Iglesia post-dictadura: razones para una memoria fecunda y creativa

IGLESIAEn la entrevista a Monseñor Ezzati, publicada por El Mercurio el pasado domingo 22 de septiembre, se le formula la pregunta que cruza y late en toda esta reflexión: “La Iglesia jugó un rol importante en ese período histórico (la dictadura), ¿fue poco reconocido en este aniversario?” El Obispo responde con inteligente diplomacia, pero al mismo tiempo invitando al país entero a profundizar en el tema: “Hay una deuda, pero no reclamo, la Iglesia es servidora de la humanidad y Jesús le ha enseñado a dar, está para servir. Inmediatamente sucedido el golpe de Estado, la Conferencia Episcopal pidió justicia y respeto, insistió en ello el Cardenal Silva Henríquez en el Tedeum del 18 de septiembre, creó de inmediato el Comité Pro Paz y luego la Vicaría de la Solidaridad. Todo el mundo sabe lo que hizo para salvar muchas vidas”. Y sin embargo, la deuda, a la que refiere Monseñor, sigue en pie.

Deuda con la memoria

Podemos entender que las nuevas generaciones desconozcan, o no valoricen suficientemente, la acción de la Iglesia Católica en defensa de los derechos humanos, durante los años de dictadura en Chile. Después de todo, coincidimos con algunos autores respecto de aquello que ha venido a constituirse en sello distintivo de los tiempos que corren: primero, un modo de existir y habitar el mundo marcado por el anclaje hedonista y tribal en el presente (Maffesoli); y segundo, autorrealización autónoma como motor de las opciones personales (Bajoit y Franssen). De hecho, y aunque nadie puede pensarse libre del influjo de estas corrientes culturales, para los nacidos después de los ochenta el mundo está siempre “en beta”, comenzando desde cero una y otra vez, carentes (por desprecio) de aquella memoria histórica que nos permite crecer en experiencia y conciencia ética. Es desde aquí, desde la complejidad omnipresente de esta nueva racionalidad, donde podemos comprender su particular desdén y deseos de dar vuelta la página a la historia reciente, para simplemente vivir el momento, sin más sentido que el que nos otorga la experiencia lúdica, pueril y colectiva de “estar en otra”, de haber nacido en una época de sociedades líquidas y espíritu dionisíaco. Y sin embargo, hay algo que no entiendo, o mejor no acepto, aun considerando estas determinantes culturales. Me niego a una fe católica aséptica, a una Iglesia sin memoria política y a una liturgia que, de modo semejante a la atmósfera paroxística vivida en las fiestas juveniles, celebra (goza) el ahora de la salvación con ese temor cómplice a anunciar el “todavía no” de la Historia, que en cuanto realidad inacabada se vuelve crítica y denuncia de todas las estructuras y formas opresoras. Pero tal actitud carismática y alegre, “opiástica”, tiene su explicación en aquella misma novedad que, de una u otra forma, alimenta al olvido. Aunque nos cueste trabajo admitirlo, para la Iglesia chilena, el retorno a la democracia ha traído vientos de nuevos desafíos políticos y socioculturales, pero también de críticas y cuestionamientos internos y externos. Y a medida que avanzan y se instalan los valores postmodernos en la sociedad chilena, esos nuevos vientos se han convertido en un verdadero torbellino de tensiones, amenazando el sentido de la misión de la Iglesia en dicha sociedad. A ello han contribuido también otros elementos: primero, la aceptación acrítica y placentera de una nueva moral, que acentúa las formas y la disciplina, junto al pietismo y el apego a los dogmas: moral centrada precisamente en la declaración de valores universales, pero al mismo tiempo en la ausencia de conexión de esos valores con la hermenéutica y praxis social, una moral que en la forma pretende ser ortodoxa, pero que en su fondo se vuelve acomodaticia y concreta, al servicio de intereses personales y colectivos; segundo, perpetuidad de una memoria historiográfica, pero no histórica, del protagonismo de la Iglesia en tiempos de dictadura, y así, el testimonio profético queda reducido a un vago y episódico recuerdo en la historia del catolicismo chileno; y tercero, el silencio cómplice de quienes son los primeros invitados y obligados a hacer de esa memoria un memorial, que oriente hacia el reencuentro con el sentido de la misión de la Iglesia en Chile y el mundo, sin triunfalismos ni apologías, pero tampoco con vergüenzas ni temores, y sin embargo no lo hacen, me refiero a la jerarquía en su servicio de enseñar a la comunidad. Se entiende, por lo tanto, que bajo este nuevo escenario, también la Iglesia debe aprender a vivir en democracia, en fidelidad a su propia memoria. Pero una pregunta cruza todo el esfuerzo de recordar: más allá de la mera conmemoración, ¿qué sentido y validez puede tener el ejercicio de traer al presente, reflexivo y celebrativo, la acción de la Iglesia en los años de dictadura? La posibilidad de responder se vincula ineluctablemente al recuerdo colectivo de la intervención militar que pone fin al gobierno de Allende.

