Fide: las políticas educacionales detrás del Simce

simceEl SIMCE es hoy día un blanco de ataques, funas y boicot por parte de un sector constituido principalmente por estudiantes, por algunos expertos y por organizaciones estudiantiles como las ACES y CONES. Las críticas principales son que profundiza la selectividad y la segregación social; que estigmatiza a los colegios mal evaluados y que ha creado incentivos perversos al transformar el proceso educativo en una preparación para dicha prueba. Se acusa al Ministerio de no incentivar la investigación sobre este instrumento –que ya tiene 25 años– y de medir aprendizajes estandarizados. Algunos señalan que el problema no está en el SIMCE, sino en el exceso tecnocrático en que se ha incurrido, en el extremo ranqueo y en que es motivo de los bonos SNED para profesores. Las soluciones van desde su eliminación hasta disminuirlo y hacerlo muestral.

Un cambio en los objetivos o finalidades del SIMCE, necesariamente exige un cambio en el currículum oficial del país. No debemos olvidar que toda evaluación de aprendizajes depende del tipo de currículum al que sirve y el actual currículum oficial plantea aprendizajes estandarizados. En este sentido, este es un instrumento plenamente coherente con el currículum establecido nacionalmente y no podría ser de otra manera: mide aprendizajes estandarizados porque el currículum oficial nacional plantea aprendizajes estandarizados. Hasta el momento, nadie de los que piden cambios en este instrumento de evaluación ha planteado la modificación del currículum. FIDE hizo presente en el momento adecuado, sobre la importancia de los planes y programas de estudio propios y que la extensión excesiva del currículum oficial no dejaba espacio para las propuestas educativas inherentes de cada establecimiento.

Los resultados del SIMCE son incómodos, son mal vistos porque nos muestran claramente, de manera irredargüible año tras año, el fracaso persistente de las políticas educativas que se han implementado desde la reforma educacional de 1996, –cuando se instaló en el país un currículum con “Objetivos Fundamentales y Contenidos Mínimos”–, con el fin de mejorar la calidad de la educación. Dichas políticas no se han acompañado de las condiciones y los recursos necesarios para que los colegios puedan operar el cambio, pero se les ha responsabilizado de los resultados. La ley de Aseguramiento de la Calidad ha venido a coronar el reinado del SIMCE, otorgándole sus niveles de desempeño y resultados: un 67% de incidencia en la ubicación en el ranking de las escuelas. ¿Es problema del SIMCE o de la política vigente que hace que los resultados de esa prueba, en cuatro de sus niveles (4º, 8º y IIº) y algunas de las asignaturas del Currículum Nacional, sean indicadores supremos para cerrar escuelas? Este es el problema de fondo que nos muestran los resultados de las pruebas nacionales. Ingenuamente, los críticos del SIMCE han querido ver en este instrumento –tratando de tapar el Sol con un dedo–, al culpable de los malos resultados obtenidos hasta el momento. De los planteamientos expuestos por estos detractores, se deduce que cambiando o modificando este instrumento, los aprendizajes de los alumnos serían mejores o que en realidad la calidad de nuestro sistema educativo ha sido ocultada por estas pruebas nacionales, y que un nuevo tipo de evaluación mostrará los verdaderos logros velados de los alumnos. La metáfora de romper el termómetro porque el enfermo tiene fiebre, es plenamente aplicable en este caso, aunque a algunos no les guste.

Este cuestionamiento al SIMCE y sus supuestos efectos no deseables ha permitido encubrir los problemas más importantes que tiene nuestra educación, por lo que la opinión pública ha centrado la discusión en cuestiones secundarias como el financiamiento compartido, la segregación, la gratuidad o el lucro, esperando que su eliminación produzca los logros esperados. Es más, en algunos casos producirá un retroceso, y la superación de la brecha socioeconómica se producirá cuando todas las escuelas sean de calidad y no antes. Existe la equivocada convicción de que se puede mejorar la calidad de la educación escolar sin mejorar las condiciones laborales de los profesores; sin cambiar las exigencias desmedidas que se le imponen a las escuelas y los docentes; sin mejorar la calidad del sistema de educación superior; aumentando la reglamentación escolar vigente; manteniendo un financiamiento insuficiente de las escuelas; todo esto sin cambios en la supervisión controladora y sancionadora actualmente vigente; creyendo que con directores con “fuego en la mirada” se solucionarán problemas estructurales de la educación chilena. Este análisis “foquista” de la educación que se ha impuesto en nuestro medio, que pretende concentrar en una o dos variables todas las causas de la mala calidad de la educación, y por ende también la solución, no tiene perspectivas y ha provocado más daño que beneficios.

Así como hay quienes reclaman la conveniente necesidad de investigar sobre el SIMCE, también es necesario y urgente que se investigue sobre la elaboración, aplicación e impacto que han tenido las políticas públicas en educación. Esperamos que el nuevo gobierno que se avecina reflexione sobre estos 25 años de políticas centralizadas y se abra a una mayor participación y aporte de quienes están en la práctica educativa cotidiana para la elaboración de la normativa escolar.

Hno. Jesús Triguero Juanes.
Presidente Nacional de FIDE

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Categorías:ACTUALIDAD, EDUCACIÓN

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