El fariseo, el publicano y la broma de Dios

fariseoypublicanoEl fariseo entra al templo con el pecho hinchado, orgulloso de lo que ha logrado en la vida.  Y no habría por qué reparar en ello, si no fuese por ese afán suyo de mirar atrás con aire de nobleza, conquistado en años de entrega y sacrificio –como dicen por ahí–, a punta de recordar la ley judía a esa gente que nunca entiende cómo se alaba a Dios.

El Señor está cerca de los afligidos, pero al fariseo poco le importa eso. ¿Por qué habría él de estar afligido si ha cumplido con todo lo que manda la religión. Entra al templo con paso firme y seguro, hasta la primera banca. Y allí se sienta. Viene a dar gracia a Dios por ser tan bueno. No como ese fulano, el de la última banca. Les conoce muy bien: es un publicano. Se golpea el pecho, claro, pero a él no le engaña. El fariseo ha invertido años estudiando las sagradas escrituras, y enseñando al pueblo ignorante lo que deben y no deben hacer. Es justo agradecer a Dios por ello.

El publicano sigue allí, en el fondo. Sabe que tiene fama de ladrón. Y de hecho ha robado, pero el arrepentimiento le consume. El Señor es un Dios justo. No será castigado quien se acoge a él. Pero ese fariseo, desde hace rato le mira desde el centro mismo de la santidad, para recordarle lo pecador que es. Su presencia de seguro ofende a Dios, –piensa el publicano–.  ¿Qué tal si ese hombre santo tiene razón? En el templo no deberían estar las malas personas. Los sinvergüenzas como él andan por ahí afuera, en las calles, no se refugian en los templos. ¡Apechuga, publicano!¿Será verdad que Dios es bueno? Hunde su cabeza, y en silencio empuña la mano contra el pecho. El pecado le ha cerrado los labios. El fariseo, en cambio, se deshace en acciones de gracias, a Dios, por lo bueno que le ha hecho, ¡un ejemplo de ciudadano! No como ese fulanito de atrás.

El Señor escucha las súplicas del oprimido. Bendigo al Señor en todo momento. Es raro el evangelio: el hombre justo sale del templo con más pecados. ¿Tenía algún pecado? Extrañamente sale dando gracias a Dios, porque no es como esa gentuza que colma la paciencia divina. Y el pecador, el publicano, se va tal como entró: con los labios cerrados y el alma en pena. Se siente más liviano. Extraño. Obvio, Dios le perdonó. ¿Quién entiende a Dios?

El templo sigue abierto. Fariseos y publicanos se siguen dando cita. Sin saberlo, continúan representando la misma escena. En la primera fila está el partido de los moralistas, aquellos señores y señoras estudiosos de la sana doctrina y las leyes. Benditos custodios de la santidad. A su lado están los representantes de la religión oficial, expertos en novenas y rosarios. Ellos sí que saben responder bien en la Misa. Ellos sí que tienen motivos para agradecer al cielo: Dios les ha dado vida y salud para hacer el bien a sus hermanos. Bendigo al Señor en todo momento, –se escucha por ahí–.

Y de nuevo atrás, esa gente. Esa gente que no ha entendido que hay que portarse bien, para ganarse el cielo, –digo yo–. Esa gente: de seguro no se ha confesado en años; otros no han hecho la primera Comunión, y quieren una Misa. ¿Para qué digo yo?, –si no vienen nunca a Misa–. Mmmmm. Ese de allá, unos emparejados. Vergüenza debiese darles de pisar el templo del Señor. No sé para qué se golpean el pecho, si Dios no les escucha.

A la última banca llegan, también otros afligidos. La fama de Dios se ha ido extendiendo: escucha a los afligidos. Capaz que la Iglesia se nos llene de afligidos. Esos ni siquiera pagan el uno por ciento. ¿Para qué queremos afligidos, qué ganamos con ello? La gente de la primera banca sí que vale. Ellos saben de Dios. Son de buena familia, –dicen por ahí–.

