La importancia de llamarse Felipe(Berríos)

felipeAl leer la entrevista de TVN a Felipe Berríos, y ser testigo de la conmoción nacional que han provocado sus dichos, no puedo dejar de recordar aquella famosa comedia de Oscar Wilde: “La importancia de llamarse Ernesto”. Aunque para este sacerdote jesuita sea difícil aceptarlo, sus palabras han provocado gran eco en la ciudadanía no tanto por la razón de sus argumentos, que de ningún modo se la niega, sino por aquello que él mismo condena y repudia: estar en una situación de poder mediático, desde la cual cualquier cosa que diga sería recibido con igual reverencia por una población habituada a mirar y considerar el abolengo antes que la vedad del argumento. Después de todo, en Chile -al igual que en la Inglaterra de Wilde- sigue siendo importante “llamarse Ernesto”.

Comparto muchos de los temas y argumentos expuestos por Felipe Berríos, incluso en más de una ocasión he expuesto en este mismo medio pistas de reflexión que van en esa misma línea. En lo personal, me preocupa que la ciudadanía no abra los ojos ante aquello que nos advierten los sociólogos Bajoit y Franssen: desde hace décadas venimos experimentando una mutación cultural sin precedentes, que se constata en el  paso de la razón social a la autorrealización autónoma. Esto significa que si antes las personas actuábamos movidos por las razones y principios del partido político al que adscribíamos, o las orientaciones de la religión y la autoridad de los padres, aunque no estuviésemos muy de acuerdo con algunas de sus directrices, lo que hoy nos motiva fundamentalmente es el beneficio y provecho personal. Y esto nos está pasando la cuenta a todos y en todos los ámbitos de la vida. Afecta a creyentes y no creyentes, a los miembros de la Iglesia en su testimonio, pero también a los políticos en su servicio público, a los proveedores de educación, a las familias en sus nuevas configuraciones y estilos, a los trabajadores en su egoísmo, al transeúnte en su pasividad, a los jóvenes en su estar instalados en un presentismo dionisíaco, y también a los niños en su sed insaciable de tener las últimas novedades y marcas que ofrece el mercado.

Ha sido Michel Maffesoli quien nos ha ayudado a comprender que detrás de todos estos fenómenos sociales y culturales, existen tres pilares fundamentales que los explican, sostienen y alimentan: la cuestión del poder, del deseo y del mito. Los ciudadanos estamos en medio de un fuego cruzado de poderes políticos, económicos, religiosos, culturales y raciales. En la medida en que no somos conscientes de esos poderes, les servimos. Y si antes el valor supremo era Dios, hoy en nuestra cultura occidental es el placer, por ello buscamos la satisfacción inmediata de los deseos, a cualquier precio y por encima de los deberes. En relación con el mito como relato fundacional, es verdad que toda cultura tiene los suyos, también nosotros tenemos los nuestros, pero, a diferencia de culturas pasadas, se trata de pequeños relatos intramundanos cargados de emotividad y narrados en las redes sociales y programas de TV. Las divinidades vinculadas a tales narraciones no viven en el Olimpo, y por lo mismo no constituyen para nosotros un referente ético sobrenatural. Los dioses a los que veneramos comparten nuestras ciudades y barrios, nacen y crecen como proyección narcisista de nuestros propios anhelos y deseos: estrellas de cine, deportistas famosos o personajes de la TV en los que se alimenta el ego personal y colectivo.

En todo esto, como he dicho, comparto las preocupaciones de Berríos. Pero hay algo más, algo que también es importante ver y poner como objeto de reflexión. Como ya decía, aunque a Felipe le duela reconocerlo, y aceptando incluso que en casos como éste pudiésemos admitir cierta posición maquiavélica, en el sentido de que un buen fin justifique algunos medios, nos encontramos aquí con un claro ejemplo de lo mismo que él cuestiona: el poder. Dicho de otro modo, las palabras de Berríos han tenido el eco que tuvieron y despertaron el inmediato interés de personeros públicos no por la consistencia de sus argumentos, y esto es lo más penoso para la conciencia cívica, sino por tratarse de una persona investida de un poder mediático que él sabe aprovechar muy bien en favor de su causa. ¿Por qué concluir, entonces,  que él sí tiene derecho a usar de ese poder, en tanto otros debiesen restarse de echar mano a sus influencias sociales para el propio beneficio? Lo único que nos queda como fundamento es lo que ya enunciaba: en ocasiones una buena causa pareciera justificar ciertos medios, aunque esos medios pertenezcan a la misma esfera cuestionada por la buena causa. ¿No está, entonces, Felipe Berríos siendo parte de ese juego de poderes que denuncia Maffesoli, en medio de los cuales los ciudadanos deambulamos intentando sortear los dardos?

Me pregunto, por último, ¿hasta dónde es la profundidad del sueño de los chilenos para que sea necesario que una voz mediática se alce, y sólo en ese momento despertemos al debate ciudadano con tanto interés y pasión, como hemos observado en el día posterior a la entrevista, para luego -lamentablemente- volver a esconder la cabeza en los mundillos privados o en aquellos armados por los noticieros y farándula. ¿Qué nos queda después de Felipe en temas tan relevantes como educación, justicia social, religión, cultura juvenil, entre otros? ¿Son acaso los medios de comunicación masiva los que seguirán marcando la pauta de la reflexión y opinión en el país?

Es igualmente lamentable darnos cuenta de que luego de tantos años de reformas sociales, políticas y religiosas, y de múltiples experiencias dolorosas que marcan la memoria ciudadana del país en su relación con el poder, a la hora de pensar, ser escuchado y generar debate siga pesando en el inconsciente colectivo “la importancia de llamarse Felipe (Berríos)”.

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Categorías:ACTUALIDAD, ENSAYOS

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