Invitación a vivir la vocación laical

laicosEn el prólogo de San Juan leemos: “Al principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios… Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros…” (Jn 1, 1-2.14.). Con ello, el Apóstol nos recuerda una verdad clave para nuestra fe: el Dios trascendente se ha hecho inmanente, es decir, aquel que está fuera del tiempo y del espacio ha querido insertarse en nuestro tiempo y espacio, por la Encarnación del Hijo (Cf. Flp 2, 6-11). Y esta unión de lo humano y lo divino es para siempre. Entonces todo lo humano, lo de ayer, lo de hoy y lo de mañana, cabe en esta acción redentora y liberadora de Dios, que incluso desborda el ámbito de la persona humana. San Pablo es muy claro al afirmar que la creación entera espera la libertad de los hijos de Dios (Rom 8, 18ss), y nosotros somos parte de esa creación.

En consecuencia con lo anterior, todas las estructuras humanas son relativas, perfectibles, temporales y pasajeras. Familia, Educación, Política, Economía…, todo puede y debe ser mejorado  en función de la dignidad de las personas. Y lo mismo vale para la religión. La Iglesia, en sus estructuras, es también temporal. Esto significa que la Liturgia, las normas, la organización parroquial, entre otra cosas, todo está en función de la salvación de los hombres, y es perfectible.

La vocación laical, en cuanto experiencia religiosa, con Dios y los hermanos, también se vive en la historia, en el mundo, y está sujeta a los mismos dinamismos de las realidades temporales (Cf. LG, 31). Lo que ocurre en el mundo afecta nuestra relación con Dios, y desde aquí afectamos también al mundo. Quien no lo entienda de esta manera no ha entendido en nada la Encarnación. De aquí la importancia de mirar el contexto, la historia, pero sabiendo que ese contexto está llamado a ser redimido, liberado, a mutar. Lo único que no cambia ni muta es la comunión de Dios con el hombre: “¿Acaso olvida una madre a su niño de pecho, y deja de querer al niño de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré” (Is 49,15). Revisemos ahora -aunque de modo genérico- dos contextos relacionados estrechamente con la respuesta que vamos dando a Dios: la cultura y la Iglesia. En ese doble contexto se juega y se vive la vocación laical, nacida, al igual que toda vocación en el Bautismo. Por el Bautismo somos sacerdotes, profetas y reyes en el mundo (LG, 31).

Contexto cultural.

Según Guy Bajoit y Abraham Franssen “desde hace 20 ó 30 años, una mutación cultural sin precedentes está en pleno curso. Esto quiere decir que estaríamos experimentando el paso de un modelo cultural basado en la razón social a otro fundado en la autorrealización autónoma. Si hace unas cuantas décadas atrás las personas se movían por la doctrina del partido político o las orientaciones de la religión, hoy ya no es así: las personas se mueven por intereses personales y en la medida en que obtienen algún beneficio particular. Si hace no mucho el valor supremo de la cultura era Dios, hoy el valor supremo es el placer. Si antes importaban valores considerados universales, como la vida, amor, justicia, e instituciones respetables, como familia, escuela, Iglesia, hoy parece que todo da lo mismo y la verdad depende del prisma con que se la mire. Lo más dramático es que estamos viviendo una mutación de tal magnitud que no sabemos hacia dónde caminamos. Respuestas claras no hay. Y quien piensa que nada está ocurriendo, o que siempre ha habido semejantes problemas, significa que no está entendiendo nada del mundo en que vive.

Este escenario cultural provoca en la juventud una enorme dificultad para encontrar sentido a las cosas que hacen y -como consecuencia- la vida misma les resulta compleja. En un mundo en que se les exige cada vez más, se va produciendo un desface entre las expectativas de éxito y los obstáculos que ellos descubren para lograr sus objetivos. Pero también los adultos encontramos dificultad para orientarles del mejor modo, pues terminamos cediendo a las mismas fuerzas que subyacen a los cambios: poder, deseo de placer inmediato, y un nuevo relato que exalta este mundo y el tiempo presente como el mejor para gozar. Nuestros héroes no son más que la proyección narcisista de nuestros deseos y apetitos: estrellas de cine, deportistas, personajes de TV…

El contexto eclesial.