Estoy a punto de ser sacrificado, –grita San Pablo desde la última banca–. También él se ha ido a meter allí, junto a unas mamás solteras, homosexuales y lesbianas. ¡Qué raro es todo esto!Hasta el borrachito del colectivo ha llegado, ahora, a golpearse el pecho. Dios tiene mala fama. Mejor corremos las bancas, no sea que el mal olor llegue cerca de esos clérigos vestidos de sotana y cuello romano, los de la primera fila, cierto. Dios nos libre. ¿Y si se aburren y se van? ¿Qué sería de la Iglesia sin las primeras bancas? Mmmmm.

Las cosas ya no son como antes, –comenta el párroco a uno de la primera banca–. Se dice que en el Vaticano el Papa se quitó la mitra, que ya no duerme en un palacio, y que ahora se le ha metido en cabeza llamar él mismo, y por teléfono, a cualquier desconocido. –¿Qué me dice, usted?– Las cosas no son como antes. Dios tiene mala fama: perdona mucho, para mi gusto –digo yo–. Mire las bancas de atrás: cada día están más llenas de pecadores. Estos días llegó una niñita violada a hablar con un honorable médico de la primera banca. Usted sabe a qué vienen. Menos mal que el médico le aconsejó bien, y la niñita partió derechito a confesarse.

Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros, –se oye desde la primera banca–. Como dicen que el Señor escucha a los afligidos, ha llegado al templo una turba de estudiantes, y también los encapuchados queriendo quemar las primeras bancas. Dios no lo permita. Llegan los mapuches, los tocopillanos y ayseninos. También he visto por ahí unos ex-curas, con su cola bien metida entre las piernas. Y unas familias a las que les expropiaron sus casas; una madre que perdió su hijo en una balacera. Hasta unos enfermos llegaron días atrás, como si esto fuese la posta central.

A Dios gracias, las autoridades están en las primeras bancas, a salvo de todos estos miserables. Por allí se ubican ministros, políticos y jueces. Por supuesto, también, los nobles empresarios, y las gentes de bien. Uno los nota al tiro. Desborda su santidad. Dios debe de sentirse contento de las primeras bancas, –creo yo–. ¡Faltaba más! Ellos vuelven a sus casas perdonados, si acaso algún pecadillo tienen, –por humana debilidad, como solía decir un santo varón de la Iglesia–.

Ahora ya no vienen tanto. Algo raro hay. Se dice que un día Dios les jugó una broma, y ellos no la entendieron, se la tomaron en serio, muy a pecho. Le cuento. Un día cualquiera, en sus lugares de siempre, todos, santos y pecadores, encontraron un espejo venido del cielo, uno para cada uno, por supuesto, Dios no es amarrete. Y como era divino, lo que mostraba el espejo no era la imagen que acostumbramos a ver en ellos, sino el corazón del hombre y los pensamientos de Dios. A los de la última banca, les pareció gracioso y liberador. Gracioso, porque ellos estaban habituados a ver en sus corazones. Allí había de todo. El espejo les iba mostrando amor, pero también envidia y rencor; bondad y egoísmo; fracasos y sueños; angustias y esperanzas; enfermedades y alegría; también aparecían los amigos, y uno que otro enemigo. El espejo no les ocultó nada. Contemplaron la vida proyectada en el espejo de Dios. Y no se espantaron de ver en lo profundo del corazón cosas buenas, y cosas malas.

