4). Idolatría es dar el corazón a otro que no es Dios, pero que nos genera la complacencia de esos apetitos torcidos que llevamos dentro: poder, fama, placer. El ídolo ni siquiera nos pide actos sobrehumanos, sino simplemente dejarnos llevar, seguir la corriente, un simple gesto de adoración. No nos pide dejar de creer en Dios o rendirle un culto permanente, sino compartir nuestros corazón con él y con Dios. ¿Qué de malo tiene ello cuando el beneficio es enorme en relación con la inversión inmediata? El demonio pide a Jesús un simple acto de adoración temporal a cambio de todos los reinos del mundo (cf Mt 4,8). Es como tener la posibilidad de ganar la Lotería sin siquiera molestarse en jugar. ¿Dónde está entonces el germen de muerte? Al final del día, y una vez que hemos gustado todo cuanto sutilmente nos ha ido ofreciendo el ídolo, llega la cuenta, y generalmente “en letra chica”, y esa cuenta es tu vida, el total extravío del sentido producto de haber manoseado y jugado con la confianza, amor y fidelidad a Dios. Cuando dividimos el corazón, terminamos confundidos y no sabemos bien dónde ir, ni con quien ir. Y no lo sabemos porque hemos perdido identidad, hemos jugado el juego de las máscaras: un poco cristianos, un poco ateos, un poco religiosos, un poco laicos, un poco de todo y nada a la vez. Este es el precio que pagamos por la idolatría. Pero la tentación a escuchar el “canto de las sirenas” estará siempre, acompañando a los guerreros. La idolatría es la tentación de quien se atreve a grandes cosas. Quizás por ello, algunos prefieren “amarrase a la barca”, taparse los oídos e instalarse donde están.

Instalarse en la fe es tan riesgoso como adorar ídolos. No por nada, Dios siempre está moviendo al pueblo (cf Ex 13, 21-22). Quien se instala en la fe comienza a echar raíces, y muy pronto confundirá la fe con eso que él vive, piensa, cree, ama o hace. Es decir, confunde la fe con las expresiones de la fe. En cambio, quien cree en Dios está siempre de camino, en búsqueda, permanentemente de viaje. En la Homilía inaugural del Año de la fe, el Papa Benedicto no dice que podemos representar este Año “como una peregrinación en los desiertos del mundo contemporáneo, llevando consigo solamente lo que es esencial: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas, como dice el Señor a los apóstoles al enviarlos a la misión (cf. Lc 9,3)”.  Quien cree en Dios sabe que no hay otra respuesta posible a la revelación que la donación de la propia persona. Todos nuestros actos, por muy santos que sean, no sustituyen la entrega del corazón. Entonces, cuando el corazón se duerme, la respuesta mejor es caminar, movernos, des-instalarnos. Y esto implica discernir y revisarlo todo, para desechar aquello que nos impide movernos con libertad. Al final lo que importa no son las leyes, tradiciones, compromisos, ni siquiera la Congregación o la Iglesia. Lo que importa es re-nacer del Espíritu (cf Jn 3,5ss). Cuando ponemos el esfuerzo en re-nacer del Espíritu, entonces todo lo externo cobra su sentido verdadero y pleno.

La fe de Tomás. Esta actitud de vida que es la fe conlleva perseverancia, duda, desprendimiento, momentos de gloria pero también de cruz. Vivimos hoy en una cultura donde las realidades dulcificadas tienen plena cabida. No buscamos evadir la realidad, sino que ella no sea tan real. Y esto afecta también a la respuesta personal a Dios: tendemos a pintar la fe de colores e imágenes que nos hablan de lo hermoso que es creer en Dios, pero cuando estamos bajo una persecución, insultos o cuestionamiento, entonces ya no es tan hermoso, al menos no esa hermosura que viene de los inciensos, música y adornos espirituales. San Pablo habla de “parresía” para referirse a mezcla de confianza en Dios  y valor en medio de las persecuciones (cf. Heb 2,2). Por eso me gusta la fe de Tomás, que duda. Me gusta la fe de los santos con sus noches oscuras, de Jesús en Getsemaní, de Alberto Hurtado, pero también del enfermo terminal, de la mamá soltera, de las viudas, de los curas y religiosas de a pie o con olor a ovejas… Me gusta esa fe, porque no tiene bastoncitos, y entonces está en condición de entregar el corazón y confesar: “Señor mío y Dios mío” (cf. Jn 20,28). Es decir, la renuncia a los ídolos y el compromiso de seguir a un único Señor.

El centro es Jesucristo. Ya nos lo recordaba el Papa Benedicto XVI en esa misma Homilía que hemos citado arriba: Jesucristo es el centro de nuestra fe. No sólo es el objeto de nuestra fe, sino el que la inicia y completa (Heb 12,2). Nos ha llamado a la fe, pero además nos sostiene en la fe. Cuando Jesucristo es el centro no tememos a iniciar un nuevo viaje, uno tras otros, tantos como años sumemos en la historia personal. Quizás sea esta la mejor meta para nuestra fe: viajar en el nombre de Dios, con Dios. Ya no nos preocupa la meta, sino sólo el viaje. Dios camina contigo.

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Categorías:RELIGIÓN

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