Entrevista al Cardenal Martini1. El recientemente fallecido cardenal Martini representaba a una Iglesia moderna, llena de dudas y de empatía con el prójimo. En su lecho de muerte nos dejó lo que podemos considerar su testamento vital, su llamada de atención a toda la Iglesia:
—La Iglesia está cansada, en Europa y en América. Nuestras iglesias son grandes, nuestros conventos están vacíos y la burocracia de la Iglesia aumenta. Nuestros rituales y nuestra ropa son pomposos. ¿Expresan estas cosas lo que somos hoy día? (…). La Iglesia se ha quedado atrás 200 años. ¿Cómo no vamos a agitarnos? ¿Tenemos miedo? ¿Miedo en lugar de valor? La fe es el fundamento de la Iglesia. La fe, la confianza y el valor. Yo soy ya viejo y enfermo y dependo de otros. La buena gente a mi alrededor me hace sentir el amor. Este amor es más fuerte que el sentimiento de desconfianza que a veces se percibe hacia la Iglesia en Europa. Sólo el amor vence a la fatiga. Dios es amor…

Signos de agonía. Las palabras del Cardenal nos ayudan a ver en nuestra Iglesia innegables signos de agotamiento, de cierto desencanto y agonía, frente a los cuales el Concilio Vaticano II ha significado un esfuerzo notable de apertura y renovación, para ayudarnos a redescubrir lo esencial de la fe: el Bautismo, que nos agrega al Pueblo de Dios, como hijos redimidos en Cristo; a comprender que la Iglesia es el Pueblo de Dios (Cf. LG 31-32) donde el carisma da sentido a la institución, la jerarquía se pone al servicio de los fieles y la santidad ya no es más privilegio de unos cuantos canonizados (Cf LG, 39). Pero ese momento de Dios en la Historia ha sido un breve alto en el camino, excepción que confirma una marcha agónica imposible de callar y no ver en sus ataduras de muerte.

Se nota la agonía, por ejemplo, en esas tendencias y afanes que gustan de las formas externas y lujosas, llenas de pompa y boato en la Liturgia. En aquella ilusa y nefasta pretensión de algunas congregaciones, comunidades e institutos religiosos por entender y vivir el sacerdocio como condición de exclusividad casi nobiliaria, en vez de abrazar la cruz de Cristo en el anonimato y el servicio de cara al mundo. En las luchas de poder, escándalos y divisiones dentro de la Jerarquía eclesiástica, incluso en los círculos más cercanos al Papa. Pareciera que el oído está más puesto en la oportunidad de escalar que en los dramas del mundo actual. Algunos silencios podrían obedecer a ingenuidad, pero no por ello son menos culpables. Pensemos en el discurso moral de los últimos tiempos, centrado fundamentalmente en la sexualidad, con una fijación casi enfermiza en temas contingentes: píldora del día después, matrimonios homosexuales, relaciones pre-matrimoniales, aborto, abusos. Todo ello bien, pero ¡qué escaso y pobre discurso público sobre educación, equidad y justicia social, protección del medioambiente, salud y vivienda, multinacionales, globalización económica, política y cultural, entre otros! Es cierto, también aquí ha habido preciosas excepciones, como la Conferencia de Obispos de Latinoamérica y del Caribe, celebrada el año 2007 en Aparecida, Brasil. Digo excepción, porque hemos seguido avanzando por la ruta del silencio en vez del sendero de los profetas, que anuncian y denuncian, sin miedo, a tiempo y destiempo.

Percibimos signos de agonía en las vaciedad de templos en naciones del primer mundo, así como también en la merma de vocaciones. Los seminarios y las iglesias, otrora testimonios de vitalidad, han llegado a ser piezas de museo y elefantes blancos que sostener.
Descubrimos signos de agonía en el abandono de los pobres y en el velo tendido sobre la Teología de la Liberación; también en la inclusión casi infantil de los laicos en la organización y gobierno de la Iglesia. Pero igualmente en la mirada que un porcentaje no menor de la sociedad tiene hacia el clero, en su distanciamiento. No nos ven como pastores, sino como depredadores del rebaño.