El compromiso no es automático, es opción

A propósito de los 40 años del golpe militar, hemos sido testigos de una larga lista de eventos conmemorativos: documentales y series de TV, películas, publicaciones, entrevistas, actos oficiales políticos y religiosos, discursos y debates. Como siempre, terminada la guerra, todos los actores sociales persiguen sus medallas. Y a quienes vivimos la época Pinochet, nos sorprende la soltura con que hoy se manejan términos como violación de derechos humanos, tortura, detenidos desaparecidos, asesinatos, dictadura, entre otros. Las nuevas generaciones deben saber que hubo un tiempo en que el atrevimiento de pronunciar tales palabras podía significar la diferencia entre la vida y la muerte. En ese contexto, y mientras los representantes de otros credos hacían vista gorda al dolor de los pobladores, hubo pastores, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos de nuestra Iglesia Católica que sí se atrevieron a pronunciar ese léxico prohibido, para denunciar al mundo entero las atrocidades cometidas en el país por miembros de las fuerzas armadas. Y no sólo denunciaron, sino que además se convirtieron en voz, esperanza, alimento y refugio para todos esos hermanos, sin considerar otra cosa que la dignidad inherente a su condición de personas. De este modo, representaron lo mejor de las comunidades cristianas primitivas, para las cuales la celebración eucarística cobraba pleno sentido en la medida en que los celebrantes asumían la donación martirial de la propia persona como el “leit motiv” de esa fe sacramental. Al igual que Jesús, varios pastores, incluida la alta jerarquía, fueron injuriados, perseguidos, exiliados y asesinados por defender la vida humana y enfrentar —con coherencia evangélica— a las autoridades de la época. Por eso, no deja de ser nociva una democracia que tienda un velo de amnesia sobre aquel profético y coherente compromiso de gran parte de la Iglesia chilena, sobre todo cuando sabemos que en otras latitudes, las dictaduras han contado con el silencio cómplice de pastores y laicos. Hemos de saber y recordar que el compromiso con la vida, la paz y el bien común, no es consecuencia automática de la profesión de fe o de las doctrinas políticas, sino opción libre y voluntaria.

Iglesia en democracia: lo que el viento se llevó

El retorno a la democracia trajo consigo vientos de renovada esperanza y confianza en los líderes políticos, en la posibilidad de diálogo y el reencuentro cívico, confianza además en la paulatina sanación de heridas, y un desarrollo social y económico más justo y equitativo. Con el paso de los años, hemos debido aceptar que esta transición democrática es más compleja de lo que hubiésemos deseado, tanto por los factores que intervienen, como por la resistencia y lentitud inherente a algunos procesos. Pensemos nada más, y a modo de ejemplo, el lento e incierto camino que recorre la Educación. A ello se ha sumado la influencia de otros vientos. Sin las barreras ni los filtros manipuladores de la dictadura, el fenómeno de globalización económica, política y cultural nos ha afectado a todos, no sólo a la generaciones nacidas en democracia. Parece obvio concluir que ya no somos los mismos, pero es necesario recordarlo para no perder de vista los avances, logros y desafíos que hemos de enfrentar en el esfuerzo por consolidar la democracia en un nuevo contexto cultural.

