Recuerdos ochenteros: Remigio

remigioPara nosotros eran años felices, entre otras cosas a causa de la ignorancia de los dramas políticos que se vivían en el país. En aquella existencia provinciana no había mundo fuera de Pinochet, Ronald Reagan, Margaret Tatcher y el Papa Juan Pablo II. Nacimos a la adolescencia con ellos, habitando en la conciencia, y así se quedarían por años en la memoria. Por cierto que nos preocupaba ver gente de pobrezas y desamparos inhumanos. Pero jamás pensamos que no era una “pobreza natural”. En el mundo había gente pobre, y punto. Y había gente rica, y punto. Yo sabía que no pertenecía ni a uno ni a otro mundo, pero aún no comprendía con claridad a cuál de esos mundos pertenecía. Lo que sí sabía es que mi amigo Remigio, con quien había compartido gran parte de la infancia, pertenecía al mundo de los pobres. Su casa estaba a media cuadra de la mía. El piso de las habitaciones era de tierra, y los muros mostraban adobes en bruto a punto de caer, húmedos y llenos de agujeros. Los únicos adornos que colgaban de las paredes eran esos posters que vendían en la feria libre de San Vicente. Imágenes del Sagrado Corazón y de la Vírgen disputaban el espacio junto a recortes del diario La Cuarta, mostrando despampanantes modelos desnudas y rostros de las estrellas del fútbol nacional.

Remigio era el menor de seis hermanos, hijos de un padre ausente y de una madre que se pasaba largas horas insultándolos y maldiciendo la suerte que debía correr por culpa de todos ellos. A pesar de que desde niños gozábamos compartiendo juegos callejeros, sueños sobre el futuro que correrían nuestras vidas y largas conversaciones relativas a los misterios del mundo, notaba en él una tristeza honda, nutrida por las muchas frustraciones que venía sufriendo desde que comenzó a tomar conciencia de su persona, del hambre que a diario sentían él y sus hermanos, de las navidades sin más juguetes que los que daban en las escuelas, del deseo incumplido de lucir un pantalón nuevo, de calzar un par de North Star o unas Power, de comenzar el año escolar con unos “Biónicos” de Bata, montar una Caloi, y quién sabe cuántas negaciones más. No obstante parecía feliz jugando con nosotros, la maldición de la pobreza era parte de su ADN. En el rostro, siempre sucio, destacaban sus ojos grandes y negros, casi desproporcionados para una forma humana de rasgos simiescos. La nariz pequeña, con mocos asomando en las fosas, que de tanto en tanto sorbeteaba en un acto reflejo, inconsciente, venía a ser la combinación perfecta para su pelo negro y chuzo. Mirar a mi amigo era ver el rostro de la marginación y el desamparo, y él lo sabía.

Cada vez que iba a casa del “Remy”, así lo llamaban su mamá y sus hermanos, lo hacía con la oculta intención de arrebatar a mi amigo, aunque fuese por un par de horas, de esa pocilga de mierda. Los primeros en recibirme eran los perros, una pequeña jauría de quiltros que saltaban aullando de las camas donde dormían Remigio y sus hermanos, hacinados, hombres y mujeres entrelazados en colchones rotos, manchados de orina y pelos de gatos que, junto a los perros, les ayudaban a capear el frío y la humedad del invierno. Una vez dentro, debía soportar la repugnancia innata que me producía el hedor reinante, mezcla de cuerpos sudados fermentando bajo el sol de media mañana, restos de comida reseca en platos y ollas tirados por doquier, caca de pollos y excremento felino. Se me hacía imposible distinguir de dónde venían los peores olores. Era simplemente una atmósfera rancia, revelándote el rostro más duro de la pobreza. En esa miseria vivía mi amigo. A veces me imaginaba en su lugar, sin ropa ni zapatos, con apenas un cuaderno par ir a la escuela, con ese viejo televisor blanco y negro alimentado con una batería de auto, con cientos de moscas inundando el ambiente, durmiendo en habitaciones separadas únicamente por una cortina, y con una mamá lanzándote maldiciones y garabatos cada vez que querías olvidar un poco y jugar, jugar en la calle como hacíamos todos. Me imaginaba viviendo la vida de Remigio y sentía una pena enorme, y una rabia que no lograba explicarme todavía.

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Categorías:RELATOS

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