Signos para soñar un nuevo Pentecostés. Sin desconocer, ni restar importancia a lo dicho hasta ahora, importa mucho más prestar atención a otros signos que crecen hoy con renovado vigor, son signos de vida animada por el Espíritu, que de fenómenos aislados pasan a ser sueños y esperanzas en un nuevo Pentecostés. Me refiero, por ejemplo, a fieles que, no obstante los escándalos protagonizados por miembros del clero, desean firmemente seguir amando, creyendo y esperando; a iniciativas de laicos que les han llevado a reunirse sistemáticamente para pensar y meditar su caminar con Dios en la Iglesia, y al mismo tiempo exigen de nosotros, el clero, mayor testimonio y compromiso. La misma renuncia del Papa Benedicto -junto a la elección de Francisco- es otro signo de renovación. Los llamados del Papa a salir a las calles, y a llevar en la piel el olor de las ovejas más que de rosas, se suman a los indicios anteriores. Se agrega, además, el testimonio de los pobres y gente sencilla que nos está revelando nuevos rostros de santidad; el testimonio de sacerdotes y religiosos que se esfuerzan a diario por responder al llamado de Dios, sirviendo a sus hermanos con una vocación puertas afuera, en la periferia de barrios y ciudades, pero al mismo tiempo en diálogo con el mundo de las ideas, contribuyendo así a instalar preguntas y buscar respuestas en una cultura donde la incertidumbre se asume como forma y estilo de vida.

Sabemos que el Espíritu no está donde hay mentiras, divisiones e ideologías en vez de verdadera religiosidad. Reconocemos que ello ha sido causa de agonías, que ahora vemos con preocupación y esperanza a la vez. Preocupación por el futuro de la Iglesia, y esperanza en el Espíritu que es vida, y la vida vence la muerte.

En la Iglesia, el Espíritu es Don de Dios (Cf. Hech 8, 20) y tarea de los creyentes. Como Don lo pedimos y agradecemos. Como tarea, depende de nosotros discernir y fortalecer esos signos que nos llaman a un nuevo Pentecostés. Los cristianos soñamos, pero despiertos. Soñamos el Pentecostés de la Historia, y al soñar urgimos esa nueva aura en que Dios será todo en todos. Lo que será ya late en los signos de vida nueva, y en las acciones de esos cientos y miles que no se cansan de bregar contra corriente, animados por los sueños diurnos (E. Bloch) de una Iglesia que late en la suave brisa del Espíritu.
Revisamos, ahora, los fundamentos de la vocación laical.

FUNDAMENTOS DE LA VOCACIÓN LAICAL

Iglesia de comunión2. Hasta antes de que Juan XXIII convocase el Concilio Vaticano II, en su anuncio del 25 de enero de 1959, la Iglesia vivía en un incuestionable y milenario esquema piramidal, donde lo importante era la Jerarquía. Después de Dios estaba el Papa, luego venían los Obispos y sacerdotes. Los laicos estaban en el último lugar de esa escalada hacia Dios. Laico era sinónimo de pueblo (laos, en griego)3, y el pueblo era entendido como sinónimo de ignorancia y postergación. Se entiende entonces que el sacerdocio fuese asumido como un estado de privilegio, y que se pensase que había personas “más cerca de Dios” que otras. El Bautismo no importaba tanto como los cargos, títulos y posiciones en la Iglesia. En un esquema así, el laico no tenía mucho más que asentir a las directrices del clero. Y quienes disentían caían bajo sospecha de apostasía, infidelidad o ateísmo, los grandes males de la época, según el discurso oficial. La Iglesia no se preocupaba por dialogar con un mundo que la cuestionaba a cada paso, que iba por otros rumbos muy distintos, sino que se atrincheraba en el interior de sus propias fronteras, y desde allí condenada y enseñaba a los fieles a “defender la fe” ante la herejía modernista4.

