Soñar despiertos un nuevo Pentecostés

vida¡Los muertos ya no alaban al Señor; nosotros sí bendeciremos tu Nombre! Esta es la profesión de fe proclamada por el Pueblo de Israel en el Salmo 115, una certeza litúrgica a la que Jesús agregará que es el Espíritu el que da vida (Cf. Jn 6); sin él  no somos más que un montón de huesos secos (Cf. Ez 37), incapaces de alabar a Dios e incapaces también de romper los lazos de muerte que impiden alcanzar y recibir la plenitud de la existencia. No nos extrañe, entonces, los evidentes signos de agonía que descubrimos hoy en la Iglesia; signos que se alzan como profetas venidos desde el Apocalipsis de la Historia, para hacernos ver las formas y modos en que hemos venido exiliando al Espíritu de la vida, desde el centro mismo de la Comunidad hacia expresiones de fe más bien privadas y episódicas.

En este camino de agonía, el Concilio Vaticano II ha significado un esfuerzo notable de apertura y renovación, para ayudarnos a redescubrir lo esencial de la fe: el Bautismo, que nos agrega al Pueblo de Dios, como hijos redimidos en Cristo. Un Pueblo donde el carisma da sentido a la institución, la jerarquía se pone al servicio de los fieles y la santidad no es más privilegio de unos cuantos canonizados. Pero ese momento de Dios en la Historia ha sido un breve alto en el camino, excepción que confirma una marcha agónica imposible de callar y no ver en sus ataduras de muerte.

Se nota estancamiento y agonía en esas tendencias y afanes que gustan de las formas externas y lujosas, llenas de pompa y boato en la Liturgia. En aquella ilusa y nefasta pretensión de algunas congregaciones, comunidades e institutos religiosos por entender y vivir el sacerdocio como condición de exclusividad casi nobiliaria, en vez de abrazar la cruz de Cristo en el anonimato y el servicio de cara al mundo. En las luchas de poder, escándalos y divisiones dentro de la Jerarquía eclesiástica, incluso en los círculos más cercanos al Papa. Pareciera que el oído está más puesto en la oportunidad de escalar que en los dramas del mundo actual. Algunos silencios podrían obedecer a ingenuidad, pero no por ello son menos culpables. Pensemos en el discurso moral de los últimos tiempos, centrado fundamentalmente en la sexualidad, con una fijación casi enfermiza en temas contingentes: píldora del día después, matrimonios homosexuales, relaciones pre-matrimoniales, aborto, abusos. Todo ello bien, pero ¡qué escaso y pobre discurso público sobre Educación, equidad y justicia social, protección del medioambiente, salud y vivienda, multinacionales, globalización económica, política y cultural, entre otros! Es cierto, también aquí ha habido preciosas excepciones, como la Conferencia de Obispos de Latinoamérica y del Caribe, celebrada el año 2007 en Aparecida, Brasil. Digo excepción, porque hemos seguido avanzando por la ruta del silencio en vez del sendero de los profetas, que anuncian y denuncian, sin miedo, a tiempo y destiempo.

Percibimos signos de agonía en las vaciedad de templos en naciones del primer mundo, así como también en la merma de vocaciones. Los seminarios y las iglesias, otrora testimonios de vitalidad, han llegado a ser piezas de museo y elefantes blancos que sostener.

Descubrimos signos de agonía en el abandono de los pobres y en el velo tendido sobre la Teología de la Liberación; también en la inclusión casi infantil de los laicos en la organización y gobierno de la Iglesia. Pero igualmente en la mirada que un porcentaje no menor de la sociedad tiene hacia el clero, en su distanciamiento. No nos ven como pastores, sino como depredadores del rebaño.

Sin desconocer, ni restar importancia a lo dicho hasta ahora, importa mucho más prestar atención a otros signos que crecen hoy con renovado vigor, son signos de vida animada por el Espíritu, que de fenómenos aislados pasan a ser sueños y esperanzas en un nuevo Pentecostés. Me refiero, por ejemplo, a fieles que, no obstante los escándalos protagonizados por miembros del clero, desean firmemente seguir amando, creyendo y esperando; a iniciativas de laicos que les han llevado a reunirse sistemáticamente para pensar y meditar su caminar con Dios en la Iglesia, y al mismo tiempo exigen de nosotros mayor testimonio y compromiso. La misma renuncia del Papa Benedicto -junto a la elección de Francisco- es otro signo de renovación. Los llamados del Papa a salir a las calles, y a llevar en la piel el olor de las ovejas más que de rosas, se suman a los indicios anteriores. Se agrega, además, el testimonio de los pobres y gente sencilla que nos está revelando nuevos rostros de santidad; el testimonio de sacerdotes y religiosos que se esfuerzan a diario por responder al llamado de Dios, sirviendo a sus hermanos con una vocación puertas afuera, en la periferia de barrios y ciudades, pero al mismo tiempo en diálogo con el mundo de las ideas, contribuyendo así a instalar preguntas y buscar respuestas en una cultura donde la incertidumbre se asume como forma y estilo de vida.

Sabemos que el Espíritu no está donde hay mentiras, divisiones e ideologías en vez de verdadera religiosidad. Reconocemos que ello ha sido causa de agonías, que ahora vemos con preocupación y esperanza a la vez. Preocupación por el futuro de la Iglesia, y esperanza en el Espíritu que es vida, y la vida vence la muerte.

En la Iglesia, el Espíritu es Don de Dios y tarea de los creyentes. Como Don lo pedimos y agradecemos. Como tarea, depende de nosotros discernir y fortalecer esos signos que nos llaman a un nuevo Pentecostés. Los cristianos soñamos, pero despiertos. Soñamos el Pentecostés de la Historia, y al soñar urgimos esa nueva aura en que Dios será todo en todos. Lo que será ya late en los signos de vida nueva, y en las acciones de esos cientos y miles que no se cansan de bregar contra corriente, animados por los sueños diurnos (E. Bloch) de una Iglesia que late en la suave brisa del Espíritu.

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Categorías:ACTUALIDAD, RELIGIÓN

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