Pero aparte de graciosa, la broma de Dios fue para ellos liberadora, porque al conocer lo que el Señor pensaba de ellos, se llevaron una increíble sorpresa. Vieron cuánto les había perdonado y amado. Supieron que cada vez que ellos pasaban al templo, el Señor se alegraba esperando más y más su conversión. Vieron cómo Dios se conmovía por las penas que le contaban, y conocieron la forma en que les acompaña por las calles cada día. Supieron que Jesús había ido a la cruz por ellos. Nadie les había amado jamás de esa manera. ¡Uf, qué alivio! Había valido la pena la última banca. Dios no era como se lo habían pintado las personas de las primeras filas. Ese día, salieron saltando del templo, en una pata. Fue como si hubiesen recobrado la vista, o sanado de una parálisis. Salieron dispuestos a volver cada día, donde su amigo y padre Dios. Pero ¡ni te cuento lo que pasó en las primeras bancas!

Los santos de siempre, tomaron sus espejos, deseosos de ver el cúmulo de virtudes reflejándose en la reluciente y celestial superficie. Pero no. Lo que vieron fue una imagen bastante extraña. Era como una gran cueva, de un vacío infinito y profundo. Allí no había ninguna de las angelicales virtudes que ellos esperaban ver, sino solamente orgullo y vanidad. Miraron por largo rato, esperando a que la densa nube de soledad que inundaba el espacio desapareciese, para entonces ver las virtudes de su corazón. Pero ese tiempo nunca llegó. La decepción se apoderó de los santos de la primera banca, y el espejo les devolvió una imagen angustiante y oscura, como esas que nos persiguen en las peores pesadillas.

Y aún faltaba lo peor. Dios ya no es como antes, nada es como antes, –pensó uno–. El espejo dio paso a la revelación de los pensamientos de Dios. ¡Uf! ¡Mejor ni les cuento! El primer pensamiento divino que vieron aparecer fue el que se refería a sus dignidades. ¡A Dios no le importaba en nada su tan relamida dignidad, ni sus cargos, ni sus títulos, tampoco los años de sacrificio, ni las ofrendas que por siglos habían dado a la Iglesia y a los pobres. A Dios no le importaba lo que ellos decían saber de él, lo aprendido en años de catequesis. Qué poco considerado es Dios. Sólo eso bastó para que algunos se retirasen algo molestos y decepcionados. Otros, en cambio, se quedaron a ver los próximos pensamientos de Dios. El segundo, más desastroso aún. El Señor no pensaba que ellos fuesen santos, sino que se parecían en mucho a un fariseo que había conocido hace tantísimos años atrás, por allá en la vieja Palestina. Al igual que ellos, ese fariseo se tenía por muy bueno y virtuoso, pero despreciaba al pecador de la última banca. Los santos de la primera banca ya no podían más. Por tantos años creyeron entender a Dios, y resulta que no habían entendido nada, se retorcían de amargura en sus asientos. Dios nos libre, –dijo uno–. Y parece que el Señor le escuchó. El último pensamiento de Dios no era de rechazo hacia ellos, sino de inmenso amor. Dios no los condenaba a ese infierno en llamas, que ellos tanto habían anunciado para los pecadores de la última banca. Lo que el Señor esperaba de ellos fue sorprendente. Les quería ver sentados allí, atrás, en la última banca, en medio de los pecadores. Sólo así, –les dijo– podía abrir para ellos las puertas del cielo.

Y varios santos se convirtieron en pecadores. ¿¡Qué me dice usted!? Dios está mal, ¿cierto? El templo sigue abierto, día y noche. Porque ahora el desfile de pecadores no para. La mala fama de Dios se ha extendido demasiado, perdona mucho, –digo yo–. A la última banca no sólo llegan los desgraciados de siempre, sino también algunas dignidades que usted, años atrás, se encontraba sólo en la primera fila. Hay quienes dicen, incluso, haber visto, curas, obispos, monjas y monjes. Yo no creo que sea para tanto. Menos mal que a la primera banca, todavía llega alguien. ¿Se imagina, usted, que sería del mundo si a todos se les antojase ir un día a la última banca? Dios nos libre. Mejor, recemos.

P. Humberto Palma O.

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Categorías:RELIGIÓN

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