El Concilio cambió radicalmente este este esquema, proponiendo una estructura concéntrica. Esto significaba que el centro de la fe es Cristo, y todos estamos a la misma distancia de Él. Lo importante ya no serían más los cargos ni los títulos, sino el Bautismo. Ya no hay privilegios, ni personas que estén más cerca de Dios. La jerarquía existe, pero es un carisma en la Iglesia para el servicio de los fieles5. La Iglesia fue definida como “Cuerpo de Cristo6”, y en este cuerpo todos los carismas y vocaciones importan7. Por primera vez los laicos eran invitados a ser y sentirse parte de un mismo Pueblo de Dios8. Es el Bautismo el que nos hace miembros de ese Pueblo, donde unos hermanos tienen unos encargos y otros, otros, pero todo es suscitado por el mismo Espíritu (Cf. 1 Co 12, 4-11) para edificación del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Aquí radica el fundamento de la vocación y compromiso de los laicos.

Santidad. Pero hubo, también, algo más. Hasta antes del Concilio, la santidad era asumida como un estado de gracia casi exclusivo para religiosos y sacerdotes. Era prácticamente impensable que hubiese laicos santos. El Concilio da un giro copernicano al llamar a todos los bautizados a la misma santidad. Y fue así como el año 1987 el Papa Juan Pablo II hacía noticia al canonizar a un laico9, un médico napolitano de reconocida bondad y celo científico: Giuseppe Moscati.

Desafíos. No obstante estos nuevos vientos, la lucha en contra del clericalismo no ha sido fácil10. a los sacerdotes todavía nos cuesta tomarnos a los laicos en serio, valorar el Bautismo como el sacramento que nos incorpora al Pueblo de Dios, y dejar de pensar la Iglesia como una institución donde hay personas más cerca de Dios que otras. Nos sigue costando ser discípulos y renunciar a los privilegios.
¿Cuáles son los campos más urgentes y desafiantes para el laico, y de qué formas puede y debiese estar allí presente?

CAMPOS Y FORMAS DEL APOSTOLADO

Iglesia. Los laicos no sólo son parte de la Iglesia11, sino que deben asumir más protagonismo en ella, ganarlo si es necesario. El clericalismo nos ha hecho y nos hace mucho mal, a todos. Es importante que, tanto clero como laicos, entiendan que estamos en una tarea que es común, donde todos los carismas colaboran y participan. Los laicos no deben estar para servicios menores en la Iglesia: como limpiar templos, poner flores, abrir capillas, recolectar dineros, o cosas semejantes. Los laicos deben asumir el protagonismo que les viene dado por el Bautismo: son sacerdotes, profetas y reyes. El protagonismo debiese notarse en la animación y conducción de la Iglesia. Ello exige formación: pedir más formación y dejarse formar. Los laicos debiesen estar donde se están tomando decisiones, y no sólo cuando se trata de obedecer. Los sacerdotes nos quejamos de que los laicos son cómodos, que esperan que nosotros hagamos todo. ¿Pero, me pregunto, quién les ha educado así? ¿Y de quién es tarea educarlos en mayor adultez? La verdad es que a no pocos hermanos les agrada tener gente a su servicio y ser endiosados. Los laicos deben ayudar a sus sacerdotes a ser personas más humanas; “con olor a ovejas”, como nos ha pedido el Papa. De esta manera, evitando endiosar figuras, instalándose en instancias de decisión y acción, los laicos contribuyen a la renovación de la Iglesia, en continuidad con el Concilio Vat. II.

