Vanidad de vanidades, todo es vanidad

shutterstock_1618952Vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol? -nos pregunta el autor del Libro del Eclesiastés-, en una sabía reflexión que, no obstante su antigüedad, pareciese escrita pensando en nuestra sociedad occidental. De hecho, no son pocas las personas que a diario corren, trabajan y se afanan arduamente para tener más y más. Ciertamente acumulan riquezas materiales, pero en la misma medida en que crecen sus cuentas bancarias crece también en ellos la soledad, el egoísmo y la muerte. ¿De qué nos sirve ganar tanto si perdemos la vida?

En una entrevista publicada por la Revista El Sábado en Julio de 2012, Cristián Warnken reflexionaba en la misma dirección del Eclesiastés: “Uno puede llevar una calidad de vida mínima restándose de esta suerte de pedagogía del temor que se ha instalado, de que tenemos que tener una cantidad de cosas que no necesitamos. Esta es una sociedad pensada por economistas que estudiaron en buenas facultades de economía de Estados Unidos y para los cuales no existen otras dimensiones que las económicas”.

Lo anterior no significa renegar de toda posesión y pretender un mundo de monjes anacoretas, sino una invitación a buscar el justo medio, de tal modo que la relación con los bienes de consumo encuentre su centro en la libertad y responsabilidad. Dejemos en claro, primeramente, que no es ningún pecado poseer bienes materiales. De hecho, Dios ha puesto en nuestra inteligencia la capacidad de producir enorme cantidad de recursos: desde bienes para satisfacer necesidades naturales, como alimentos, vivienda o salud, hasta bienes para satisfacer necesidades espirituales y culturales, como la música, las artes visuales, literatura, educación. El problema no está en los bienes, sino en nosotros: podemos peder la libertad y terminar como esclavos de las mismas cosas que producimos, o bien -movidos por un insaciable apetito de tener- convertirnos en predadores de la creación y opresores de otros seres humanos.

Recordemos el relato del Rey Midas: el dios Sileno le concede un favor:  ser el hombre más rico del mundo, porque todo lo que tocaba se convertía en oro. Pero la felicidad del inicio se convertiría muy pronto en la peor maldición, porque en oro se convierten los sirvientes a los que toca, los alimentos que deseaba comer, las flores que olía, todo. Finalmente sus propios hijos, al abrazarlo, también se convierten en oro. Es el más rico, pero al mismo tiempo el más triste y solo. A las personas que más amaba las había convertido en costos objetos, pero fríos y sin vida.

También nosotros podemos tocar las cosas, y de hecho lo hacemos, y lograr que con ello se multiplique y difunda la vida, o por el contrario abrir las puertas y dar espacio a la soledad y la muerte. Es lo que ha ocurrido un poco, o mucho, con nuestro modelo de desarrollo económico: hemos tocado la tierra, los mares, los bosques, los ríos y las montañas, para levantar allí ciudades magníficas y torres que se elevan desafiando el resplandor del sol, pero con ello estamos condenando a la extinción a cientos de especies animales. Nuestra desmedida ambición está llevando la muerte a millones de seres humanos.

A Dios gracias existen loables excepciones a esta forma insana de relacionarnos con los bienes materiales. Agosto es el mes de la solidaridad, y en él recordamos a Alberto Hurtado. Él ha hecho de su relación con los bienes un instrumento para llevar vida a quienes más necesitan de ella: los indigentes y pobres. San Alberto, con el ejemplo de su vida, nos invita a abrir nuestros graneros para que hasta ellos lleguen los pobres, dándonos a cambio la única paga que pueden darnos: el amor de Dios. Así como él y Warnken, existen otros tantos hermanos que comienzan, y enhorabuena, a cansarse de una vida centrada en la vorágine de hacer y tener. La vida es mucho más que eso, nosotros somos mucho más que nuestras posesiones, aunque la publicidad se esfuerce en decirnos lo contrario. No sólo hay vida fuera de las tiendas, del Mall, de los bancos, de tus cuentas bancarias, sino que hay todo un sentido de trascendencia y eternidad que espera ser descubierto, encontrado y gozado.

En el otro extremo, en el polo opuesto de San Alberto, nos encontramos con el caso de los ejecutivos de las cadenas de farmacias en Chile: coludidos para tocar la salud de miles de chilenos, y hacer de ella una fructífera fuente de oro. En nuestro país existen muchos reyes Midas, pero a diferencia del personaje del cuento, las leyes y la justicia les permiten llenarse de oro y gozar de él, sin sufrir, aparentemente, ningún daño. Digo aparentemente, porque aunque transitan libres por la vida, nada nos hace más viles y despreciables que canjear nuestra dignidad y hacernos esclavos a cambio del dinero y del placer material.

Tu vida, escribía San Pablo a los Colosenses, está con Cristo escondida en Dios. No aspiren a los bienes de la tierra, sino a los del cielo, -insiste el Apóstol-. Usemos, entonces, de los bienes para vivir con dignidad y glorificar a Dios sirviendo a los hermanos en todo aquello que construimos y producimos, pero el corazón, tu centro personal, que eso no se venda a nada ni a nadie, porque no es para la muerte, sino para vivir eterna y libremente en Dios.

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Categorías:ENSAYOS, RELIGIÓN

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