Escuela como espacio de formación de una ciudadanía activa

shutterstock_85189792[Ensayo de Valentina Campos Pérez, Facultad Educación UFT]  Si se hace un breve análisis de la política chilena actual, es posible ver un grave debilitamiento de la democracia. Este debilitamiento se ve reflejado en la escasa confianza que poseen los ciudadanos en sus representantes. Esto se debe en gran parte a que la democracia en Chile, junto con otros países de América Latina y Europa, se instauró luego de un régimen totalitario, de la mano del sistema de libre mercado. La excesiva presencia de este modelo en los sistemas políticos ha producido un debilitamiento de las democracias occidentales. Este es el escenario que vive Chile, ya que el campo político y social quedó libre para la lógica y la gestión del libre mercado (Touraine, 2006). Pero los ciudadanos comienzan a ser conscientes de que sus intereses no son representados,1  y de que a pesar de que las riquezas de la nación aumentan, las desigualdades crecen.

En relación a lo anterior surgen distintas preguntas: ¿cómo fortalecer la legitimación y confianza en el poder político? ¿Cómo recuperar la confianza en las autoridades? ¿Cómo superar las desigualdades sociales? Generalmente se piensa que el análisis y solución de estas preguntas es responsabilidad exclusiva del poder político. Sin embargo, la ciudadanía juega un rol fundamental en las transformaciones sociales, sobre todo en un mundo global como el que vivimos. Ya no resulta suficiente la participación pasiva de los ciudadanos mediante el voto. Es preciso que los ciudadanos se conviertan en protagonistas activos de los cambios sociales.

A partir de esta problemática presente en la democracia actual, este ensayo tiene como propósito defender la importancia de transitar hacia una democracia participativa formada por ciudadanos activos. Junto con lo anterior se mostrará cómo la escuela es el espacio apropiado para empoderar a los ciudadanos, sobre la base de valores democráticos, para que así realicen esta transición.

Para Touraine (2006) la modernidad adoptó como forma económica el libre mercado, como expresión cultural la secularización, y como forma política la democracia. Sin embargo, desde comienzos del siglo XIX es posible identificar distintos modelos de democracia, siendo el modelo elitista o de equilibrio el que impera hoy (Macpherson, 1997). Este modelo entiende que la sociedad es análoga al mercado, y por lo tanto la democracia es un mecanismo de mercado, donde los votantes son consumidores, y los políticos, empresarios. El papel que juegan los ciudadanos en este modelo es el de consumidores y apropiadores infinitos, lo que fomenta una sociedad y un sistema de abundancia, que a su vez incrementa las desigualdades sociales, ya que margina a los que no pueden participar del modelo de consumo: “La sociedad es vista como una maratón: en el centro, un pelotón que corre cada vez más rápido; adelante, las estrellas que atraen la atención del público; atrás, aquellos que, mal alimentados, mal equipados, víctimas de distensiones o de crisis cardíacas, son excluidos de la carrera” (Touraine, 2006, p. 91). Al contrario de lo que postulaba Aristóteles, se fomenta la idea de que las necesidades son infinitas y por esto es necesario vivir bajo el análisis costo-beneficio. Esta imagen del ciudadano-consumidor empobrece la calidad de las relaciones humanas, lo que a su vez incrementa la desconfianza no solo de los ciudadanos con sus representantes, sino que entre ellos.2 Pero esta desconfianza seguirá siendo el eje de nuestras relaciones si no se cambia esta imagen de ciudadano-consumidor: “(…) el sistema de élites competitivas con un bajo nivel de participación de los ciudadanos es necesario en una sociedad desigual, la mayor parte de cuyos miembros se consideran a sí mismos consumidores maximizadores” (Macpherson, 1997, p. 119). Sin embrago, no es el modelo liberal en sí mismo lo que destruye la democracia, sino la presencia de un política hiperliberal, carente de todo contenido moral. Por esto es fundamental desarrollar actores sociales que mediante una participación activa luchen contra las desigualdades que frenan el desarrollo y la democracia. Tal como dice Touraine (2006), no habrá ni democracia ni desarrollo en América Latina sin una lucha activa contra las desigualdades. Es por esto que resulta esencial transitar hacia un nuevo modelo de democracia, a una democracia como participación (Macpherson, 1997). La participación ciudadana resulta esencial en tanto existe una relación de dependencia entre la desigualdad social y la participación política: “(…) La poca participación y la desigualdad social están tan inextricablemente unidas que para que haya una sociedad más equitativa y más humana hace falta un sistema político más participativo” (Macpherson, 1997, p. 114). En el caso de Chile, este es el país con mayor desigualdad de ingresos (su coeficiente de Gini es de 0.50 y el promedio de los países de la OCDE es de 0.31) (OECD, 2011). A su vez, solo un 17% de los chilenos cree que muy importante ser activo en asociaciones sociales o políticas (PNUD, 2013): Por otro lado, una baja confianza en otros está fuertemente asociada a una elevada desigualdad de ingresos. En Chile, solo un 13% de los chilenos expresa una alta confianza en sus conciudadanos (OECD, 2011).

