Colegio ABC1 en vagón C3

OLYMPUS DIGITAL CAMERAPara un cura habituado a ello, no es fácil dejar de oler a Versace, y menos aún impregnarse de ese “olor a oveja”, como le llamó el Papa Francisco a la cercanía que debiésemos cultivar y mantener con la gente en la calle. Y claro, una cosa es que él se haya mandado esa frasecita snob urbe et orbi, y otra muy distinta tomársela en serio e intentar vivirla. Pero en eso estoy, tratando de encontrar gusto y sentido a ese olor a oveja que por días y semanas estuvo en boca de mis colegas en el púlpito, al igual que en boca de cuanto comentarista vio en ella ocasión propicia para subirse a un carro católico que, al menos por esos días de elección pontifica, parecía triunfar.

Da lo mismo si mañana huelo a ese lanudo cuadrúpedo, o más bien a mi desodorante Axe Apollo, lo único seguro hasta ahora es que a las 06:30 AM saldré con destino a Coltauco. Y una vez más me congelaré, porque las calles de Graneros, lugar donde actualmente vivo en la sexta región, no tienen aire acondicionado como tenía el vehículo que me transportaba donde quería, eso antes de haber iniciado un peregrinaje que cambiaría mi vida para siempre.

Hacia allá me dirijo hoy, desde Santiago a las tierras de Buddy Richard y Mario Guerrero. Se me ha hecho costumbre. Después de terminar mi cátedra de Didáctica de la Filosofía en la Finis Terrae, tomo un taxi hasta Avenida 11 de septiembre y, desde allí, el Metro hasta Estación Central. A consecuencia de la rutina, puedo decir que me conozco de memoria a las viejas que venden los boletos. Les encanta cerrar las cajas que miran hacia el subterráneo del Metro, para luego reírse de huevones como yo, que llegan corriendo a comprar un pasaje, y contentos de que no haya nadie en la fila le hablan a un micrófono redondo pegado en el vidrio, como esos que hay en las boleterías del Cinemark Rancagua, para luego de un rato de espera darse cuenta que del otro lado no hay nadie, que por el apuro y los deseos de pasar pronto a los andenes simplemente no viste ese letrerito cómplice: “caja cerrada”. ¡Mierda! Las viejas están del otro lado, siempre del otro lado, allá donde la fila más corta es de diez. Y no hay otro remedio que aguantarse la lentitud del momento, con gente preguntando las mismas huevadas de toda la vida: cuánto cuesta a Rancagua, y a Buín, y a Linderos, a qué hora sale el tren, a qué horas llega. Finalmente es tu turno, y compras el boleto con la sensación de estar a punto de volar hacia la libertad con destino a Paris, pero te garantizo que en el acceso al andén la realidad te despertará de nuevo, para recordarte que no estás rumbo a Paris, sino a Graneros, y quien gira y gira en su confusión, justo delante tuyo, no es un turista extraviado, sino otra vez ese compatriota de a pie, que no sabe dónde mierda ni cómo cresta poner su boletito para que el lector de código de barras del torno lo lea, y baje la barra de acero que le impide  convertirse en un flamante viajero de la compañía EFE.

Para cuando logras pasar, la competencia continúa a través de los pasillos recortados por la imponente y silenciosa presencia de los trenes, como si se echaran una siesta a la espera del próximo viaje; continúa entre vendedores de papas fritas y bebidas, entre llantos de niños pataleando por el último dulce, bolsos que se estrellan en tus tobillos y olor a los perfumes alternativos de la calle Meiggs . Aceleras el paso con la ilusión de encontrar un asiento libre. Eliges el vagón que más te tinca, ¡y adentro! Pero esta vez no tuve la misma suerte de otros días. A pesar de no ser un horario punta, todos los carros parecían llenos. Seguí avanzando por el andén, con la esperanza de encontrar algo más de espacio. Me dejé llevar por dos mujeres que caminaban delante de mí al ritmo de sus anchas caderas, dando fuertes y seguros taconazos, como si estuviesen empeñadas en anunciar al mundo su despampanante femineidad. Y así, hipnotizado tras aquella peculiar procesión, llegué para  abordar el último carro.

