El miedo de José

shutterstock_88182934El Ángel del Señor se apareció en sueños a José, y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María”. José siente temor. ¿Y quién no ha sentido miedo alguna vez? Si ese hombre existe, aún no sabe lo que es vivir. Después de todo, la humanidad entera, una vez abandonada la cueva, camina bajo la amenaza de sus miedos.

José tiene miedo por lo que le pueda ocurrir a María, por hacerse responsable de una lapidación casi segura. María está embarazada, y él no es el padre. José tiene miedo a las tradiciones, a la reacción popular, siempre tan cruel e irracional. No quiere causar daño a María, pero tampoco puede casarse así con ella. Tiene miedo, y entonces cree que lo mejor es hacerse el desentendido, abandonar a María en secreto, para evitar el escándalo y la lapidación segura. Las leyes judías no perdonan el adulterio, y el embarazo de María no tiene otra explicación más que adulterio. El miedo se apodera de José, y prepara su retiro.

Son incontables las veces en que las personas actuamos movidos por el miedo, y no por nuestras convicciones o deseos. El miedo nos lleva a eso, a huir. Podemos, incluso, pasarnos la vida huyendo. Miedo al qué dirán, miedo al reproche de la familia, miedo al fracaso, a no saber, a no amar pero también a amar, miedo a la enfermedad y miedo a la muerte, miedo a los compromisos. El temor nos paraliza y empuja a ir en direcciones contrarias a lo que la razón y el corazón nos indican. Miedo a hablar, a pensar, a escribir. El miedo no es buen consejero, nos induce a defendernos, a cerrar puertas, armarnos y atacar. Terminamos concluyendo lo mismo que José: huir en silencio, escaparnos, escabullirnos, ocultarnos en las sombras y buscar seguridades rápidas: en el trabajo, el placer, la magia, las amistades de fin de semana, en los bienes materiales. Por el miedo a perdernos, terminamos perdidos justamente en aquello que parecía ser la solución a todos los temores.

El miedo de José es el mismo miedo ancestral que sentimos todos: miedo a perder el control de la vida, ese mínimo de seguridad que llamamos confianza. Pero José no es el único que ha sentido miedo. También sintieron miedo Adán y Eva, por haber desencadenado una fuerza maligna, incontrolable y furiosa; Abraham, siente miedo de dejar su casa y adentrarse en un enorme desierto, sin más seguridad que la promesa de un Dios al que recién conoce; miedo siente Sara por haberse reído de Dios; miedo siente Moisés ante la zarza ardiendo, el misterio inmenso de Dios; miedo siente el pueblo de Israel, con los egipcios pisándoles los talones; y miedo también ante las murallas de Jericó, detrás de las cuales existen hombres poderosos; miedo siente Jeremías, porque es muy joven para ser profeta; miedo siente María, ante la visita y misión que le pide el Ángel de Dios; miedo siente Pedro, al caminar sobre las aguas; miedo siente Jesús, al ver la muerte inminente; miedo sienten los Apóstoles, de los judíos, y se ocultan en casas. El miedo nos paraliza, también a los creyentes.

La fe en Dios, no nos inmuniza ante el miedo, ni tampoco nos permite vencerlo. El creyente no vence el miedo, sino que en él el miedo es vencido por Dios. ¡No temas José, porque lo que está ocurriendo en María es obra de Dios! La respuesta es siempre la misma: no temas, porque yo estoy contigo; porque yo pondré mis palabras en tu boca; porque eres mi elegido; porque no eres tú, sino yo. Así, el miedo se vuelve la condición necesaria para la acción de Dios. Quien no tiene miedo, tampoco tiene fe. Y quien tiene fe, ya no cree en sí mismo, sino en Dios que le sostiene. “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”, –dice Jesús en la cruz–.

Con la fe puesta en Dios, José deja de temer y lleva a María a su casa, –como le ha ordenado el Ángel–. En esta Navidad, haz tú lo mismo: deja de temer, porque Dios está contigo, y el Espíritu Santo vence en ti el temor, para que libre de toda atadura lleves a María a tu casa, y con ella abras las puertas que antes, por miedo, hubiste cerrado.

En Navidad, haz de tu vida una liturgia a Dios, para cantar con toda la Iglesia: “Ya no temo, Señor, la tristeza, ya no temo, Señor, la soledad; porque eres, Señor, mi alegría, tengo siempre tu amistad. Ya no temo, Señor, a la noche, ya no temo, Señor, la oscuridad; porque brilla tu luz en las sombras, ya no hay noche, tú eres luz. Ya no temo, Señor, los fracasos, ya no temo, Señor, la ingratitud; porque el triunfo, Señor, en la vida tú lo tienes, tú lo das. Ya no temo, Señor, los abismos, ya no temo, Señor, la inmensidad; porque eres, Señor, el camino y la vida, la verdad”.

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Categorías:ACTUALIDAD, RELIGIÓN

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