La lógica de la Cruz: rediseñando el rostro de Dios

cruzSin lugar a dudas, no puede fundarse una comunidad religiosa si no es en la Cruz de Cristo. Si en algo nos hemos de gloriar, escribía San Pablo a los Gálatas, que sea en la Cruz de Cristo (Gál 6,14). Por eso, junto a esta fe de la Iglesia, les invito a secundar la “lógica de la Cruz” como un itinerario de vida. El único problema es que esta Cruz no tiene ninguna lógica. La lógica nos dice que si hacemos el bien a los demás y vivimos una vida entregada al servicio, cumpliendo los mandamientos de Dios, respetando las leyes y siendo en todo honestos, entonces viviremos largos años y sin mayores sobresaltos. Pero la vida de Jesús nos revela otra cosa. Siguiendo la lógica humana del bien y la justicia, debiésemos concluir que Jesús terreno fue un malvado más. La lógica nos dice que si creemos en Dios, Él nos libra de todo mal. Pero la Cruz de Cristo hace reventar ese razonamiento humano. De hecho Jesús cree firmemente en Dios, es fiel a su Palabra y vive por entero entregado al servicio de sus hermanos, pero termina abandonado de Dios y de los hombres. ¿Qué ha pasado, entonces? ¿Dónde ha quedado la sabiduría humana, pregunta Pablo (cf. 1Cor 1, 17-31) antes este maravilloso misterio de Dios?

Para poder comprender y creer necesitamos re-di-se-ñar el rostro de Dios, y ese rediseño es Jesucristo. En tiempos de Jesús, los hombres de fe se han encargado de armar un rostro de Dios que es más bien distorsión del verdadero corazón del Señor de la Alianza, de ese Dios que les ha dicho “con amor eterno te he amado” (Jr. 31,3), al punto de confesar: “fui para ellos como quien alza una criatura contra su mejilla y me bajaba hasta ella para darle de comer” (Os 11,1-4); y prometer: “Yo os consolaré como cuando a uno le consuela su madre” (Is 66,13).


Los fariseos en tiempos de Jesús se han encargado de poner el acento en el temor por sobre la compasión; en la justicia de la Ley por encima de la justicia salvadora; en la distancia de lo sagrado por encima de las entrañas maternas con que ama Dios; el acento en la obediencia a las tradiciones por encima del amor al prójimo. Los Fariseos han distorsionado el rostro de Dios. Así consiguen mantener el poder y someter a las mayorías. Ellos se sienten los intérpretes del rostro de Dios.

Será el mismo Señor quien borre ese rostro distorsionado a manos de la lógica humana, y lo rediseñe del modo más inaudito, escandaloso y loco (cf. 1 Co 22):

  • Lo resideña, primero, asumiendo carne humana y naciendo de mujer. Es un escándalo que Dios sea hijo, que haya habitado entrañas maternas. Tan escandaloso es esto que el Patriarca Nestorio, en el siglo IV, dirá que María no es madre de Dios, sino sólo del hombre Jesús.
  • Además de ello, Jesús nace pobre, en medio de pobres. Vive en Galilea. Las autoridades judías saben, por lógica, que de allí no puede salir un profeta, menos un Mesías.
  • En la lógica farisaica, Dios no se junta con pecadores. Jesús recuerda que Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y vida (cf. Ez 33,11). Se junta con pecadores, y con los peores: prostitutas, ladrones, leprosos. Jesús, semejante a un niño porfiado, parece no aprender nunca que las malas juntas no le hacen bien. Si quiere ser Profeta y Mesías, no sólo debe serlo, sino también parecerlo. Jesús no sabe ser hijo de Dios, escandaliza a los fieles.
  • Jesús rediseña el rostro de Dios en su relación con la Ley. Dirá a los cuatro vientos que nada hay más importante que el amor. El amor es el verdadero cumplimiento de la ley. Pero el amor a Dios va en el mismo plano que el amor al prójimo. Resulta, pues, un escándalo que Jesús relativice las tradiciones para ayudar a gente sin ninguna reputación.
  • Jesús rediseña el rostro de Dios en la cercanía con el dolor humano: llora por la muerte de un amigo, se compadece de una viuda a quien se le ha muerto un hijo. Es un Dios demasiado humano. Y tanto así que otra de las herejías comunes en los primeros siglos dirá que Dios no padeció en la cruz, que la divinidad abandonó a la humanidad en el momento anterior a la crucifixión.
  • Por último, resideña el rostro de Dios al dejarse atrapar por sus propias creaturas. Insisto, la lógica de Jesús hace reventar la lógica humana, y la revienta allí donde es más poderosa: en la imagen que los hombres tienen de Dios.