Una vez en su interior, inspeccioné simuladamente el vagón a izquierda y derecha. Todo lleno, a excepción de la atmósfera que habitualmente inunda los carros. Ese bullicio  ambiente que comenzaba a llegar a mis oídos no era del todo normal. Los meses que llevo usando el servicio me han enseñado que el metrotren transporta a personas que, en su mayoría, vienen de la pega, agobiados y con poco ánimo de hablar. La cansina quietud de la masa obrera se mezcla a ratos con los olores a sobaco que dejan las extenuantes faenas, disimulado obviamente por el aroma de los productos Avon, dando origen a una densa y bien alimentada nube de gases humanos. Sólo de vez en cuando, el silencio es interrumpido por el estridente llanto de guaguas, ringtons de celulares, y uno que otro pelambre anodino. Pero esta vez era distinto. El ambiente auditivo estaba recargado de un cotorreo poco habitual: había risas, comentarios y miradas que no eran de allí, al menos no de ese mundo que a diario se desplaza de Santiago al sur. Y algo más: a medida que mi vista seguía a la caza de un asiento, otra parte de mí comenzó a identificar entre los pasajeros cabezas cubiertas por largos cabellos, finos y rubios, cayendo sobre rostros armónicos y resplandecientes, de miradas claras y angelicales. Entonces comprendí que ese carro había sido abordado por un grupo de jóvenes pertenecientes a los clanes de las así llamadas “buenas familias”; y ahora ellos tenían el control, dispuestos a hacer zapping con el resto de los pasajeros, listos para borrarlos de un vagón de tren que, irónicamente, hasta hace poco les pertenecía.

En el intento de buscar un buen lugar, y ante la resignación de viajar de pie, avancé hacia el medio del vagón. Hasta que finalmente lo vi. En un bloque de seis asientos enfrentados había cinco de esos jóvenes. Su forma de vestir, y esa actitud tan propia de la gente cool, vino a confirmar mi intuición primera: estudiantes secundarios de colegio ABC1, con destino a algún remoto lugar de Chile.

–¿Está desocupado?–, pregunte con firmeza.

Mi voz los obligó a levantar la cabeza desde no se qué universo, un mundo al que los transportaba una pantalla smartphone, frenéticamente sostenida por uno de ellos, mientras el resto movía todo su cuerpo con gestos rápidos y nerviosos, alentando un juego que les mantenía absortos, absolutamente abstraídos de cuanto ocurría a su alrededor.

–¿Está desocupado?–, pregunté nuevamente.

Esta vez me aseguré de elevar un poco más el volumen de voz, pero al mismo tiempo evitando parecer el típico adulto petulante. Uno del grupo hizo eco de la pregunta y me miró por eternos segundos, sin acabar de comprender el alcance de ella. Los demás giraron velozmente sus cabezas para ir en ayuda de su compañero, buscando entre la multitud hasta dar cara a cara con el extraño que interrumpía su lúdico compromiso. Y ahora todo el grupo se aprestaba a darme un breve instante de su atención, pero no más que eso: el juego era hasta ese momento lo único y realmente importante. Por tercera vez pregunté lo mismo, aunque la consulta era más bien una petición a que sacaran el saco de dormir y las ropas que cubrían el asiento. Y ahora sí que todos comprendieron, despejaron el lugar con rapidez y algo de nerviosismo y amabilidad. Pero apenas lo hubieron hecho, volvieron a enterrar sus cabezas, a alentar y gritar. El intruso era yo.

–La semana pasada me llamaron del Manchester–, dijo uno.

–Y a mí del Corinthians–, agregó otro.

–Pero no sea’y hue’on, me vay a hacer perder–.

–Cállate Nacho culiao, no ve’ís que hay más gente, baja la voz–, dijo el que parecía ser el líder del grupo.

–Uuuuh, perdón–, dijo el muchacho que tenía justo enfrente, dirigiendo hacia mí su inconfundible mirada de niño bien educado.

–Pero hue’on, mira. ¡Concéntrate!–.

–¡Golaaazo, mierda!–, exclamó uno de ellos mirando la pantalla con placer casi orgásmico, al tiempo que empuñaba con fuerza su mano derecha a la altura del mentón, conteniéndose para no gritar a viva voz la anotación que alejaba de él la posibilidad de convertirse en un patético luser.

–¡Conchatumadre, qué bueno!–.

–Hue’on, Pipe, guárdalo y seguimos después–.

–¡Nooooo, no lo guardís todavía, quiero saber qué va a pasar conmigo!–.
–Jajaja, a vos hue’ón te castigaron por cinco fechas–.

–Parece que yo me voy a Europa–.

–¿A’óoonde, imbécil?, si tú no sirves para ninguna gueá más que para estudiar–.

–Jajaja, ¡las cagó este huevón!–.