Es en este contexto donde la Iglesia Católica ha descubierto su mayor talón de Aquiles. Para visualizarlo mejor, volvamos la vista al proceso. Desde una posición más bien conservadora, la Iglesia de los años de dictadura gira hacia una posición declaradamente profética en favor de la defensa de los derechos humanos. Tanto así que los registros de prensa fueron testigo de sendos insultos a miembros del episcopado, por parte de sectores partidarios al régimen militar. Ello fue consolidando una valoración y estima de la Iglesia entre los sectores más populares. Validación que se fue extendiendo a medida que avanzaba el tránsito hacia la recuperación de la democracia. Y hoy, cuando muchos intentan desmarcarse de su otrora apoyo a Pinochet, nadie se atrevería a injuriar públicamente instituciones como la Vicaría de la solidaridad, o desconocer el valor de figuras como el Cardenal Silva, Sergio Valech, Mariano Puga, Pierre Dubois, entre tantas otras emblemáticas figuras. La voz de la Iglesia era creída y creíble, tanto por el testimonio de vida que validaba su discurso moral, como por la fuerza y claridad de su misión en la sociedad chilena, misión que descubre su sentido pleno en la Encarnación del Hijo de Dios, como claramente lo recordaron los Obispo latinoamericanos en el Documento de Puebla, el año 1979. Y es paradojalmente este sentido el que se ve hoy amenazado por los vientos de la nueva democracia.

No cabe pensar, de ningún modo, que el nuevo contexto democrático sea una suerte de fuerza satánica que la Iglesia debe exorcizar, sino un cúmulo de desafíos que exige un discernimiento mucho mayor. Con la democracia han llegado también los vientos de la Postmodernidad, con valores y tendencias propias de una sociedad plural, animada por una cultura que ha dado paso a la preeminencia del deseo, poder y proyección narcisista de los ciudadanos. Es quizás por ello, y a modo de fuerza reactiva, que en los primeros años del Chile post dictadura, la Iglesia orienta su discurso público hacia la defensa de valores relativos a la moral sexual. Homosexualidad, matrimonio gay, píldora del día después, aborto, divorcio, desenfreno juvenil, relativización de los valores, son términos que se escucharán con frecuencia en la reflexión de nuestros pastores. Pero en esta sociedad plural, esa voz moral es cada vez menos atendida. La moral postmoderna no es la moral de la Iglesia, y las nuevas generaciones se encargarán de hacerlo saber, notar y sentir. Sin embargo, la Iglesia insiste en su discurso. Después de todo, y hasta entonces, su actuar en dictadura le ha valido el respeto de la ciudadanía como autoridad moral. Por otro lado, se hecha en falta la voz de los pastores en temas relativos a la moral social. El país será testigo de la continuidad de grandes y graves desigualdades sociales, que se profundizan junto con el desarrollo económico, y son inadmisibles en un país que aspira a ser reconocido como nación desarrollada. La inequidad se vive y respira en vivienda, salud y educación. La población denuncia abusos en la aplicación de justicia, previsión social, legislación laboral, créditos bancarios y de casas comerciales, acceso a bienes y servicios, entre otros. Entre tanto, la Iglesia, en respeto a las autoridades democráticas que conducen el país, pareciese haber hecho opción por la defensa de la vida y la familia, y continuará insistiendo en temas relativos a la moral sexual y las buenas costumbres. Este campo moral se configura como su nuevo territorio de acción, en medio de un Chile que vive un destape ventilado en los medios, el lenguaje y las tendencias y conductas afectivas. Esto hasta antes de que otros vientos comenzasen a soplar, hasta convertirse en un verdadero temporal: las denuncias de pedofilia.

