Papa Francisco: “El gozo del Evangelio”

MISIONPor estos días, el Papa Francisco ha publicado su primera Exhortación Apostólica: “El gozo del Evangelio”. Fiel a su estilo coloquial, ofrece en ella una reflexión profunda sobre la Iglesia de cara a los desafíos misioneros que enfrenta. En su lectura es imposible no descubrir la formación religiosa y jesuita del Papa, así como la herencia del Concilio Vaticano II, y el legado apostólico de Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI. La Exhortación tiene la virtud del lenguaje simple, cercano, novedoso y, al mismo tiempo, agudo e inteligente. Leer al Papa Francisco es un gozo, pues abundan las imágenes y los neologismos, que vienen a reforzar sus convicciones y anhelos más urgentes: una Iglesia misionera, más misericordiosa, en diálogo, profética y sin miedos. Una Exhortación que, como él mismo lo indica, es “para indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años”.
 Ofrezco al lector una breve síntesis de los primeros capítulos, como invitación a seguir leyendo y comentando los deseos de un fiel creyente en Dios, cuyo encargo es ayudarnos a caminar hacia el encuentro con el Señor.

Gran riesgo del mundo actual es la tristeza individualista. Los creyentes no estamos exentos de tal riesgo. Es más, muchos caen en él –comenta el Papa– “y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida”, negando de esta manera el proyecto de Dios. La invitación es a volver a Dios, que “no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia”.
La alegría de la salvación es anunciada desde el antiguo testamento, desbordando los límites de la especie humana, para alcanzar la creación (Cf. Is 49,13; Zac 9,9). Pero hay algo más: lo inaudito de Dios es recogido por el profeta Sofonías. Es Dios mismo quien se alegra: “Tu Dios está en medio de ti, poderoso salvador. Él exulta de gozo por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo” (3,17). En el Evangelio, no hay razón ni lugar para la tristeza.

“Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua”, –denuncia el Papa–. Pero, también reconoce que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida. En los momentos difíciles, la alegría se vive como esperanza y confianza en Dios, y así lo atestigua el libro de las Lamentaciones: “Me encuentro lejos de la paz, he olvidado la dicha […] Pero algo traigo a la memoria, algo que me hace esperar. Que el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura. Mañana tras mañana se renuevan. ¡Grande es su fidelidad! […] Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor” (Lm 3,17.21-23.26).

Advierte el Papa que una de nuestras tentaciones en relación con la alegría es pretender innumerables condiciones para que ella sea posible. El motivo de esto es la tecnocracia en que vivimos: una sociedad que fácilmente multiplica las ocasiones de placer, pero no logra, en cambio, engendrar alegría. Sólo en el encuentro con Dios somos rescatados de la soledad. Y “llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos”, cuando dejamos que Dios nos lleve al máximo. “De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás” (EG, 10).
De este modo, la misión es un camino de realización personal. “Aquí descubrimos otra ley profunda de la realidad: que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión. Por consiguiente, un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral” (EG, 10).

Evangelizar implica llevar siempre por delante la novedad del Evangelio. “Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina” (EG, 11). La novedad es de Dios, no es empeño nuestro. Y es también encarnada, histórica. La memoria es una dimensión de la fe. La alegría es memoria agradecida: es una gracia que necesitamos pedir. El creyente –dice el Papa– es “memorioso” (EG, 13).

En la nueva evangelización importa comprender que la Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción. Hoy, el mayor desafío para la Iglesia es la actividad misionera, abrir la Iglesia, y descentralizar la Iglesia. El Papa no pretende agotar todos los temas, ni restar discernimiento a las comunidades locales. Sólo pretende ofrecer líneas orientadoras para una nueva etapa evangelizadora, y lo hace en base a la doctrina de Lumen Gentium. Las cuestiones abordas en la Exhortación son:

LA TRANSFORMACIÓN MISIONERA DE LA IGLESIA


Iglesia “en salida”. El Señor nos invita a “salir de la propia comodidad  atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG, 20). La alegría se convierte, así, en alegría misionera (Cf. Lc 10,7.21; Hec 2,6). La salida, el éxodo, es lo que marca el anuncio (Cf. Mc 1,38). Una vez sembrada la Palabra, ella crece por sí sola, rompiendo los cálculos y previsiones humanas, desbordando las formas. Y los misioneros deben moverse hacia otros lugares.

“Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo” (EG, 23).

El Papa usa un neologismo para referirse a la iniciativa de Dios en el amor: “primerear” (EG, 24). De allí que la Iglesia sabe adelantarse, tomar iniciativas sin miedo, porque Dios la ha “primereado” ya antes. La Iglesia sale a desperdigar misericordia, a todos; sale a involucrarse. “La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo” (EG, 24). Los evangelizadores tienen “olor a oveja”.

La comunidad evangelizadora se dispone a “acompañar”, “a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean”. Y se dispone también a fructificar: cuida el trigo, y no pierde la paz por la cizaña. Espera los frutos con paciencia, hasta el martirio si es necesario. Pero los discípulos no buscan “llenarse de enemigos”, el martirio no es entendido como contestación, oposición, sino justamente como lo que es: testimonio. El objetivo es que la Palabra sea acogida, y manifieste su potencia liberadora y renovadora.

Por último, la comunidad evangelizadora siempre festeja, cada pequeño paso es festejado. La evangelización es “evangelización gozosa”, que se vuelve “belleza en la liturgia” (EG, 24).

Pastoral en conversión. La pastoral debe ser misionera. Ya no sirve una “simple administración”. El Papa habla de “estado permanente de misión” (EG, 25). Para que ello se posible es necesario que la Iglesia esté en permanente reforma de sí, por fidelidad a Jesucristo. El llamado es a revisar las estructuras eclesiales, que no condicionen el dinamismo evangelizador, que sea la vida la que las anima. Sin ello, hasta las estructuras nuevas se corrompen en poco tiempo. “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación” (EG, 27).

La parroquia no es una estructura caduca, porque tiene gran plasticidad (EG, 28). La misión le exige estar en contacto con los hogares y la vida del pueblo, “y no se convierta en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos” EG, 28).

Las demás instituciones eclesiales contribuyen al diálogo con el mundo y a la renovación de la Iglesia, pero necesitan mantener vínculos con la parroquia del lugar y la pastoral orgánica de la iglesia particular, para “evitar que se queden únicamente con una parte del Evangelio, o se conviertan en nómadas sin raíces” (EG, 29).

Cada Iglesia particular está también llamada a la “conversión misionera”. Ella es el “sujeto primario de la evangelización”. En ella se muestra la catolicidad y unidad de la Iglesia.

El obispo, a veces estará delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo; otras veces en medio, cercano y misericordioso; y en ocasiones detrás, para ayudar a los rezagados y, sobre todo, porque el rebaño “tiene su olfato para encontrar nuevos caminos” (EG, 31). De esta forma, el Papa da un sentido verdaderamente pastoral a los “tria munera”: gobernar, enseñar y santificar. El rebaño no es infantil, ni dependiente, es adulto y libre, tiene su olfato para encontrar. El Papa llama a buscar nuevas formas de participación, y a lograr la madurez de las formas ya contempladas en el Derecho, escuchando a todos “y no sólo a algunos que le acaricien los oídos”. Mejorar la organización tiene un único objetivo: el sueño misionero de llegar a todos.

“También el papado y las estructuras centrales de la Iglesia universal necesitan escuchar el llamado a una conversión pastoral”. “La pastoral en clave de misión pretende abandonar el cómodo criterio pastoral del “siempre se ha hecho así”. Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades” (EG, 33).

Desde el corazón del Evangelio. Ponernos en clave misionera implica prestar atención al modo en que se comunica el mensaje. En la sociedad de la información, comunicación y redes sociales, pero también cuando observamos tantos intereses espúreos de por medio, el riesgo es que el mensaje que anunciamos aparezca mutilado y reducido a algunos de sus aspectos secundarios.

Los misioneros deberemos, pues, atender a lo esencial del mensaje: “lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario”. La simpleza es sinónimo de belleza, profundidad y verdad. Así, el mensaje se vuelve “más contundente y radiante”.

Algunas verdades reveladas son más importantes que otras, por expresar más directamente el corazón del Evangelio, donde resplandece “la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado”. “Cuando la predicación es fiel al Evangelio, se manifiesta con claridad la centralidad de algunas verdades y queda claro que la predicación moral cristiana no es una ética estoica, es más que una ascesis, no es una mera filosofía práctica ni un catálogo de pecados y errores” (EG, 39). Lo esencial del mensaje es el amor salvífico de Dios, y la fe que es respuesta a ese amor, “reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos”. Cuando esta invitación no brilla con fuerza y atractivo, el edificio moral se convierte en castillo de naipes, porque entonces lo anunciado es mera doctrina y opciones ideológicas (EG, 39).

La misión que se encarna en los límites humanos. La Iglesia necesita crecer en su interpretación de la Palabra (exégesis y hermenéutica), y en su comprensión de la verdad. El Papa valora el trabajo de las ciencias bíblico-teológicas y los aportes de la ciencias humanas, como ayudas al Magisterio.

Los cambios culturales exigen atención permanente al modo en que presentamos las “verdades de siempre”. En el lenguaje que usamos, Dios puede ocultarse, o bien diluirse. “La expresión de la verdad puede ser multiforme, y la renovación de las formas de expresión se hace necesaria para transmitir al hombre de hoy el mensaje evangélico en su inmutable significado” (Juan Pablo II, Carta enc. Ut unum sint). No obstante, la fe siempre conserva algo de cruz, de oculto-incomprendido y, a pesar de ello, amado.

El Papa invita a no tener miedo de revisar formas tradicionales, sin duda bellas, pero que ya no responden a la transmisión del Evangelio. Lo mismo vale para las normas o preceptos eclesiales. El consabido argumento: “siempre ha sido así”, no vale más. “Santo Tomás de Aquino destacaba que los preceptos dados por Cristo y los Apóstoles al Pueblo de Dios son poquísimos” (Summa Theologiae I-II, q. 107, art. 4.38). Citando a san Agustín, advertía que los preceptos añadidos por la Iglesia posteriormente deben exigirse con moderación “para no hacer pesada la vida a los fieles” y convertir nuestra religión en una esclavitud, cuando “la misericordia de Dios quiso que fuera libre”. Para reforzar esta idea, el Papa cita magistralmente el Nº 1735 del Catecismo de la Iglesia Católica, recordando a todos, especialmente a quienes orientan hacia Dios, que: “La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales”.

Escribe el Papa: “A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible” (EG, 44). Y agrega: “Un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades. A todos debe llegar el consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona, más allá de sus defectos y caídas”.

La tarea evangelizadora se mueve entre dos límites: el lenguaje y las circunstancias. Un corazón misionero sabe de esos límites, y se hace débil con los débiles, y todo para todos (Cf. 1Co 9,22). “No renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino”.

Una madre de corazón abierto. Iglesia “en salida” es Iglesia de puertas abiertas, correr hacia la periferia, que no es lo mismo que correr sin rumbo y sin sentido. A veces hay que escuchar más, esperar, regresar, vigilar, mirar bien. Un signo de una Iglesia abierta es un templo con sus puertas abiertas. Pero igualmente hay otras puertas que no se deben cerrar: la de los sacramentos, por una razón cualquiera. “A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” (EG, 47).

La misión tiene como destinatarios privilegiados los pobres y enfermos, a quienes no tienen cómo recompensarte (Lc 14,14). Hacia ellos hemos de salir en modo privilegiado, sin miedo a equivocarnos. “Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: “¡Dadles vosotros de comer!” Mc 6,37)” (EG, 49).

EN LA CRISIS DEL COMPROMISO COMUNITARIO

Contexto en el marco del discernimiento evangélico. Citando a Pablo VI, El Papa Francisco vuelve sobre la invitación a las comunidades a estudiar los signos de los tiempos. Se trata de una responsabilidad grave, insiste, “ya que algunas realidades del presente, si no son bien resueltas, pueden desencadenar procesos de deshumanización difíciles de revertir más adelante” (EG, 51).

Algunos desafíos del mundo actual. La humanidad vive un “giro histórico”, que se nota en los avances observados en varios campos. Pero junto a ello, encontramos hermanos viviendo precariamente el día a día. Hay nuevas patologías: miedo y desesperación, falta de respeto, violencia e inequidad. Las maravillas de la ciencia y la tecnología son, en ocasiones, “fuente de nuevas formas de un poder muchas veces anónimo” (EG, 52).