De esta manera, resulta esencial que los ciudadanos se conviertan en protagonistas activos de los cambios sociales, constituyendo una ciudadanía activa: “En un universo globalizado, el poder político necesita aliarse al poder económico y al poder ciudadano. Los tres sectores tradicionales –el político, el económico y el cívico- tienen que articularse y trabajar conjuntamente para cambiar las cosas a mejor” (Cortina, 2005, p.340). Una ciudadanía activa se caracteriza por participar activamente en las distintas dimensiones de la vida social y política, como los debates públicos; también es capaz de dialogar públicamente sobre los problemas que atañen a la sociedad y de incidir, en la medida de lo posible, en las decisiones políticas. Sin embargo, para que exista un diálogo real entre los ciudadanos, que a su vez desemboque en una participación política, es necesaria que exista un sistema de valores, ya que son estos los que llevan a la conquista de reglas procesales propios del sistema democrático. Algunos de estos valores son el de la tolerancia y el respeto, ya que creer ciegamente en la propia verdad y en la fuerza como medio para imponerla amenaza la paz: “Solamente allí donde las reglas son respetadas el adversario ya no es un enemigo (que debe ser destruido), sino un opositor que el día de mañana podrá tomar nuestro puesto” (Bobbio, 2005, p.47). El sentido de responsabilidad también resulta esencial para el fortalecimiento de una democracia: “La democracia se asienta sobre la responsabilidad de los ciudadanos de un país.” (Touraine, 2006, p.99). Ser ciudadano también trae implícitos los conceptos de autonomía e igualdad, en tanto “el ciudadano debe ser autónomo, pero sólo puede conquistar su autonomía con los otros, los que son sus iguales, solidariamente con ellos en su comunidad.” (Cortina, 2005, p.341) Así, una de las tareas del siglo XXI consiste en conquistar la autonomía por medio de la realización de la igualdad. Pero esta igualdad debe buscarse en todos los ámbitos ciudadanos, en el social, político, económico, cultural y sexual, entre otros.

El espíritu democrático, que refleje los valores y actitudes antes descritos, debe penetrar en todos los ámbitos de la sociedad: “La acción democrática consiste en desmasificar la sociedad extendiendo los lugares y los procesos de decisión que permiten relacionar las coacciones impersonales que pesan sobre la acción con los proyectos y las preferencias individuales.” (Touraine, 2006, p.213) Este papel de desmasificación le corresponde a la educación. Esta tiene dos metas, por un lado, la formación de la razón (la adquisición de conocimientos y valores universales). Por otro lado, debe colaborar en el desarrollo de la creatividad personal del conocimiento-reconocimiento del otro como sujeto. Este es el aprendizaje de la libertad, el desarrollo del espíritu crítico, de la innovación y la conciencia de la propia particularidad (Touraine, 2006, p.213). La educación debe integrar el espacio de lo público (donde se reconozca y respete al otro) con el de lo privado, que constituye la identidad. No se debe entender la participación como sinónimo de disolución en la masa, ya que esto lleva a ciudadanos pasivos dominados por grupos de elites, precisamente lo que se quiere superar. Para participar en un grupo o comunidad, se debe poseer y proteger el espacio privado, la identidad de cada cual, el grupo familiar, las costumbres y creencias: “Aquellos cuyo comportamiento se reduce a una participación pasiva en el consumo forman la masa de apoyo de los dominadores; únicamente  quienes están individuados, quienes son sujetos, pueden oponer un principio de resistencia a la dominación de los sistemas.” (Touraine, 2006, p.217)”.

En conclusión, para superar las desigualdades que aquejan a nuestra sociedad, resulta necesario transitar desde una democracia elitista a una democracia participativa. Los ciudadanos deben ser protagonistas de su futuro y no consumidores; a la vez, los políticos deben representar los intereses de sus representados y no de las grandes empresas. Para esto, se precisa empoderar a la ciudadanía mediante la educación, para que así quieran y puedan convertirse en actores sociales, teniendo como herramienta fundamental el diálogo, y como suelo compartido, valores democráticos como la tolerancia, el respeto al otro, la responsabilidad, la autonomía y la solidaridad. La educación es el medio por el cual se pueden fortalecer los valores democráticos que permitan una democracia participativa, y así la construcción de sociedades más humanas y justas. “La formación de sujetos y la educación de personas como ciudadanos y ciudadanas son objetivos de la escuela y, en especial, de los periodos previos a la incorporación de las generaciones jóvenes al ejercicio pleno de sus derechos en el proceso de construcción activa del bien común” (Martínez, 1998, p.14). La escuela por tanto, debe constituir un espacio de formación ciudadana.

Bibliografía
Bobbio, N. (2005). El futuro de la democracia. (J. Fernández-Santillán Trad.) México: Fondo de Cultura Económica.
Cortina, A. (2005). “Bioética: un impulso para la ciudadanía activa”, Revista Brasileira de Bioética, Vol 1, n°4, 337-349.
Macpherson, C.B. (1997). La democracia liberal y su época. (F. Santos Trad.) Madrid: Alianza Editorial
Martínez, M. (1998): El Contrato moral del profesorado: condiciones para una nueva escuela. Bilbao: Desclée de Brouwer.
Touraine, A. (2006). ¿Qué es democracia? (H. Pons Trad.) México: Fondo de Cultura Económica.

Referencias electrónicas:
http://www.oecd.org/chile/47572883.pdf Consultado 31-01-2013
http://www.pnud.cl/prensa/noticias-2013/14-01-Encuesta%20Auditoria/14-01-2013-Encuesta%20Auditoria.asp Consultado 31-01-2013

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Categorías:ACTUALIDAD, EDUCACIÓN, ENSAYOS

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