Retiro: El desafío de amarnos unos a otros

comunidadVarios son los textos de la sagrada Escritura que nos invitan a poner la vista en el hermano como aquel sujeto donde se verifica la calidad de nuestra relación con Dios. Recordemos sólo algunos de los más evidentes:

Génesis 4,9-10: Dios pregunta a Caín por su hermano Abel. Más allá de la responsabilidad de Caín en la muerte de Abel, es la envidia que -desencadenada desde el origen (Gn 3,1.4-5)- se anida y actúa en el corazón de Caín provocando que éste vea en Abel un rival, y ya no un hermano: “El Señor se fijó en Abel y su ofrenda, más que en Caín y la suya. Entonces Caín se enfureció mucho y andaba cabizbajo” (Gn 4,4b-5). Detrás de la envidia siempre existe incapacidad para valorar lo que Dios nos ha dado, pero incapacidad también para ver lo que debiésemos mejorar. Dios dice a Caín: “Si obraras bien, llevarías bien alta la cabeza” (Gn 4,7). El envidioso no se valora en su justa medida, se sobrevalora, quiere ser el centro de todo y, por lo mismo, ve en los demás una amenaza.  Detrás de este sentimiento existe generalmente una enorme soledad e insatisfacción.

Buen Samaritano (Lc 10,25ss). Jesús nos exige ir mucho más allá de lo que manda la ley. La relación con Dios es fructífera cuando no se reduce al cumplimiento estricto de lo que manda hacer la moral, sino que se abre a la creatividad del amor. Sin embargo, solemos poner el acento en las formas externas: horarios, compromisos, rutinas, tradiciones. Todo aquello está bien, pero quien quiera ser religioso deberá centrar su respuesta (a Dios) en el servicio al prójimo, y no en lo que mandan las Constituciones, por ejemplo. Si no logramos esto, nada tendrá sentido y habremos perdido el tiempo y la vida. El prójimo puede estar fuera, en la calle, pero también dentro de la comunidad religiosa. ¿No son comunes esos religiosos que fuera de la comunidad son alegría y amor, pero dentro son amargados e intratables? ¿No habrá algo, o mucho, que revisar?

Quien dice que ama a Dios, pero odia a su hermano, es un mentiroso (1 Jn 4,20). Es este uno de los textos más evidentes de que para Dios lo importante es nuestra actitud y los hechos que se siguen de ella, y no las palabras que se lleva el viento. Obviamente, ningún religioso dirá en serio que no ama a Dios, o que odia a sus hermanos. El problema está en que nuestra credibilidad depende de lo que hacemos concretamente por el otro. A veces hay hermanos de comunidad que sufren, y no nos importa; otros necesitan ayuda en el trabajo, palabras de ánimo y motivación, y no lo hacemos; otros necesitan ser escuchados o perdonamos, y nuestro corazón está demasiado ocupado para eso, supuestamente ocupado “en Dios”.

Marta y María (Lc 10,38-42). Un texto precioso, porque nos obliga a preguntarnos y responder desde lo que para nosotros, para cada uno, es esencial. ¿Qué nos importa realmente; dónde están nuestros afectos; a qué de damos verdadero valor? En la comunidad hay cosas importantes, otras urgentes; otras prescindibles; y algunas definitivamente superfluas. Dentro de todo eso, qué lugar doy a Dios, y qué lugar al hermano. Los afanes de la vida pueden llevarnos a perder justamente eso: la vida. Las obligaciones son importantes, pero no tanto como para no atender a Dios y las cosas de Dios. La clave está en hacer del trabajo humano una obra de Dios, y no separar las cosas, como si este retiro fuese una obra de Dios mientras que hacer clases una obra del diablo. Para el auténtico religioso, todo es ocasión de alabar a Dios y servir a los hermanos. Y nuevamente aquí solemos caer en la hipocresía de cumplir lo que manda la religión, pero sin importarnos de la repercusión que ello tenga para los hermanos. ¿Qué sentido tiene ordenar la casa, si fruto de ese orden terminamos “barriendo también a Dios y a los hermanos”? Podemos tener una comunidad bien hermosa en sus formas, pero si no hay amor, Dios no está allí. Podemos cumplir con nuestras oraciones y programas provinciales, pero si no hay respeto o escucha mutua, Dios no está allí. Podemos contar con estupendas organizaciones, pero si en ellas el error se castiga como un pecado horrible, Dios no está en esas organizaciones.