Familia. Para nadie es novedad que la familia tradicional: papá, mamá e hijos, pareciese haber pasado de moda12. El concepto mismo de familia está en discusión, y es probable que las transformaciones que hoy observamos, en su configuración, estilos y rutinas, sean sin vuelta atrás. En cualquier escenario, es urgente que la familia siga siendo ese lugar afectivo donde los niños aprendan a relacionarse consigo mismo, con los demás y con el mundo. Para ello necesitamos adultos que comuniquen certezas afectivas, y no incertidumbres; que orienten como adultos, y no aspiren a ser un adolescente más. Los adultos estamos renunciando a ser autoridad, y en vez de ello idolatramos a la juventud13. Los laicos sirven a las familias, creyentes y no creyentes, cuando viven en el mundo como los adultos que son; cuando se preocupan por tener opinión formada e informada sobre los temas que importan de verdad y contribuyen al crecimiento de las personas; cuando dan testimonio de coherencia a niños y jóvenes, jugándosela por ideales e ideas que nos superan, pero que sin embargo configuran una vida con sentido. Servir a las familias no implica lanzarse -en exclusiva- en cruzadas contra el aborto o las uniones de pareja, y pensar que con eso ya hemos cumplido; servir a las familias es vivir ayudando a discernir el mundo según Dios, para hacer de él un lugar donde la familia sea una realidad posible y deseable. ¿Cómo podemos defender las familias si, por ejemplo, nos nos importa la dignidad de sus casas, la educación o salud que reciban sus miembros? Hablar de la familia es hablar del hombre total.

Juventud. Otro de los campos clave del apostolado laical son los jóvenes. En realidad es importante para todos, pues allí están los futuros laicos, pero también los religiosos y sacerdotes que tendrán en sus manos el servicio pastoral. Lamentablemente el conocimiento que tenemos de la cultura juvenil es, en la mayoría de los casos, precario o inexistente. Los discursos hacia la juventud oscilan entre las alabanzas y las críticas. Los laicos, así como también los sacerdotes, debiesen ser expertos en cultura juvenil. Ellos son la fuerza que cambia el mundo, que marca tendencias y nos ofrece la posibilidad de establecer un diálogo más desafiante con el mundo, sobre temas de moral sexual, pero también de moral social, moral de la vida y de la persona. Los jóvenes son un ente catalizador privilegiado de las preguntas que el mundo tiene a la Iglesia, y nos obliga a pensar la fe desde esos cuestionamiento, a “dar razón de nuestra esperanza” (1 Ped 3,15), como animaba San Pedro a los cristianos de los primeros tiempos. En la medida en que el laico se interesa y se hace experto en cultura juvenil, ayuda a toda la Iglesia a abrirse al futuro, a adelantarse al futuro14. No podemos seguir quedándonos en el discurso obvio: que los jóvenes son esto o lo otro, que no vienen a Misa, que son cómodos, o que son conflictivos y cuando no tontos. Sociólogos de revuelo mundial vienen hace tiempo advirtiéndonos de cambios grandes y graves que están afectando el modo de ser, sentir, pensar y hacer de los jóvenes. ¿Cómo educaremos la fe en un futuro no muy lejano si no somos conscientes de esos cambios? ¿Estamos preparándonos para un discursos significativo con las nuevas generaciones, o volveremos a cerrarnos en nuestras propias fronteras?

Medio social. Es éste uno de los campos privilegiados de la acción del laico. Estar presentes en el mundo, pero en lo específico de las realidades mundanas, llámase relaciones laborales, comunicaciones, justicia, política, economía, organizaciones civiles, entre tantas otras, constituye el desafío cotidiano del laico. Los sacerdotes podemos estar también presente allí, pero es fundamental para la evangelización la mirada de quienes viven directamente involucrados en esos ambientes, ya sea por su vocación y opciones laborales, ya sea por sus relaciones de familia15. Cuando hablo de presencia laical, no me refiero a un estar pasivo ni mucho menos complaciente, sino crítico en el juicio y comprometido en la acción. Recordemos que la Encarnación del Verbo exige de nuestra parte preocupación por todas las realidades humanas y sus estructuras. Es aquí donde cobra pleno sentido el ejercicio del llamado bautismal: sacerdotes, que nos recuerdan que todo lo humano es ofrecido a Dios para que alcance la plenitud de sentido que da el Amor; profetas, para anunciar en esas realidades el querer de Dios para el hombre, y al mismo tiempo denunciar con valor las incoherencias que descubrimos entre la fe y las opciones y acciones cotidianas; reyes, para estar al servicio de los hermanos con la vocación y los dones que cada uno ha recibido. Hacer las cosas bien, buscar la perfección en todo lo humano, buscar la verdad, belleza y bondad en esas realidades es vivir la vocación laical en la sociedad. Así el laico recuerda a todos los hombres su dimensión trascendente, y glorifica a Dios en su propia persona y en las obras que realiza.