Recordemos que las primeras denuncias se refieren a casos ocurridos en el extranjero y en décadas pasadas. Pero poco a poco, esas fronteras se irán acercando más y más a nuestra Iglesia, y la línea de tiempo se aproxima al presente de una población que, por un lado, resiente los escándalos, pero, por otro, se encarga de enrostrar a la Iglesia su pérdida de autoridad moral para orientar las conductas afectivas de la ciudadanía. Y esto, obviamente, trajo sus consecuencias. En general, en estos últimos años, hemos sido testigos de una Iglesia chilena que, salvo contadas excepciones, se distancia aún más del discurso público en materia de moral social, guarda silencio respecto de la moral sexual, y se repliegue en sus fronteras para dedicarse a enfrentar las denuncias de abusos, que le han estremecido y afectado su imagen, como nunca antes en el país.

A lo anterior debemos sumar una generación de jóvenes, incluyendo a sacerdotes y religiosos hijos de la democracia, que desconoce el rol de la Iglesia en la época de dictadura. Pero, además, influenciados por el espíritu postmoderno, desprecia la memoria histórica y se instala en la validez omniabarcante del tiempo presente. Al fin y al cabo, para ellos, el mundo está siempre en beta, iniciando cada día y con ellos, y lo que vale para el mundo, vale también para la Iglesia. Como muy bien señala Maffesoli, para estas generaciones no existe la idea de progreso o futuro, que ha marcado por siglos a la cultura occidental. Pero la responsabilidad ante este fenómeno no es sólo de las coyunturas culturales y las circunstancias históricas, sino también de todos quienes debiésemos hacer esfuerzos por recordar al país el protagonismo profético de la Iglesia, y transmitir esa memoria a las actuales y futuras generaciones de creyentes, ministros y laicos. Ello importa tanto en la consolidación de la democracia, como en la recuperación del sentido de misión de nuestra Iglesia, que sin duda excede los campos de la moral sexual, y es un bien mayor que todo el mal que, con justicia, pueda ser denunciado. La dictadura ha sido el mayor ejemplo de ello.

Los escollos de la memoria

La traditio, traspaso de la memoria viva de la Iglesia, no será tarea simple, suponiendo que es una posibilidad cierta. Y no lo será porque, primero, –como ya señalamos– las actuales generaciones desechan la idea de progreso y futuro, a la cual pertenece también la escatología cristiana, para articularse más bien desde el presente, como ese “lugar” donde acontece y cobra fuerza de realidad el goce, tribal y “a-nómico”, valor por antonomasia. Para ellos, muy poco importa la vida eterna; lo que realmente interesa es ese segundo (instante) de eternidad experimentado aquí y ahora. Contrariamente, el concepto de misión social de la Iglesia descansa en la existencia del futuro, pues se entiende que esa misión, sea cual sea, tiene  que ver con ayudar a los hombres a alcanzar la plenitud, a caminar hacia la “Jerusalén celestial”. Pero ¿qué ocurre cuando el futuro no existe? La misión pierde fuerza, y sólo se reduciría a una bella liturgia donde los celebrantes se sienten transportados -por un instante- al “séptimo cielo”. ¿Y no es eso lo que buscan y aplauden los asistentes a liturgias masivas, celebradas en santuarios, gimnasios o en la playa? La fe se experimenta como una fiesta más, una entre tantas; como un rito tribal que nos da el sentido de pertenencia a un grupo particular, pero poco y nada tiene que ver con una esperanza “parusíaca”, que tensa la Historia hacia su plenitud. Negada esa plenitud, se niega la Historia y, en consecuencia, la misión. Poco importa el “desde dónde” (la memoria) y el “hacia dónde” (futuro). Lo que importa es el “dónde”: el aquí y ahora, estimulación de los sentidos.