Instalado ya en esa imitación de butaca que son los asientos del vagón, y en espera de la partida, me dediqué unos minutos a observar bien a los inusuales pasajeros. Las evidencias me confirmaron que se trataba de estudiantes secundarios de uno de los tantos colegios ingleses de Santiago. El adolescente que tenía frente a mí vestía un impecable y muy bien confeccionado pantalón de buzo, en cuya pierna se leía claramente el nombre del colegio circundando el escudo anglosajón. Detrás de ellos se ubicaron las que parecían ser sus mejores amigas y compañeras de curso, enajenadas en conversaciones sobre el carrete que tendrían esa noche, hablando y riendo con el alma totalmente fuera de sí, como si no hubiese más tiempo que ese instante en que el tren no existía para nadie más. De vez en cuando, alguno de los pasajeros habituales les lanzaba una mirada de curiosidad y reproche a la vez, por el bullicio que les impedía entregarse al tan deseado pestañazo. Pero ni ellas, ni ellos, saben leer esas miradas. No aprendieron aquel lenguaje tan propio de la calle y del barrio popular. Miran, pero no ven.

A las cinco de la tarde en punto, el tren comenzó a moverse lentamente sobre unos viejos rieles, que al ritmo del suave desplazamiento crujen y se retuercen en un lastimero chirrido, pidiendo ser liberados de una inmensa carga humana que les aplasta con sus problemas cotidianos e ilusiones de un viaje placentero. Todo ello pesa mucho más que todas esas toneladas de acero que dan formas a los carros del tren.

Desde la Estación Central y hasta la primera detención en Pedro Aguirre Cerda, el ferrocarril avanza más lento de lo normal. Obviamente esto inquietó al grupo de animados jugadores que tenía a mi lado. Por un momento imaginaron viajar así el resto de sus vidas, a través de esos horribles paisajes urbanos formados por los basurales y los precarios edificios habitacionales de un sector poblacional, que sin dudas han visto en películas de zombies, pero jamás fuera de una pantalla, al menos no como ahora lo estaban viviendo: impactando en sus mentes y espíritus, amenazándoles a un purgatorio dantesco construido de podredumbre y sofocante quietud. Les resultaba imposible disimular el asombro. Intentaron una y otra vez reconcentrarse en el juego, pero aquella realidad terminó superándolos.

–Fran, ¿sab’ís dónde estamos?–, preguntó en voz muy baja un muchacho a una de sus compañeras de los asientos vecinos, quien miraba con la misma inquietud y curiosidad que su interlocutor.

–Pregúntale tú, hue’on–.

–¿Yo?. ¿No. Y por qué yo?–, pareció defenderse el muchacho sentado frente a mí, haciendo un inútil esfuerzo por evitar mi atención.

–¡Pero si lo t’enís al frente, Nacho!–, dijo con cierto tono de mando uno de los chicos junto a la ventanilla, dirigiéndose a quien intentaba no perturbar mi lectura, justo en el instante en que su pulgar derecho apuntaba directo hacia mi persona.

–¿Qué necesitan saber?–, pregunté levantando la vista hacia el grupo.

–¿Usted, señor, sabe dónde estamos ahora?–, preguntó Nacho con aire de madurez y respeto.

–Estamos pasando por la estación Pedro Aguirre Cerda–, les dije.

–¡Uuuhhhh, cuidado! Aquí es donde…–. El muchacho que habló se contuvo para no terminar la frase, pero su mano derecha adoptó la forma de una pistola, cuyo huesudo cañón vino a posarse lentamente en la sien izquierda de su compañero. Entonces pude ver cómo su vecino de asiento se abalanzaba velozmente sobre él para bajar esa mano, extendida por el vagón como una perfecta y amenazante Magnum 15 mm.

–Putas que er’ís hue’ón, Nico–, le dijo a su compañero mientras le obligaba a retirar su mano oprimiendo fuertemente el pulgar en la muñeca de su amigo. La presión fue tan grande que Nico estuvo a punto de dar un alarido retorciéndose de dolor.

–¡Aaahh! ¡Suéltame, Jaime, culiao! Te pon’ís tonto–, le increpó Nico mientras con su mano izquierda masajeaba suavemente la zona del túnel carpiano.

–Tú er’í el imbécil que no cachai ná–, replicó Jaime a Nico. Y con voz apenas audible, le dijo: –¡¿No ve’ís que aquí hay gente de acá?!–, haciendo notar a su compañero que ese gesto tan habitual en otros contextos, en este desconocido mundo podría significar un peligro de proporciones. Luego, mediante un disimulado gesto visual, pidió a sus compañeros observar los murales de los blocks habitacionales, que lentamente pasaban ante sus ojos como los cuadros de un Chile inexistente para ellos. A juzgar por sus rostros, todos leyeron en esos rabiosos rayados la más inequívoca señal de un peligro extraño y ancestral, narrado de padres a hijos.