En esta lógica de la cruz de Cristo cualquier cosa puede pasar. Podría ocurrir que trabajemos haciendo el bien, y terminar acusados y condenados; podría ocurrir que tengamos una fe inmensa, y de pronto nos sintamos abandonados de Dios, como lo sentía -por ejemplo- la Madre Teresa: “Señor, Dios mío, ¿quién soy yo para que Tú me abandones? La niña de Tu amor–y ahora convertida en la más odiada–la que Tú has desechado como despreciada–no amada. Llamo, me aferro, yo quiero–y no hay Nadie que conteste–no hay Nadie a Quien yo me pueda aferrar–no, Nadie.–Sola. La oscuridad es tan oscura– y yo estoy sola.–Despreciada, abandonada.–La soledad del corazón que quiere el amor es insoportable.–¿Dónde está mi fe?–Incluso en lo más profundo, todo dentro, no hay nada sino vacío y oscuridad.–Dios mío–qué doloroso es este dolor desconocido. Duele sin cesar.–No tengo fe.–No me atrevo a pronunciar las palabras y pensamientos que se agolpan en mi corazón–y me hacen sufrir una agonía indecible. Tantas preguntas sin respuesta viven dentro de mí–me da miedo descubrirlas– a causa de la blasfemia.–Si Dios existe, por favor perdóname.–Confío en que todo esto terminará en el Cielo con Jesús.–Cuando intento elevar mis pensamientos al Cielo–hay un vacío tan acusador que esos mismos pensamientos regresan como cuchillos afilados e hieren mi alma.–Amor–la palabra–no trae nada.–Se me dice que Dios me ama–y sin embargo la realidad de la oscuridad y de la frialdad y del vacío es tan grande que nada mueve mi alma. Antes de que comenzara la obra–había tanta unión–amor–fe–confianza–oración–sacrificio.–¿Me equivoqué al entregarme ciegamente a la llamada del Sagrado Corazón? La obra no es una duda–porque estoy convencida de que es Suya y no mía.–No siento–en mi corazón no hay el más mínimo pensamiento o tentación de atribuirme algo de la obra. Las Hermanas y la gente hacen comentarios de este tipo.–Ellos piensan que mi fe, mi confianza y mi amor llenan todo mi ser y que la intimidad con Dios y la unión a Su voluntad impregnan mi corazón.–Si supiesen–cómo mi alegría es el manto bajo el que cubro el vacío y la miseria.
A pesar de todo–esta oscuridad y este vacío no son tan dolorosos como el anhelo de Dios.–Esta contradicción, lo temo, va a desequilibrarme.–¿Qué estás haciendo Dios mío con una tan pequeña? Cuando pediste imprimir Tu Pasión en mi corazón–¿ésta es la respuesta?(…)”.

Como podemos darnos cuenta, el problema mayor no es la lógica de la cruz, sino saber si estamos dispuestos o no a seguir esa lógica, a sumirla como la medida de nuestra fe y como estilo de vida. Sabemos que si queremos ser discípulos no hay otra opción, Dios ya mostró su rostro y no echará pie atrás. Sin embargo, seguirlo no es tan simple, hay ciertas consecuencias en ese seguimiento que deseo plantárselas como invitación, y no como advertencia:

  • La primera es a hacer vida el Salmo 21, el Justo sufre pero agradece a Dios la salvación. Este Salmo es una alabanza a la vida en medio del dolor. No es fácil rezarlo con un corazón creyente y desgarrado a la vez, pero es necesario hacerlo para una vida dispuesta a moverse en la lógica de la Cruz. Recitar este Salmo es estar dispuestos a hacer de nosotros una ofrenda a Dios, a morir con Cristo para resucitar con él. Como comentan los padres Schöekel y Mateos: “Al escucharlo de labios de Cristo, el cristiano perseguido aprende la paradoja del sufrimiento y la gloria y redobla su confianza rezando este salmo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?, pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza. Dios mío, de día te grito, y no respondes; de noche, y no me haces caso; aunque tú habitas en el santuario, esperanza de Israel. En tí confiaban nuestros padres; confiaban, y los ponías a salvo; a tí gritaban, y quedaban libres; en tí confiaban, y no los defraudaste. Pero yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo; al verme, se burlan de mí,  hacen visajes, menean la cabeza: “acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre si tanto lo quiere”. Tú eres quien me sacó del vientre, me tenías confiado  en los pechos de mi madre; desde el seno pasé a tus manos, desde el vientre materno tú eres mi Dios. No te quedes lejos,  que el peligro está cerca y nadie me socorre. Me acorrala un tropel de novillos, me cercan toros de Basán; abren contra mí las fauces leones que descuartizan y rugen. Estoy como agua derramada, tengo los huesos descoyuntados; mi corazón, como cera, se derrite en mis entrañas; mi garganta está seca como una teja, la lengua se me pega al paladar; me aprietas  contra el polvo de la muerte. Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Ellos me miran triunfantes, se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. Líbrame a mí de la espada, y a mí única vida de la garra del mastín; sálvame de las fauces del león; a éste pobre, de los cuernos del búfalo. Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré (…) Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá, hablarán del Señor a la generación futura, contarán sus justicia al pueblo que ha de nacer: todo lo que hizo el Señor”.
  • La segunda invitación es a vivir la fe en la intemperie del mundo. Los fríos del invierno nos ayudan a entender perfectamente lo que esto puede significar. Cuando baja la temperatura buscamos todo el abrigo que necesitamos, incluso antes de que llegue el invierno nos pertrechamos de ropas, leña, alimentos, medicinas, reparamos la casa. ¡Solamente los pobres saben lo que es vivir en la intemperie!, incluso algunos viven y duermen bajo puentes o en precarias viviendas de cartones, latas y un par de lampazos, con pisos húmedos. En sus casas es común que haya más frío dentro que fuera, por la humedad reinante. Los pobres viven en la intemperie, no tienen recursos para prepararse a esperar el invierno; van viviendo día a día. Su único recurso es un Dios que les escucha y atiende su súplica, que les alimenta de mil formas: con el pan que recogen en la basura, con los actos de caridad de los ricos o con la moneda que les cae en la mano. Los pobres se las rebuscan.