Lo que haces (o no haces) a uno de estos pequeños a mí me lo haces (Mc 9,42; 10,14; Mt 25,40.45). En la Escritura queda claro que Jesús ama a los niños, pero no podemos reducir el sentido de los más pequeños exclusivamente a los niños chicos. Se trata más bien de todos aquellos que están en situación de inferioridad respecto de nosotros, aquellos con los que tenemos el deber primero de la caridad: pobres, niños, mujeres, ancianos, extranjeros, pecadores. Y esto, nuevamente, dentro y fuera de casa. ¿Cómo usamos la autoridad recibida? El poder necesita estar en permanente autocrítica y revisión, introspección, para no convertirse en fuente de abusos de nuestros hermanos más pequeños. Los niños representan, a modo de signo sacramental, a todos esos hermanos que necesitan y dependen de nosotros, que están en situación desmejorada tanto en sus espíritus, como en también en sus mentes o cuerpos. Con ellos se identifica Dios. Si tú te identificas con ellos, entras en el corazón de Dios. Si no te importan ellos, en ti no vibra Dios.

Los fuertes debemos sobrellevar las cargas de los débiles (Rom 15,1). A veces miramos a los débiles con desprecio, como faltos de fe, de espiritualidad, de religiosidad. San Pablo se sabe fuerte en la fe, y esa conciencia le lleva a desgastarse en preocupación por sus hermanos: en qué creen, qué sienten, qué piensan, cómo se relacionan unos con otros; pero también se preocupa de que unos hermanos ayuden materialmente a los más desposeídos (1 Co 16,1-4). La preocupación es total, y no sólo espiritual. Sus hermanos no son ángeles, son personas con necesidades diversas. Es este el espíritu que debe animar la conducción de una comunidad religiosa. Es el ideal hacia el que tender. Importa, entonces, descubrir las sombras que empañan el ideal. Importa identificar qué fortalezas tenemos, qué debilidades, y quiénes son más fuertes y quiénes más débiles. Pero no olvidemos que la vida de las personas es polifacética, y quienes son fuertes en una dimensión pueden ser débiles en otra. La corresponsabilidad nos ayuda a que todos vivamos en esta dinámica de ayuda mutua, animada por el amor. La invitación no es a caminar en una supuesta fortaleza espiritual, hacia la que todos debiésemos tender. La debilidad suele ser mal vista en las comunidades, mientras que la fortaleza parece ser lo bueno y deseable. Pero la vida no es así. Es la debilidad lo que hace germinar la fortaleza. La debilidad rompe el equilibrio de fortaleza, para exigirnos apertura a nuevas fortalezas. Dios se ha hecho débil, y su debilidad es nuestra máxima fortaleza. La debilidad debiese, entonces, no ser mirada con desprecio, sino con gratitud.

Tuve hambre, y me diste de comer… (Mt 25). Las soledades, hambres, desnudeces y abandonos que a veces vivimos en comunidad son enormes. Muchas veces hablamos de los desafíos y problemas que sufre hoy la familia, la juventud, la sociedad, la escuela, la Iglesia; de los individualismos, consumismos, incomunicación, exitismo, hedonismo, y otras tantas realidades semejantes. Pero es tiempo de preguntarnos de qué modo la cultura actual nos ha ido afectando también en lo más profundo de nuestra espiritualidad, y en los más hondo de las relaciones en comunidad. Todos sufrimos abandonos, hambres, soledades, incomunicación, privaciones de libertad, etcétera. Importa descubrir qué causa todo aquello. No tener miedo a mirar y descubrir, para luego ver formas de atender, acoger y reparar. Siempre pensamos que esos pobres y desprovistos están fuera, pero también están dentro, y a veces les pasamos por encima. ¿Por qué hay hermanos cansados, aburridos, por qué algunos nos dejan, por qué otros se desencantan? ¿No será acaso que de tanto atender al espíritu nos hemos olvidado de la humanidad? ¿No será que de tanto servir a Dios hemos olvidado el por qué lo hacemos?

La Iglesia es cuerpo de Cristo (1 Co 12,27). Haciendo un poco de memoria, recordemos que hasta antes del Concilio Vaticano II, la Iglesia vivía en un incuestionable y milenario esquema piramidal, donde lo importante era la Jerarquía. En ese orden, el sacerdocio y la vida consagrada era asumida como un estado de privilegio y perfección, porque se suponía que estábamos “más cerca de Dios” que los laicos. El Bautismo no importaba mucho. Lo realmente importante eran los cargos, títulos y posiciones en la Iglesia. Ser superior no era considerado un verdadero ascenso en este camino a la perfección. Era el reconocimiento de haber alcanzado la madurez humana y espiritual. El acento se ponía en la ascesis personal más que en la Gracia de Dios. En un esquema así, los hermanos menores no tenían más que escuchar y obedecer. Y quien no alcazaba las condiciones mínimas para iniciar la escalada personal, debía conformarse con vivir en la comunidad como un verdadero sirviente, pero no como un miembro en toda su propiedad. La existencia de los hermanos legos era prueba de ello.