En segundo lugar, la traditio es tarea compleja porque la sociedad chilena se define desde la pluralidad, multiplicidad, y no desde la unidad. Cuando las sociedades se entienden desde lo uno: una patria, una cultura, una raza, un estado, una religión (oficial), etcétera, entonces todas las instituciones se enfocan en contribuir a esa unidad, que es racional. La moral supone también una razón y una verdad, y la Iglesia entiende su misión como ayudar a los hombres a alcanzar la unidad de bondad, belleza y verdad, en Dios. Otro tanto hace el Estado y la Educación. Cuando los hombres se alejan de la verdad, de la justicia y del bien, trabajamos para que los ciudadanos “vuelvan al redil”, para que “entren en razón”. Pero ¿qué pasa con una sociedad que renuncia a comprenderse desde la unidad y racionalidad? ¿Qué pasa cuándo la razón se desacredita ante los hombres en su posibilidad de conducirles al único bien, justicia y fraternidad? En ese momento, la razón cede el paso a la emoción. Es lo que ha ocurrido en Europa luego de las guerras mundiales. La razón ha dejado de ser creíble. Ya no existen los metarrelatos unificadores. Sólo quedan las emociones y los pequeños relatos, que se van uniendo uno a otro para tejer un cúmulo de verdades, en donde una no tiene más peso que otra, ni más vigencia que lo que tardamos en comunicarla. Las grandes instituciones, conducentes a la verdad una y única, racional por cierto, dejan lugar a los pequeños grupos tribales, que no se manejan con una moral de valores universales, sino con una ética situacional, concreta, dependiente de las condiciones del instante presente. Es la consecuencia de un occidente que ha vivido los horrores de una lógica sangrienta: “homo lupus homini”. Chile también ha vivido semejante proceso.

Nuestro país, de un modo semejante a lo ocurrido en Europa, experimentó internamente las horribles consecuencias de una razón que, convertida en ideología (doctrina de la seguridad nacional), se vuelve contra los propios ciudadanos, para exterminar a quienes se alejan de la patria verdadera, de la democracia verdadera. También aquí fuimos testigos de campos de concentración y tortura sistemática. Cuando ello ocurre, la razón cae de su pedestal, cede espacio a la emoción; y el poder vertical, racional e institucional, deja lugar a la autoridad de los hermanos, que a diferencia del poder, es horizontal. Los hermanos son los grupos tribales de pertenencia: los adherentes a un equipo deportivo o a una banda musical, a una secta o a un ideario ecológico. El contrato social, sustentado en la doctrina del poder, la razón y el progreso, deja de tener consistencia y da cabida a los pactos, celebrados entre los hermanos. Los grupos tribales, propios de una sociedad plural, no celebran contratos, sino pactos. Así es la sociedad chilena, ya no más una, sino múltiple. Chile se configura a partir de grupos, cuyos individuos marcan su membrecía en las modas, productos de consumo, rutinas, credos y/o rituales iniciáticos. ¿Tiene sentido, entonces, transmitir una memoria (pasada) a generaciones que ya no se entienden más a partir de –una– memoria? ¿De qué puede servir el esfuerzo de contar, transmitir una memoria–misión, cuando la razón en la que se sustenta ya no existe? La memoria de la Iglesia en dictadura tiene que ver con una moral, con la convicción de que existen derechos humanos universales, y no sólo tribales (grupales), y es específicamente esto lo que hoy está culturalmente cuestionado. Para las actuales generaciones, incluyendo a sacerdotes y religiosos, esa memoria no tiene ningún sentido, al menos no más que el sentido que pueda otorgarse a una pieza de museo. Y con todo, se hace necesario seguir insistiendo en dicha anamnesis y traditio.