Educación. Por estos días no han pasado desapercibidas las declaraciones del sacerdote jesuita Felipe Berríos. Comparto, como ya se habrán dado cuenta, muchas de sus apreciaciones. Sin embargo no puedo dejar de preguntarme ¿hasta dónde es la profundidad del sueño y la ceguera de los chilenos para que sea necesario que una voz mediática se alce, y sólo en ese momento abramos los ojos al debate ciudadano con tanto interés y pasión, como hemos observado en el día posterior a la entrevista, para luego -lamentablemente- volver a esconder la cabeza en los mundillos privados o en aquellos armados por los noticieros y farándula. ¿Qué nos queda después de Felipe en temas tan relevantes como educación, justicia social, religión, cultura juvenil, entre otros? ¿Son acaso los medios de comunicación masiva los que seguirán marcando la pauta de la reflexión y opinión en el país? Son estas las preguntas que me gustaría ver respondidas también en los laicos, y no sólo en los Obispos. Mejorar la educación del país pasa por la respuesta a dos preguntas que, con frecuencia, eludimos, quizás por lo radicales que son. La primera de ellas es ¿qué país queremos?, y la segunda ¿para qué queremos educar? Y son los laicos quienes deben ayudar no sólo en la respuesta, sino en la instalación de la pregunta en el debate público. La tarea no es ajena al compromiso activo con la educación, no se piense que es algo puramente teórico. Mientras no estemos de acuerdo si los ciudadanos de este país queremos o no una nación más justa y equitativa, o si queremos seguir manteniendo la misma política de inequidad, seguirán adelante las marchas por la educación pero sin llegar al pretendido puerto de la calidad. Junto con ello, importa preguntar y responder para qué queremos educar con calidad, si es para que las nuevas generaciones continúen sirviendo al modelo económico imperante, o para formar auténticos ciudadanos, con verdadero espíritu cívico y mayor conciencia ética. Sin esta claridad, la educación permanece esclava de ideologías y poderes imperantes. El laico es el primer llamado a instalar esta reflexión en la conciencia ciudadana, para que nos encaminemos hacia una educación más humanizadora.

Cultura. La cultura es todo cuanto somos, hacemos y sentimos las personas. Y aquí también hay un tremendo desafío, que tiene que ver con esa mutación cultural a la cual me refería arriba. El laico contribuye a poner equilibrio en una cultura de muerte, como la llamaba el Papa Juan Pablo II, que niega la trascendencia y sólo desea gozar el presente, abusando de la creación y explotando a los más pobres. En sus modos de ser, pensar, sentir y actuar, el laico nos ayuda a comprender que Dios no es rival del hombre, como a veces se le quiere hacer ver, sino su mayor aliado16, y como tal la verdadera religión es aquella en la que nos sentimos amados, liberados y perdonados por Dios, para también amar y liberar a nuestros hermanos más pobres. El laico nos ayuda a descubrir que el futuro que esperamos en la segunda venida de Cristo no es destrucción de este mundo, sino plenitud de la historia y las obras humanas17. Es decir, lo único que será destruido, erradicado totalmente, es el mal, pero no la obra de Dios, ni tampoco la obra humana realizada en el amor. Pero cabe aclarar que esta misma convicción nos lleva a recordar que, como también ya dijimos, todas las estructuras e instituciones son relativas y están al servicio de la dignidad de las personas. En la medida en que los laicos luchan por la justicia en las relaciones humanas, nos recuerdan que el verdadero sentido de la vida no está en tener más, sino en ser más. Por último, ante una cultura que mira la creación como instrumento y medio para gozar más, los laicos nos ayudan a comprendernos como parte de esa creación, y lo hacen toda vez que educan a las nuevas generaciones en una nueva conciencia ecológica18 y en un espíritu de gratitud y colaboración, más que en ese espíritu de competencia y éxito que hoy nos pasa la cuenta.