El Concilio cambió radicalmente este esquema, proponiendo una estructura concéntrica. Esto significaba que ahora el centro era Cristo. En realidad siempre lo fue, pero por siglos lo habíamos olvidado tanto en la teoría como en la práctica. Y había algo más: ¡todos estábamos a la misma distancia de Él! Lo importante ya no serían más los cargos ni los títulos, sino el Bautismo. Ya no hay privilegios, ni personas que estén más cerca de Dios. La jerarquía existe, pero es un carisma en la Iglesia para el servicio de los fieles. La Iglesia fue definida como “Cuerpo de Cristo”, y en este cuerpo todos los carismas y vocaciones importan, todas las personas importan. Por primera vez todos los bautizados eran invitados a ser y sentirse parte de un mismo Pueblo de Dios. Es el Bautismo el que nos hace miembros de ese Pueblo, donde unos hermanos tienen unos encargos y otros, otros, pero todo es suscitado por el mismo Espíritu (Cf. 1 Co 12, 4-11) para edificación del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Aquí radica el fundamento de la vocación religiosa, de la corresponsabildiad y vida comunitaria.

Pero debemos ser honestos y concluir que una cosa es afirmar y asentir las declaraciones del Concilio, y otra muy distinta es creerlas de verdad y vivirlas. Por todas partes descubrimos prácticas y tendencias que nos hablan de un solapado anhelo de volver y mantenernos en un esquema de privilegios. Las acciones de Benedicto XVI y del Papa Francisco se han concentrado en terminar con todos esos privilegios, que terminan siendo fuente y causa de abusos de todo tipo, y también de fuertes tensiones y divisiones al interior de la Iglesia y de las comunidades. El camino no es fácil. Y en lo particular requiere que los religiosos, ayudados por las ciencias humanas, hagamos consciente aquellas realidades del mundo y la cultura actual que nos determinan y afectan, pero que lamentablemente reprimimos en vez de discernir, juzgar e integrar. No vivimos fuera del mundo, tampoco somos ángeles. Y así como todas las instituciones humanas, familia, escuela, trabajo, arte, ciencia, han ido haciendo consciente los cambios y desafíos que enfrentan, sería bueno que los religiosos hagamos lo mismo. Por otro lado, requiere que las comunidades nos esforcemos en aprender a escuchar y escucharnos. En esta jornada les propongo recordar los elementos básicos de la escucha activa a la luz del evangelio y la corresponsabilidad. Lo anterior, el camino para descubrir aquello que necesita ser integrado en vez de reprimido, lo dejaremos para un segundo encuentro. Lo primero es escuchar.

Escuchar no es lo mismo que oír. Escuchar es oír más interpretar. Es preguntarme qué me quiere decir el sujeto que tengo enfrente: mi hermano(a) de comunidad. Y escuchamos desde nuestra historia personal y social, es decir a través de los audífonos que llevamos a cuestas; audífonos construidos de experiencia, prejuicios, formación intelectual y espiritual, paradigmas sociales y culturales, y otros muchos elementos. Por eso, nadie escucha igual. Hablamos, pero todos escuchan (interpretan) distinto. Todos llevamos audífonos distintos, de distintas marcas y materiales, de distinto poder amplificador, algunos nuevos, otros con cierto grado de distorsión y desgaste. Entonces entendemos que sentirse escuchado es sentirse interpretado. ¿Por qué a Jesús le escuchan con atención? Porque ha sido capaz de interpretar bien los anhelos y deseos del pueblo, porque no les ha puesto barreras de ningún tipo, sino que se ha abajado para escuchar. Jesús es un maestro que graba el sonido, para luego revisar los registros, como hacen los ingenieros en sonido, y quitar todo aquello que entorpece la belleza y fidelidad del mensaje. El llamado permanente de Dios es a escuchar: ¡Shema, Israel! Debemos aprender a “grabar por pistas”, a separar las pistas. Tarea compleja, pero sólo en su complejidad se alcanza la belleza de una gran obra musical, una sinfonía.

Por otro lado, existe una brecha entre hablar y escuchar, entre los que nos dicen los otros y lo que les escuchamos decir. La escucha efectiva busca reducir esa brecha, siendo lo más distintivo de ella la comprensión del otro, que a su vez se caracteriza por la apertura a la diferencia. Escuchar a otro requiere de una disposición particular: el respeto. Pero hablamos de respeto en todas las direcciones, y no sólo en dirección vertical. El respeto es la aceptación del otro como diferente, legítimo y autónomo. En no pocas ocasiones las historias de nuestras comunidades están basadas en el bloqueo, en la incapacidad para escucharnos. Optanos por no dar crédito a nada y a nadie. En leguaje juvenil y corriente: “no pescamos”. No sabemos, pero tampoco deseamos, escuchar nuestras diferencias, simplemente nos invalidamos en relaciones monoproxémicas. Generalmente, mientras escuchamos estamos pensando en la respuesta que vamos a dar, y eso no es escuchar. El futuro de la comunidad, de la Iglesia y de la Humanidad depende de que aprendamos a escucharnos, en el trabajo, en la oración, en la proximidad, en las convicciones y puntos de vistas. En todo. La escucha es compleja, porque es multiproxémica, axiológica, exegética, hermenéutica, iconográfica.