 Una fe en la intemperie, vivida al interior de la Iglesia y de cara al mundo, es una fe dispuesta a renunciar al prestigio asociado a los cargos, al poder y fama que otorgan algunas responsabilidades; renunciar también a ese afán de “hacer carrera”, poniéndose “a buena sombra”. Pero también es renunciar al poder de disponer de medios y recursos sin ningún límite, y me refiero no sólo a los recursos materiales, sino también a recursos espirituales: es renunciar a manipular conciencias, a manejar personas abusando de la investidura o del nombre de Dios. Les invito a vivir en la intemperie de la fe, buscando la forma de avanzar, pero sin llevar nada a cuestas más que su fe en Dios. Sin dudas sentirán el frío del anonimato en que viven los pobres, y el desamparo ante las bondades de este mundo, pero en esta intemperie acogida como estilo de vida descubrirán el rostro de Dios, y entonces podrán rezar este otro Salmo: “El Señor es mi pastor, nada me falta… Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan” (Salmo 22).
  • La tercera invitación es a vivir la encarnación del Verbo. Por siglos hemos profesado nuestra fe en que “el Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros”. Sin embargo, también por siglos se reedita una y otra vez ese intento herético por desconocer este hecho fundamental del Credo: Dios ha asumido nuestra naturaleza, se ha revestido de nuestra carne. Los actuales intentos por no tomar lo suficientemente en serio la encarnación se notan, por ejemplo, en la Liturgia, cuando la recargamos de signos y gestos comprensibles sólo para algunos exclusivos consagrados; o cuando hacemos esfuerzos por reeditar el Latín y la pompa nobiliaria; se nota también en las leyes y prácticas comunes: cuando ponemos trabas a los pobres para acceder a los sacramentos, y en cambio hacemos excepciones con los ricos; se nota cuando no valoramos la piedad popular; cuando rehuimos de la gente que no se ajusta a nuestra moral católica; cuando en sus homilías, los sacerdotes no hablan de los problemas del pueblo, cuando han erradicado de su léxico palabras como injusticia, desigualdad social, poderes económicos, pecado social; cuando en la Misa sólo cantan los más angelicales, y los acólitos son los niñitos más hermosos del barrios. Se nota, por último, en esos movimientos religiosos, que se llaman espirituales, pero que tienen más de sectas que del Espíritu de Dios. En nuestra Iglesia se reeditan esos movimientos.
  • Les invito, por último, a aspirar a ser testigos en vez de aspirar a ser maestros. Ya lo decía el Papa Juan Pablo II: el mundo escucha a los maestros, pero no les sigue; el mundo sigue a los testigos. ¿Por qué testigos más que maestros? No despreciemos a los maestros, les invito a ser más que maestros:
  1. Porque los testigos hablan de lo que han visto y oído, de sus experiencias con Dios en la propia vida.
  2. Porque los testigos aprenden a escuchar antes que hablar. Hay mucha gente que necesita ser escuchada, antes que recibir sermones: los laicos que quieren creer en Dios y en la Iglesia, los pobres, los jóvenes, las mujeres, los sacerdotes, los fieles escandalizados…

  3. Porque en los testigos se manifiesta el mismo poder de Dios que ha actuado en la resurrección de Jesús. Y con esa fe enfrentan la muerte que se manifiesta en los poderes de este mundo.

  4. Les invito, como conclusión, a seguir en la lógica de la cruz de Cristo, rediseñando el rostro de Dios, hasta decir con San Pablo “no soy yo, sino que es Cristo quien vive en mi” (Gál 2,20).
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Categorías:ENSAYOS, RELIGIÓN

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