NOTAS A PIE
1. Cf. entrevista completa en: <http://internacional.elpais.com/internacional/2012/09/07/actualidad/1347041084_410858.html&gt; [Consulta: Mayo 2013].

2 Cf. RATZINGER J., Conferencia…, [en línea] <http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20000227_ratzinger-lumen-gentium_sp.html&gt; [Consulta: Mayo 2013]

3  Cf. GORDO, Jesús Martínez. “Ser laico en la Iglesia.” Razón y fe: Revista hispanoamericana de cultura 253.1292 (2006): 437-452.

4 Cf. CLIMENT, JORGE SOLEY. “El contexto histórico de la Encíclica Pascendi.” Verbo: Revista de Formación Civica y de Acción Cultural, Segun el Derecho Natural y Cristiano 455-456 (2007): 375-384.

5  Cf. GIAQUINTA, Carmelo Juan. “La Jerarquía: una potestad al servicio de la Iglesia (Capítulo III).” Teología: revista de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica Argentina 8 (1966): 45-74.


6  Cf. LACUEVA, Francisco. La iglesia, cuerpo de Cristo. Editorial Clie, 1988.

7 Cf. BOFF, Leonardo. Iglesia: carisma y poder: ensayos de eclesiología militante. Vol. 11. Editorial Sal Terrae, 1982.

8 Cf. ASTIGUETA, Damián G. “La noción de laico desde el Concilio Vaticano II al CIC 83: el laico:” sacramento de la Iglesia y del mundo”. Vol. 38. Gregorian Biblical BookShop, 1999.

9 Cf. <http://elpais.com/diario/1987/10/26/sociedad/562201203_850215.html&gt; [Consulta: Mayo 2013].

10 Cf. OLIVEROS, Roberto. “El Vaticano II: balance y perspectivas.” Selecciones de Teología 167 (2003): 42.

11 Cf. CONDE, María Teresa Fernández. “La misión profética de los laicos del Concilio Vaticano II a nuestros días: el laico,” signo profético” en los ámbitos de la iglesia y el mundo. Vol. 50. Gregorian Biblical BookShop, 2001.

12 Cf. RAMÍREZ, Valeria. Cambios en la familia y en los roles de la mujer. América Latina y el Caribe. (1995); QUILODRÁN, Julieta. “Los cambios en la familia vistos desde la demografía; una breve reflexión.” Estudios demográficos y urbanos (2008): 7-20.

13 Cf. GOMES, Isabel Cristina, and Maria Lucia de Souza Campos Paiva. “La Violencia Cotidiana: ¿Qué ocurre con nuestras familias hoy?.”

14 Cf. VECCHI, Juan E., and Antonio Sánchez Romo. Un proyecto de pastoral juvenil en la Iglesia de hoy:: orientaciones para caminar con los jóvenes. Editorial CCS, 1990.

15 Cf. MORALES, Tomás. Hora de los laicos. Ediciones Encuentro, SA, 2003.

16 Cf. THEOLOGICA, SCRIPTA. “ELOGIO DEL HOMBRE El patrimonio antropológico cristiano.” SCRIPTA THEOLOGICA 17.2 (1985): 621-635. BOJORGE, Horacio. “Goel: Dios libera a los suyos.” Revista biblica 33.1-1971 (1971): 8-12.

17  Cf. NORATTO Gutiérrez, José Alfredo. “La vuelta de Jesús a los discípulos. Los rostros de la parusía en el cuarto Evangelio.” (2008).

18 Cf. BOFF, Leonardo. La voz del arco iris. Trotta, 2003. MOYANO, Eduardo. “La nueva cultura del agua: discursos, estrategias y agentes sociales.” Actas del III Congreso Ibérico sobre Gestión y Planificación de aguas. 2002.

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Categorías:ENSAYOS, RECURSOS, RELIGIÓN

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