La escucha efectiva tiene cinco niveles:

  1. El oír: preámbulo de la escucha. El primer paso para la escucha efectiva es disponerse a oír, silenciando los ruidos externos e internos. María, la hermana de Marta, silencia el ruido exterior (de los quehaceres de la casa) para escuchar al Señor
  2. Acceder al sentido del hablar del otro. Descubrir hacia dónde quiere ir (llegar) quien me habla. Quien me habla tiene un propósito, espera moverme, espera una respuesta. En este nivel intentamos descubrir ese “hacia dónde” el hablante espera conducirnos.
  3. Las acciones involucradas en este hablar. Escuchar a alguien implica actuar. Cuando escucho de verdad tomo partido, me involucro. Por eso, quien no desea actuar prefiere cerrar los oídos.
  4. Escuchar las inquietudes del hablar del otro. Descubrir qué le preocupa, incomoda, al otro.
  5. Escuchar su estructura de coherencia. Por qué me dice lo que me dice, si la ofensa está descartada. Si partimos del supuesto que en las palabras del otro no hay malas intenciones, ¿entonces qué me quiere decir?

Escuchar a mis hermanos(as) de comunidad debe llevarme necesariamente a tomar acciones que antes no eran posibles, o sea, a una conversión. Y esto no es fácil, pues corro el riesgo de convertirme en una persona diferente. Los místicos y profetas escuchan la voz de Dios, que les pide una misión, y esa misión termina cambiando sus vidas para siempre. Pero también puedo escuchar la voz de una realidad, o de la persona amada. Lo más triste será dialogar “sin bajar la guardia”. Cada vez que converso desde “posiciones tomadas”, es decir, sin estar abierto a cambiar, comprometo (invalido) mi escucha, hago como que escucho, pero en realidad ya he decido mantenerme en mi posición.

Sin desconocer lo anterior, la escucha no depende sólo del oyente, también es resultado de las acciones del orador. El hablar puede abrir o cerrar la escucha del otro. Cuando hablamos podemos estar abriendo o cerrando puertas para la escucha mutua, para el deterioro o enriquecimiento de la relación. Si hablo desde el respeto y el genuino interés por escuchar las respuestas, razones e inquietudes del otro, éste se abrirá a escuchar también lo que yo digo. Pero si hablo desde la invalidación al otro, desde la descalificación de las diferencias que tenemos, incluso con gestos desaprobatorios, éste activará sus mecanismos de defensa frente a lo que le diga y dejará de escucharme, simulará la escucha. En este punto importa demasiado prestar atención al lenguaje corporal, así como al lenguaje no verbal. Las personas no hablamos solamente con la boca y la voz, sino también con el cuerpo y las actitudes. A veces un sólo gesto, por pequeño que nos parezca, una sola acción o actitud, hablarán con más fuerza que todos los argumentos y la teología que podamos invocar.

Finalmente, la conversación, cuando se fundamenta en la escucha mutua, pero escucha activa como hemos visto aquí, se nutre de la diversidad, especialmente de las divergencias que ayudan a ver lo que no hemos visto o discernido. Y de este modo, el diálogo auténtico avanza en la construcción de comunidad, es decir, de crecimiento personal y total, mío y de todos. Sólo así somos Iglesia de verdad, signos del cuerpo de Cristo, diversos pero integrados en la unidad, unidad a partir de la diversidad y no de la uniformidad. En las comunidades, y en la Iglesia en general, le tememos a la diversidad. Y esto es signo de pobreza, pero también ausencia de fe y amor. De fe, porque es Dios quien suscita carismas, profetas y voces que nos hacen salir del supuesto orden querido por Dios. Dios es movimiento y vitalidad pura, es Dios de vivos y no de muertos. Falta de amor, porque el amor no puede ser encapsulado en formas ni esquemas. El amor es como un torrente de agua que cae por una pendiente natural. La vemos caer y fluir, moverse, pero no sabemos qué cause irá tomando. Y cuando le ponemos barreras, el agua desborda esas barreras, para continuar por insospechados senderos. El amor es Dios.

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Categorías:RELIGIÓN

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