No a una economía de la exclusión. La economía excluyente mata. “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil”. (EG, 53). El ser humano es visto como un bien de consumo, prescindible. Hemos iniciado –dice el Papa– la cultura del “descarte”, que supera a la mera explotación y opresión. La exclusión no sitúa a las personas en una relación de abuso, sino que le niega la participación social, los expulsa. Los excluidos son “desechos, sobrantes”.

En este contexto, algunos aún defienden la teoría económica del “derrame” (“chorreo” en Chile). “Esta opinión expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante” (EG, 54). El modelo económico descansa en una “globalización de la indiferencia”.

No a la nueva idolatría del dinero. En el origen de la crisis financiera existe una profunda crisis antropológica: la negación del hombre. La economía se nos ha vuelto una verdadera idolatría, reduciendo al ser humano a su ser-consumidor.

La desigualdad social “proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera” (EG, 56). Es por ello que se intenta mantener a los Estados al margen de estas actividades. Así se instalas una nueva tiranía, invisible. El Papa denuncia la deuda como mecanismo de entrampamiento e ilusionismo económico; corrupción y evasión fiscal a escala mundial. “En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta”. (EG, 56).

No a un dinero que gobierna en lugar de servir. El sistema descrito rechaza la ética, y rechaza también a Dios. La ética es vista como una amenaza, porque exige un equilibrio y orden social más humano. “En este sentido, animo a los expertos financieros y a los gobernantes de los países a considerar las palabras de un sabio de la antigüedad: “No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos” (Eg, 57). [La cita es de San Juan Crisóstomo, De Lazaro Concio II, 6: PG 48, 992D].

Recuerda el Papa que el dinero debe servir, y no gobernar. Y recuerda a los ricos su obligación de ayudar a los pobres, respetarlos y promocionarlos. Exhorta a una vuelta de la economía hacia una ética al servicio del hombre.

No a la inequidad que genera violencia. La seguridad social que anhelamos es imposible mientras no se revierta la exclusión y la inequidad. “Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión” (EG, 59). Y por si quedase alguna sombra de duda respecto de la responsabilidad que, a juicio del Papa, le cabe al actual modelo económico, y a quienes lo alimentan, en la violencia desenfrenada, las siguientes palabras disipan dicha duda: “Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución en una «educación» que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción profundamente arraigada en muchos países —en sus gobiernos, empresarios e instituciones— cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes” (EG, 60).

Algunos desafíos culturales. Evangelizamos también cuando nos esforzamos en hacer frente a los desafíos que puedan presentarse. Vivimos en una cultura donde prima el interés y bienestar personal por sobre todo proyecto común. Priman las apariencias, inmediatez y superficialidad. La globalización cultural y económica atenta contra las culturas locales, haciendo de olas una pieza más de un macabro engranaje de poder. Por otro lado, la fe católica se ve desafiada por la proliferación de movimientos religiosos, ya sea fundamentalista, ya sea espiritualidades sin Dios. A ello se suman experiencias de fe marcadas por la burocracia, la administración y sacramentalización, que terminan debilitándola.

El espíritu de privatización también se proyecta a la fe, haciendo de ella y de la Iglesia una experiencia privada e íntima. De esto, mucho menos se salva la ética. Poco se habla de pecado personal y social. Los temas moral de fondo, en una sociedad habituada a la información, también son pensados y acogidos como eso: datos, estadística, encuestas.

Con todo, la Iglesia sigue siendo una institución creíble ante la opinión pública. Pero encontramos dificultades para fundamentar propuestas y afirmaciones no tan populares, que se sostienen en la misma fidelidad a la dignidad humana y al bien común.

También la familia enfrenta serios desafíos. “El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y que desnaturaliza los vínculos familiares” (EG, 67). A pesar de ello, el Papa constata el surgimiento en muchas personas de una “sed de participación” en quienes quieren ser constructores del desarrollo social y cultural.

Desafíos de la inculturación de la fe. Es imperioso, sostiene el Papa, evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio. Con ello vuelve al principio de Moaurice Blondel: “Nada puede entrar en el hombre si antes ya no está en él, y no obedece a una necesidad suya de expansión”. El evangelio no llega como imposición externa, sino como buena noticia y respuesta a necesidades antropológicas, desbordándolas y llevándolas a su plenitud, por supuesto. El Papa denuncia que en las culturas populares aún quedan debilidades que exigen sanación: machismo, alcoholismo, violencia doméstica, escasa participación en la Eucaristía, creencias fatalistas o supersticiosas que hacen recurrir a la brujería, etc. Y al mismo tiempo valora la piedad popular como el mejor punto de partida para sanarlas y liberarlas. Claro que una verdadera piedad popular es mucho más que sentimentalismo, y llega al compromiso de la transformación social.