Razones para la memoria

Estamos ciertos de que Chile ya no es el mismo, ni sus ciudadanos, ni sus instituciones. La sociedad que hoy compartimos no se entiende desde la lógica de la unidad y racionalidad, sino desde la multiplicidad de grupos (sustitutos de las grandes instituciones republicanas), que a su vez se encuentran y construyen desde la emoción, gozando (o aspirando a ello) la eternidad aquí y ahora, trascedencia inmanente, movilizados bajo una ética situacional, de valores igualmente múltiples, con divinidades hechas a nuestra imagen y semejanza: estrellas deportivas, rostros de la TV de farándula, modelos arquetípicos de la idolatría al cuerpo joven y esculpido, cantantes Pop, entre otros. En este Chile diverso, plural en su valores, discursos y credos; plural en sus cosmovisiones y tejido social. En este Chile se hace necesario la anamnesis y traditio de la Iglesia en dictadura. Primero, porque aunque la idea de progreso y futuro ya no pese en las actuales generaciones lo mismo que pesaba antaño, hemos de insistir una vez más en que no existe presente sin memoria. Es la memoria la que nos permite la identidad. Si hoy vivimos una existencia tribal más que individual, es la memoria la que construye el colectivo donde la existencia individual y presente es posible. Aunque no hubiese más proyecto que la negación de todo proyecto, la memoria nos libra de usar esa negación como instrumento para manipular las conciencias. No seamos ingenuos, un país sin memoria queda a expensas del Big brother, que asume el papel de narrador de las historias arquetípicas, en una sociedad que transita de un poder institucional vertical hacia la autoridad horizontal de los hermanos. En ausencia de un Estado fuerte, ese Big brother pueden ser los políticos, empresarios, gurúes, intelectuales, obreros, o cualquiera que a cierto punto vea su imagen de líder proyectada y amplificada por la vanidad y el ancestral-tribal apetito de poder. Una Iglesia sin memoria, está a un paso de convertirse en la atmósfera espiritual que sirve a los anhelos de trascendencia inmanente, a un paso de llegar a ser la temida “moralina” que se vive en las misiones postmodernas de los veranos chilenos, donde se conjuga juventud, dinero, pecado y penitencia, pertenencia tribal, rito y mito. Todo, menos compromiso con la Historia, porque no hay Historia, sólo existe el presente de la misión, el canto y la alegría juvenil. Sin memoria, la Iglesia se nos hace cada vez más cool, risueña y carismática. ¿Iglesia del espíritu, así con minúscula?

La segunda razón, por la que anamnesis y traditio se hacen necesarias, tiene que ver con la pretensión de verdad universal. Constatamos que, a consecuencia del descrédito de la razón moderna, cuyos sus paradigmas y sistemas no se hacen cargo de las víctimas del desarrollo, la actual sociedad chilena, lo mismo que ha sucedido a escala internacional, no está dispuesta a la aceptación crédula de –una verdad–, resguardada y custodiada por la instituciones tradicionales, y hacia la cual todos debiésemos avanzar. La historia de las dictaduras latinoamericanas son un ejemplo más a considerar en la comprensión de dicho descrédito y sospecha. Y sin embargo, la posibilidad de mantener viva esta sana sospecha descansa en la memoria. Es ella la que nos resguarda de futuros totalitarismos. En este sentido, la memoria contribuye al discernimiento de la justicia y del bien común. Se entiende, por lo mismo, que los detentores del poder o la autoridad serán más bien partidarios de “dar vuelta la página”, del olvido por sobre el recuerdo.

En un escenario complejo, en que ya nada vuelva a ser aceptado y sostenido como verdad universal, la memoria de la Iglesia en dictadura contribuye a que el olvido no se convierta en la paradoja indeseada, esto es, en el predicamento de validez universal. Y es que de tanto temer y negar la verdad, podríamos fácilmente instalar el Alzheimer histórico como la ideología que todos hemos de asentir, “pro bono pacis”, a condición de no ser declarado anatema. La memoria nos resguarda de los olvidos totalitarios, y la memoria eclesial resguarda a los católicos de la simple memoria, es decir, del recuerdo cronológico, para remitirnos más bien al recuerdo vuelto memorial: aquello que nos permite acceder al sentido profundo del Misterio de salvación, y hacer así de la liturgia la vida, y de la vida alabanza a Dios.