–Señor, ¿y el tren va siempre a esta velocidad?–, preguntó nuevamente Nacho, esta vez con algo más de preocupación por la notoria lentitud con que nos desplazábamos.

Entonces iniciamos una conversación de la cual a ratos era parte, y a ratos simplemente me bypasseaban para sumergirse en temas que sólo a ellos importan. Les expliqué de los trabajos para implementar más servicios de trenes entre Rancagua y la capital, y que eso provocaba la lentitud en la salida. Ya más tranquilos, y casi a modo de recompensa, me contaron que iban hasta Linderos, invitados por un compañero a pasar el fin de semana al fundo de sus padres. Y a medida que el tren aceleraba la marcha, los vi preocupados de saber el nombre y recordar cada estación después de Pedro Aguirre Cerda, como si tuviesen el encargo de marcar el camino de regreso a casa: San Bernardo, Maestranza, Nos, Buin, Buin Zoo, y finalmente Linderos. Les conté de mi trabajo en la universidad, hablamos de las marchas de estudiantes, de los movimientos sociales en el mundo, de la Iglesia y los curas, aunque nunca supieron de mi identidad sacerdotal. Poco a poco fui comprendiendo que aunque hacían honestos esfuerzos por entender algo de esta otra realidad, por ver otra cosa más que miseria en los mendigos habitando a orillas de la línea férrea, les resultaba imposible. Para ellos, eso no es Chile: es mala suerte, flojera o malos hábitos. Chile no es este vagón. Uno de ellos pareció intuir aquello, y me preguntó si esto era habitual, si el tren venía así de lleno todos los días, o lo de hoy era una singularidad causada por ellos.

–Nosotros estamos ocupando asientos que pronto ocuparán todas esas personas que ahora están de pie–, reflexionó. –Nosotros hemos llenados sus espacios, y cuando bajemos el tren quedará casi vacío. Nosotros ocupamos sus asientos–, me dijo con una mueca de sorpresa y placer en el rostro, mientras con el índice de la mano derecha apuntaba directo hacia el centro de su inflado pecho.

Tuve ganas de decirle que sí, que efectivamente ellos ocupaban el lugar de otros, que su presencia avasallaba un Chile que ellos ni siquiera conocían. Finalmente me contuve. Descubrí en sus modos de ser y pensar, de sentir, ver y hacer, el real sentido de las palabras del cura Felipe Berríos: ellos son tan víctimas como los demás, han sido educados para no ver, o mejor dicho para no ver otro país sino esa patria feliz del Edén, donde estos vagones y su gente no son más que una casualidad kunderiana, la que muy pronto quedaría ahogada en un par de chelas y piscolas en un fundo cualquiera de una región remota e ignorada.

Y mientras pensaba todo aquello, les escuche hablar de sus sórdidas conquistas amorosas y de las típicas competencias masculinas para afianzar la masculinidad. Por momentos, los otros pasajeros volvían sobre el intento de silenciar unas voces adolescentes que interrumpían sus mortecinos cansancios; pero una fuerza inconsciente de origen tribal, superior a ellos, se los impedía.

Estación tras estación, me divertí escuchando sus tonteras. Recordé mis años de profe jefe, a mis alumnos de la promoción 2008 y las idioteces que hacían. Fue imposible no reconocer en la azul mirada del Nacho los ojos del Leo, poniendo a prueba mis más profundas convicciones, pero también mi paciencia. Descubrí de pronto que esos rostros se me habían hecho familiares, en ellos pude ver las expresiones de Ricardo y los gestos de Juan; en la madurez de Jaime me encontré de nuevo con las exigencias de Domingo y Nacho, el Nacho de Pencahue. Creo que hasta sentí ternura por ellos, aunque ahora no sé si por ellos o por mí al verme, a mis cuarenta y cinco, asombrado ante esa juventud que traspasa razas, clases y problemas. Al final, la juventud, como la vida, escapa a nuestros estereotipos, mezquindades e intentos de falsearla. La juventud es la juventud, y quien sabe vivir como joven, que no es lo mismo que vivir como pendejo, siempre terminará entregado al goce de un buen cotorreo juvenil, porque en definitiva no contemplas al imberbe que tienes enfrente, sino al joven que vive en ti.

Ellos bajaron en Linderos, tan sólo un par de kilómetros al sur de Santiago. Bajaron como quien baja dispuesto a transitar por un país del que jamás ha escuchado a hablar, como esos europeos que cuando les preguntas por Chile arrugan la frente en señal de pregunta y perplejidad. Así bajaron ellos, como extranjeros en su propio puto país.

HUNNHAIMERICH

Anuncios


Categorías:ENSAYOS

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: