El espíritu de las Navidades

pesebreCada año por estas fechas, suelo recordar el famoso cuento de Charles Dickens: “Un cuento de Navidad”. Y es imposible no plantearme la posibilidad de convertirme un día en Ebenezer Scrooge. La posibilidad siempre está, y en todos. Lo sabemos, pero siempre estamos jugando a hacernos los desentendidos, como si Scrooge fuese un personaje de ficción que jamás podría darnos alcance. Lo sabemos, pero preferimos huir. No obstante, está claro que Navidad es un concepto polisémico, es decir, no significa lo mismo para todo el mundo. Y digo esto considerando ese universo de gentes para quienes algo significa, porque no desconozcamos que existen personas para las cuales Navidad no significa absolutamente nada. Pero volviendo al cuento de Dickens, y pensando en quienes se preparan para vivir días marcados por “un espíritu especial”, convengamos en la coexistencia de al menos cuatro Navidades:

Navidad del comercio. Su autor son las grandes cadenas agrupadas en esa entidad que majestuosa y reverencialmente llamamos “el retail”. Lo importante aquí es, obviamente, comprar y comprar, al contado o a crédito, como sea, pues en cada transacción intentamos demostrarnos a nosotros mismos y al mundo que no somos tan fríos, que otro es el Grinch de la Navidad; muy por el contrario, tenemos afectos, personas que nos importan y conciencia social. Dentro de nosotros late un corazón, cuya vida está irremediablemente vinculada a una tarjeta de crédito, y se desangra en cómodas, o lacerantes, cuotas comerciales.

Navidad de la familia. Su autor es la tradición y la genética familiar, eso que llamamos amor a los padres y hermanos. Lo importante, el centro mismo de la Navidad, somos nosotros, reunidos para declararnos que nos queremos y respetamos, que perdonamos lo que haya que perdonar. Después de todo, no somos tan despreciables. Pertenecemos a una familia que nos ama, y por algo nos ama. Así, el ego personal se refuerza y estimula para seguir “echándole para adelante” el resto del año. Bendita la Navidad familiar, en donde yo soy el niñito Dios amado y venerado.

Navidad de las bacanales. Su autor es la industria del carrete. Lo importante es la fiesta, y por supuesto pasarlo bien. Muy probablemente esta forma de vivir la Navidad es la que más nos acerca a los tiempos de Jesús, porque en ese mundo grecorromano también se mandaban unas fiestas rave, cool, cuáticas, filete, bacanes y heavy: eran las bacanales en honor a Baco, el dios del vino. Y hoy en día, quien esté en condición y edad de celebrar tiene la excusa perfecta: el nacimiento del niño Dios. Y allí están todos esos ambientes, decorados por mil estrellas y música delirante, esperando a los “reyes magos”, que llegan de todos los confines y rincones de la ciudad para entregarse a la pasión de amar y venerar, ¿a quién? No importa a quien, lo importante es “tirar y abrazar”.

Navidad de Dios. Su autor es el Espíritu Santo. Y lo importante es la atención a los pobres, a los que no cuentan, a los pecadores. Ellos son los cristianos perseguidos, los niños refugiados de Siria, quienes se sienten solos y sin amor. Toda esa gente, la que no puede comprar nada, la que no puede divertirse, los que no tienen familia, los presos y vagabundos, los ancianos y enfermos abandonados a su suerte. Los trabajadores explotados y los cesantes; los extranjeros y allegados.

De todas las Navidades, esta última es la más pobre, las más sola y la más “fome”. Contradictoriamente, es la Navidad de Dios, es la paradoja de las paradojas. ¿En cuál de nuestras Navidades tiene cabida la Navidad de Dios? Lo que hemos hecho en este tiempo es reeditar lo que narra el Evangelio: no hay lugar para la Navidad de Dios. Estamos demasiado ocupados comprando regalos, para siquiera pensar seriamente en esta iniciativa de Dios; muy concentrados en nuestras familias, para abrir espacio a los demás, a esos extraños amados por Dios; demasiado entusiasmados en la fiesta y el carrete, para detenernos a comprender, agradecer y celebrar lo que ha hecho Dios.

Un niño Dios no puede competir contra un “viejo pascuero”, su familia no es de las más importantes para ser visitada por los amigos, y su lugar de nacimiento no es el más indicado para una fiesta. Dios no puede competir, y menos con esa cantidad de personas impopulares que son sus hijos y amigos.

La Navidad de Dios es la más contradictoria y paradojal de las navidades. Pero así es el amor de Dios, contradictorio y paradojal. No viene por los santos, sino por los pecadores; no viene por los sanos, sino por los enfermos; no viene por los creyentes, sino por quienes se sienten lejos de Dios; no viene por los fervorosos y fieles, sino por quienes mantienen una pequeña llama humeante. Tampoco viene para mantener las aguas quietas, sino para estremecer los corazones; ni siquiera para confirmar las leyes, costumbres y tradiciones, sino para darles su verdadero sentido. No viene para recordarnos que debemos amar a Dios, sino que el amor a Dios se cumple en el amor a los hermanos. No viene para hacer de la fe una religión, sino para hacer de la religión una experiencia de fe.

La Navidad de Dios es la más contradictoria y necesaria de todas las navidades, pero no está en ninguna de nuestras navidades. Y si no está es simplemente porque no es conquista humana, no se compra, no se exige, no se canjea ni se arrienda. Al igual que todo amor auténtico, la Navidad de Dios solamente se recibe y agradece, en la conciencia y actitud de quien sabe estar recibiendo un regalo absolutamente inmerecido. Y así, en silencio y en paz nos entregamos a gozar del amor que redime y salva, de ese amor que te llega cuando dejas de jugar a ser el personaje Ebenezer Scrooge, y te reconoces pobre y necesitado, y así, sin nada a cuestas, te acercas al pesebre para celebrar, a los ojos de muchos, la más pobre, solitaria y “fome” de las navidades, la Navidad de Dios.

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Categorías:ACTUALIDAD, ENSAYOS, RELIGIÓN

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1 respuesta

  1. Para llamar la atención de mis alumnos, en una de las clases afirmaba que el verdadero espíritu de la Navidad era el comprar muchísimos regalos para recibir otro tanto de ellos. Lo más triste fue ver a los estudiantes callados, casi afirmando mis palabras. Este artículo nos hace reflexionar en la Navidad que deseamos entregar.

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