Educar no es lo mismo que escolarizar

educarAunque pareciese una obviedad que la escuela en vez de educar lo que hace hoy es escolarizar, en la práctica no lo es. Llamamos educar a aquella acción centrada en instalar preguntas y hacer ver misterios, más que en reproducir respuestas estandarizadas y estereotipadas. Y por escolarizar entendemos justamente ese proceso contrario a educar: someter la creatividad e inteligencia de un niño o joven a modelos, esquemas, paradigmas y programaciones curriculares, todas ellas ensayadas en laboratorios pedagógicos, para hacernos pensar y creer que el universo educativo es dicotómico: blanco y negro, verdadero o falso, correcto o incorrecto. De hecho, es común encontrarnos con directivos, profesores y alumnos estresados por un modelo escolar que se esfuerza en someterles a estándares de aprendizaje, mapas de aprendizaje, objetivos, estándares de calidad, niveles de logros, puntuaciones y rankings.

Muy pronto, la Agencia aseguradora de la calidad someterá a los colegios a una nueva categorización estandarizada, según indicadores que les ubicarán en alto, medio, medio-bajo e insuficiente. Los profesores, exigidos por sus directivos, y no podría ser de otra manera cuando cierne sobre ellos la amenaza de cerrar colegios o cargar con el estigma de “colegio malo”, transmitirán una vez más la presión a sus alumnos.

El escollo de las mediciones

La verdad es que en un sistema así, bien poco importan las preguntas de los alumnos, los espacios para la indagación y el error como instancia inequívoca para el aprendizaje metacognitivo, la sinergia y el trabajo colaborativo, el reconocimiento de inteligencias múltiples y las actividades de libre elección. Lo que realmente importa es que el alumno responda correctamente las preguntas formuladas. Si ello ocurre, ese alumno está en un nivel avanzado y el profesor es, al menos, competente. Cuando la educación se convierte en un continuo medir, estandarizar y categorizar, entonces deja de ser educación y se convierte en escolarización. Es lo que está ocurriendo con la escuela en general en nuestro país. Las mediciones son válidas y valiosas cuando sabemos qué hacer y cómo trabajar con la información que nos aportan, pero cuando se abusa de ellas, cuando no tenemos tiempo para aprender a trabajarlas como instrumentos que aporten riqueza al crecimiento y desarrollo de una cultura escolar, especialmente al liderazgo pedagógico, entonces se convierten en escollos que entorpecen el desarrollo cognitivo de un niño y, en consecuencia, nos lleva a insistir en esa típica clasificación de (niños) inteligentes o tontos.

Niños inteligentes y niños tontos

A los inteligentes se los aplaude y propone como modelos de aprendizaje, sin que tengamos real conciencia de cómo aprende ese alumno. En más de una ocasión me he encontrado con estudiantes que aprenden de modo innato, incluso a pesar de algunos profesores, que se aguantan la escuela como el mal necesario para alcanzar sus metas de educación superior. Pero si de ellos dependiese, introducirían serias reformas a la educación que reciben, y no lo pueden hacer, entre otras cosas porque nuestros sistema escolar asume que el estudiante es un neófito. A Dios gracias, las nuevas generaciones nos van demostrando que el aprendizaje y el conocimiento excede los límites de la escuela. Por otro lado, en estas estructuras estandarizadas, el llamado niño tonto debe aceptar someterse a tratamientos paliativos tendientes curarle de su mal, a frenar su creatividad e imaginación, sus deseos de aprender jugando y su capacidad de realizar múltiples tareas a la vez. Los llamados niños tontos deben aprender a estar quietos en su asiento, escuchando y acatando instrucciones, cuando en realidad para ellos, exponentes por antonomasia de la generación Milenio, toda la vida es movimiento y creación. El problema mayor no es de los profesores, aunque este sistema les resulte cómodo, sino de una escuela que ha renunciado a la tarea de educar, para centrarse en lo que es más simple, y que por cierto responde mejor a los sistemas económicos cerrados en la producción, que es escolarizar.

El acento en las respuestas

Hace tan sólo un par de días leía un artículo en el que su autor invitaba a los profesores a trabajar con preguntas que implicasen, para los alumnos, mayor nivel de procesamiento intelectual y participación en clases. En vez de las típicas preguntas por las causas, antecedentes o contenidos de algo, atrevernos con preguntas como por qué o para qué, incluso en potencial. Por ejemplo, sabemos que dos más dos es cuatro, pero ¿por qué es cuatro y no cinco? ¿Qué pasaría si la tierra en vez de tardar 24 horas en su rotación, tardase un mes? Este tipo de interrogantes estimula más y mejor la inteligencia de sus alumnos, potencia la creatividad. Pero nos encontramos nuevamente con los grandes obstáculos: no tenemos tiempo para ello, perdemos tiempo. Quizás lo podríamos hacer una vez, pero no frecuentemente porque no alcanzaríamos a pasar todos los contenidos que los niños y jóvenes deben saber para el próximo Simce. Entonces preferimos sacrificar esa creatividad a cambio del aprendizaje centrado en las “respuestas correctas”. Además, tenemos temor a que el alumno se confunda formulando tantas hipótesis, y luego no sepa cuál es la respuesta correcta.

Al parecer, y considerando las nuevas políticas y tendencias en educación, la escuela seguirá prefiriendo escolarizar antes que educar. No sabemos hasta cuándo, pero mientras ello siga ocurriendo, la calidad del aprendizaje se perpetúa como un mero y bello deseo, incluso ideológico.

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Categorías:EDUCACIÓN, ENSAYOS

1 respuesta

  1. Lamentablemente esa escolarización no solo afecta el aprendizaje de nuestro alumnos, sino también nuestra propia creatividad y capacidad para plantearles constantes desafíos. El hecho de tener que cumplir un programa a como dé lugar, sin importar si comprendieron, se fascinaron o se atrevieron a soñar con los contenidos vistos; sin poder trabajar un mismo tema desde distintas habilidades en profundidad, sin tener el tiempo para indagar un poco mas… en definitiva, lo que importa es que los objetivos y el programa se cumplan, que haya una cierta cantidad de notas y que más encima se obtengan buenos resultados en las pruebas estandarizadas que poco miden los procesos de los estudiantes.
    La escolarización nos afecta a nosotros los profesores por lo que quizás también, al igual que los jóvenes, debiésemos salir y alzar la voz para cambiar esta situación.

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