Desafíos de la culturas urbanas. En la ciudad, lo religioso suele encontrarse con desafiantes estilos de vida, detrás de cuyas luchas se busca también el sentido de la vida. Importa contemplar estas búsquedas, para dialogar con los ciudadanos, como Jesús se encontraba con ellos en la Palestina de su tiempo, dialogando y no enjuiciando. 

Una cultura inédita late y se elabora en la ciudad. Es necesario llegar allí donde se gestan nuevos relatos y paradigmas. En la ciudad se da, también, una profunda ambivalencia: muchas oportunidades junto a lacerantes dramas sociales. Y “lo que podría ser un precioso espacio de encuentro y solidaridad, frecuentemente se convierte en el lugar de la huida y de la desconfianza mutua” (EG, 75).

Tentaciones de los agentes pastorales.
Como hijos de la época, todos nos vemos afectados por la cultura globalizada. El Papa revisa las principales tentaciones a las que se ven expuestos los agentes pastorales:

  1. Sí al desafío de una espiritualidad misionera. No sólo en agentes pastorales, sino también en consagrados, se nota la excesiva preocupación por los espacios personales de autonomía y distensión, de tal modo que las tareas son vividas como un apéndice de la vida. Se constata individualismo, crisis de identidad y caída del fervor. Se nota egoísmo y egolatría en las acciones y modos de vida. “Llama la atención que aun quienes aparentemente poseen sólidas convicciones doctrinales y espirituales suelen caer en un estilo de vida que los lleva a aferrarse a seguridades económicas, o a espacios de poder y de gloria humana que se procuran por cualquier medio, en lugar de dar la vida por los demás en la misión. ¡No nos dejemos robar el entusiasmo misionero!” (EG, 80).
  2. No a la acedia egoísta. Tanto en laicos como en sacerdotes, se observa un extremo cuidado al tiempo personal. Se va instalando una acedia (tibieza, mediocridad) espiritual que nos paraliza. El problema no son tantas actividades, sino actividades mal vivida, sin motivación verdadera, sin Espíritu. No hay un cansancio feliz, sino más bien un pesar. La acedia convierte a los cristianos en momia de museo, instalados en una tristeza dulzona que se apodera del corazón.
  3. No al pesimismo estéril. Los males del mundo, y de la Iglesia, no debiesen ser excusas para reducir nuestra entrega y fervor. No olvidemos que toda dificultad es oportunidad, ni que “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rom 5,20).  “Una de las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia es la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo” (EG, 85). El triunfo del cristiano se fundamenta en la cruz, que es bandera de victoria. “En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir” (EN, 86). En el desierto estamos llamados a ser personas-cántaro, para llevar agua a los demás.
  4. Sí a las relaciones nuevas que genera Jesucristo. “Muchos tratan de escapar de los demás hacia la privacidad cómoda o hacia el reducido círculo de los más íntimos, y renuncian al realismo de la dimensión social del Evangelio. Porque, así como algunos quisieran un Cristo puramente espiritual, sin carne y sin cruz, también se pretenden relaciones interpersonales sólo mediadas por aparatos sofisticados, por pantallas y sistemas que se puedan encender y apagar a voluntad. Mientras tanto, el Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura” (EG, 88).
  5. No a la mundanidad espiritual. Esta forma de mundanidad consiste en buscar la gloria y bienestar personal, en lugar de buscar la gloria de Dios. Toma muchas formas, y no es tan fácil de percibir, pues por fuera todo parece correcto. Puede alimentarse de dos fuentes: fascinación de la “gnosis”, y “neopelagianismo autorreferencial y prometeico”. La primera es enclaustramiento en los propios razonamientos o sentimientos. La segunda es la actitud de quienes “sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado” (EG, 94). Estamos en presencia de un narcisismo elitista y autoritario, que en vez de evangelizar ordena, clasifica y controla a los demás. El centro de estas formas no es, obviamente Jesucristo, sino el hombre mismo encerrado en su mundo (inmanentismo antropocéntrico).