El tercer motivo dice relación con nuestra sociedad plural. Hemos dicho que Chile se abre a un tejido social mucho más heterogéneo de lo que era a principios y mediados del siglo XX. Nos queda la duda hasta dónde dicha heterogeneidad sea valorada y respetada; pero hoy, y al menos como exigencia de orden legal, convivimos con minorías de raza, género, religión, política, étnicas, asociaciones deportivas, artísticas, laborales, fans de estrellas y de fetiches tecnológicos. Vivimos el tiempo de las tribus postmodernas (Maffesoli). Por lo mismo, este Chile plural necesita seguir avanzando en la reconstrucción de su tejido social, en diálogo, justicia y equidad. Aunque declaremos el rechazo a las verdades únicas, a la razón y al futuro, al Estado y a las instituciones, de todos modos necesitamos de un sostén en la existencia de relaciones cívicas. Por sostén entendemos aquí “imaginario social”. Requerimos de un nuevo imaginario social, pues una vez que han caído los imaginarios socialista, derechista, demócrata, concertacionista, es preciso volver a creer que algo es posible, y lo será en la medida en que se visualiza el sostén, el para qué, por qué y el cómo de la convivencia heterogénea. En el reverso de las marchas estudiantiles, del movimiento de indignados y de las exigencias de reivindicación social se teje ese nuevo imaginario. En consecuencia con la exaltación del presente, no es extraño que la nueva sociedad rechace la idea de progreso, y simplemente busque perpetuarse en el goce de la eternidad instantánea. Aún así, el sostén imaginario social da sentido a ese estar juntos. Cuando el sostén no se busca, descubre, construye y cree, entonces la heterogeneidad se diluye, o al menos no pasa de la obligatoriedad legal de convivir “sin pisarnos los callos”. Y de nuevo la memoria. Porque es ella la que nos ayuda a discernir, juzgar y evaluar lo que queremos, pero también lo no deseado por indeseable. El “Para que nunca más en Chile”, repetido hasta el hartazgo, es el fundamento inicial del “Entonces ahora qué”. Sin esa memoria, nos queda únicamente la creatividad “ex nihilo”. La Iglesia, en su actuar en dictadura, es parte de dicha memoria. Es el testimonio viviente de lo que llamamos compromiso de fe, convicción y coherencia. Es esta memoria la que nos permite decir a los actuales y futuros pastores, pero igualmente a las nuevas generaciones, lo que entendemos por ciudadano, por derecho, libertad, justicia y respeto. No por nada, las Iglesias evangélicas han pedido perdón por su marginación y silencio en dictadura. Ellos son parte del “nunca más”, una parte que también merece ser reconocida e identificada.

En una sociedad plural, que reniega de los valores y razones universales, el testimonio referente que nos permite la memoria país, es clave en la construcción del nuevo imaginario social, aquel que nos sostiene en la heterogeneidad y, por lo mismo, hace que la convivencia pase de la legalidad a la realidad.