Esta mundanidad lo que busca es “dominar el espacio de la Iglesia”. Y una manera de hacerlo es el “cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y prestigio de la Iglesia”; otra es la fascinación por mostrar las conquistas sociales y políticas de la Iglesia, vanagloria en la eficiencia; otra es mostrarse a sí mismo en la una densa vida social, llena de ocupaciones y glamour (farándula); otra es el funcionalismo empresarial, con el acento en la Iglesia como organización. En todas estas forma no se busca a Dios, sino la mera autocomplacencia egocéntrica.

“En este contexto, se alimenta la vanagloria de quienes se conforman con tener algún poder y prefieren ser generales de ejércitos derrotados antes que simples soldados de un escuadrón que sigue luchando” (EG, 96). Y entonces, como tales generales caemos en el pecado del “habriaqueísmo”: que es la expresión soberbia de quien se siente con la sabiduría para estar permanentemente diciendo a los demás lo que habría que hacer. 

“Esta mundanidad asfixiante se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios” (EG, 99).

No a la guerra entre nosotros. “La mundanidad espiritual lleva a algunos cristianos a estar en guerra con otros cristianos que se interponen en su búsqueda de poder, prestigio, placer o seguridad económica” (EG, 98). Por otro lado, algunos cultivan un espíritu de pertenencia a grupos de exclusividad, y no a la Iglesia entera. El Papa pide a todos los cristianos del mundo cultivar el espíritu de comunión fraterna, atractivo y resplandeciente. Cuidado con la envidia: estamos en el mismo barco, y vamos al mismo puerto. “Me duele tanto comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aun entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?” (EG, 100).
  6. Otros desafíos eclesiales. Hoy existe mayor conciencia de la presencia del laico en la Iglesia: su identidad y misión. Pero esta madurez no se expresa ni valora igual en todas partes. En ocasiones, la participación del laicado se reduce a tareas menores intra-eclesiales, sin real compromiso en la transformación de la sociedad y el diálogo cultural. La formación de los laicos es un desafío apremiante.
  7. Otro desafío es la presencia de la mujer en la Iglesia. Se requiere ampliar los espacios, para que esta presencia sea “más incisiva”.
  8. La pastoral juvenil, otro desafío, ha sufrido el embate de los cambios cambios sociales. Se ha crecido en dos aspectos: conciencia de que es toda la comunidad la que los evangeliza y educa; y necesidad urgente de mayor protagonismo. Los jóvenes son “callejeros de la fe”, “felices de llevar a Jesucristo a cada esquina, a cada plaza, a cada rincón de la tierra” (EG, 106).
  9. Otro desafío: vocaciones al sacerdocio y la vida consagrada. Carecemos de fervor religioso, entusiasmante. “Es la vida fraterna y fervorosa de la comunidad la que despierta el deseo de consagrarse enteramente a Dios y a la evangelización” (EG, 107). Por otro lado, hoy tenemos más conciencia de elegir mejor a los candidatos al sacerdocio. “No se pueden llenar los seminarios con cualquier tipo de motivaciones, y menos si éstas se relacionan con inseguridades afectivas, búsquedas de formas de poder, glorias humanas o bienestar económico” (EG, 107).

“Como ya dije, no he intentado ofrecer un diagnóstico completo, pero invito a las comunidades a completar y enriquecer estas perspectivas a partir de la conciencia de sus desafíos propios y cercanos. Espero que, cuando lo hagan, tengan en cuenta que, cada vez que intentamos leer en la realidad actual los signos de los tiempos, es conveniente escuchar a los jóvenes y a los ancianos. Ambos son la esperanza de los pueblos. Los ancianos aportan la memoria y la sabiduría de la experiencia, que invita a no repetir tontamente los mismos errores del pasado. Los jóvenes nos llaman a despertar y acrecentar la esperanza, porque llevan en sí las nuevas tendencias de la humanidad y nos abren al futuro, de manera que no nos quedemos anclados en la nostalgia de estructuras y costumbres que ya no son cauces de vida en el mundo actual” (EG, 108).



“Los desafíos están para superarlos” (EG, 109).

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Categorías:ACTUALIDAD, RECURSOS, RELIGIÓN

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