La Iglesia se reconoce y renueva en su memoria

Por último, la memoria de la Iglesia de cara al país, su propia reflexión respecto del compromiso político (en el sentido de polis) en los años de dictadura, le permite descubrir el centro neurálgico de su misión en el Chile que hoy se levanta delante de ella, para desafiar su autoridad moral. Esa misión no tiene que ver en nada con una moral en particular, ni sexual, ni social, tampoco con las opciones pastorales, ni banderas de luchas temáticas: aborto, matrimonio gay, educación católica, justicia y equidad, entre tantos. Mucho menos con el silencio, aunque a veces éste puede ser el más elocuente de los discurso. La Iglesia entera, laicos, pastores, religiosos y sacerdotes, está llamada a reencontrarse con su memoria-memorial, para salir de su enclaustramiento, para vencer los temores y vergüenzas, para recuperar su vocación participativa ciudadana, aquella que los vientos de la democracia pareciesen haberle arrebatado. La misión de la Iglesia dice relación con aquella actuación que presenciamos en la persona del Arzobispo de Santiago durante el último Te Deum: intelectualidad dialogante con los actores sociales, desafiante y propositiva ante las ideas, profunda y visionaria frente a los viejos paradigmas y estructuras sociales, respetuosa de la memoria histórica, y creativa para exigir que las formas sigan al espíritu. Esta es la misión de la Iglesia en el Chile de hoy: participar inteligentemente en  el diálogo de una sociedad heterogénea, que tiene por delante la tarea de construir un nuevo imaginario, ese sostén que le confirma como nación en la inestabilidad del presentismo dionisíaco. Dicha vocación intelectual no se reduce a una batalla en favor de la vieja moral, tampoco a la eventualidad de un acto litúrgico. En la sociedad del conocimiento, con ciudadanos viviendo en un nuevo paradigma cultural, que han logrado desarrollar nuevas competencias y formas de aprender, dialogar y crear, la Iglesia está desafiada a descubrir las formas atingentes y pertinentes, que respondan a un mundo en permanente construcción; desafiada, además, a reeinventarse a sí misma, a dar cabida a una creatividad tal, venida del Espíritu, que consienta ofrecer el vino nuevo del evangelio en odres de vida nueva, de tal modo que el mensaje sintonice, en la palabra y la acción, con un Chile marcado por la postmodernidad, pero sin tampoco perder la identidad propia ni traicionar la novedad del anuncio, en el juego de los mimetismos y caretas. Ya no basta con rezar, ni repetir lo mismo. Lo decía Einstein: si no queremos los mismos resultados, no sigamos haciendo lo mismo. Los futuros ministros, pero también los actuales, así como todos quienes participen más de cerca en la misionariedad de la Iglesia, más temprano que tarde habrán de preocuparse por nuevas habilidades y competencias, espacios y estructuras, metodologías y estrategias, es decir, las formas que acompañen el diálogo con las sociedades en gestación: heterogéneas en su conformación, politeístas en sus valores, tribales y hedonistas en el actuar. La inteligencia participativa tiene que ver con esto. Y si la Iglesia insiste en su posición, atrincherada en las viejas formas y estructuras, se quedará cada vez más fuera del tejido social, en la espera inerte de un príncipe azul que la rescate del sueño eterno. A esta inteligencia participativa, digamos además creativa, es a la que el Papa Francisco nos está invitando, en sus palabras y gestos.

Conclusión: inteligencia participativa

¿Tiene algún sentido recordar la participación de la Iglesia durante los años de dictadura? Los vientos de la democracia nos han dejado con la sensación que de poco o nada sirve, y que es mejor dar vuelta la página para bailar al compás de la música que nos invita a gozar el presente, olvidándonos de todo proyecto futuro y posible. Sin embargo, como hemos visto, es la memoria histórica, y no la insistencia en la moral, lo que permite a la Iglesia redescubrir su misión en la sociedad de un Chile muy diferente al que conoció hace 40 años. El viento de la democracia puede llevarse todas las formas, incluso es bueno que así sea, pero es nuestra responsabilidad evitar que nos arrebate aquello que da sentido a la Iglesia en el mundo, más allá de todo paradigma cultural, y esto es: anunciar al mundo “lo que hemos visto y oído (1 Jn 1,3)”. En los años de dictadura, la Iglesia tuvo la inteligencia de hacerlo. El contexto ha cambiado, incluso con más y mayores desafíos para la fe, pero la inteligencia, en cuanto vocación participativa, se mantiene viva y latente, en germen, acrisolada por una memoria que aguarda el momento de convertirse en memorial, para anunciar una vez más a este Chile y el mundo, y bajo formas nuevas y creativas, aquella sabia y milenaria intuición de San Ireneo: “La gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”. La homilía de Monseñor Ezzati, durante el Te Deum, marca el despertar a una nueva forma de la misma y única misión: anunciar aquello que hemos visto y oído, en diálogo respetuoso e inteligencia creativa.

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Categorías:ACTUALIDAD, ENSAYOS, RELIGIÓN

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