Recuerdos ochenteros: Terremoto de 1985

terremoto-1985Los tres hermanos se encontraban en el exterior de la casa, capeando el calor del verano bajo la sombra de las acacias que cubrían la vereda con su frondoso follaje. Ociosos, inspeccionaban una vez más el inicio de las obras de pavimentación del camino que comunicaba el centro de la ciudad con la casa patronal del entonces Ministro de Agricultura, Jorge Prado Aránguiz, en Pencahue. Héctor les desafió a construir barcos de papel, y echarlos en carrera sobre las oscuras aguas de la zanja lateral, por donde supuestamente pasaría la nueva matriz del agua potable. La última vez que Leopoldo preguntó la hora, José Tomás le dijo con marcada ironía en la voz: –Siete y media, Polito. Tu mamita ya está por llegar. Y siguieron avivando las improvisadas y frágiles embarcaciones, inmersos en un griterío de capitanes azuzando a su tripulación, hasta que un aullido ensordecedor les cortó el aliento. Todos los perros de Remigio estaban en la calle, gritando y dando saltos desesperados. Presa del miedo, Leopoldo miró a sus hermanos en busca de una respuesta lógica para ese cuadro infernal. Pero ambos tenían los ojos desencajados, igual que él. En una fracción de segundo, como sincronizados por el mismo demonio, los animales callaron. Y el espacio entero fue ocupado por un silencio abismal. Entonces, desde ese vacío absoluto, vino primero un ruido como jamás habían sentido, semejante a la explosión instantánea de millones de truenos abriéndose paso bajo sus pies, partiendo el cielo de arriba a abajo. Y luego fue el turno de la tierra. Leopoldo miró el agua sobre la que aún flotaba su barco de papel. Desde el centro de la fosa vio dibujarse un pequeño círculo de ondas concéntricas, que creció hasta golpear las paredes que lo contenían. El agua desbordó la fosa y azotó violentamente el barco contra los pastelones de la vereda, que ahora daba brincos y serpenteaba como serpiente enfurecida, dispuesta a engullir a todos los vivientes de la superficie. Como pudo, Leopoldo corrió hacia uno de los árboles, para sostenerse en pie aferrándose a él. Desde allí buscó el rostro protector de Josefina, pero sólo se encontró con la desesperación y angustia de sus hermanos, que habían optado por sentarse en el suelo, anclando sus cuerpos con ambas manos apoyadas sobre la tierra. Vio cómo su casa, a pesar de la robusta y pesada extensión de adobes, se sacudía y arqueaba frente a ellos como palmera azotada por el viento, y con alarma recordó las viejas y húmedas paredes de la casa de Remigio. Un estruendo de bomba se oyó a pocos metros de él. Y cuando logró mirar en dirección al domicilio de su amigo, una inmensa nube de polvo y tierra, densa y oscura, se abría paso con furia desde el interior de la casa hacia la vereda, dejando apenas al descubierto las que parecían ser siluetas humanas. Era él, su mamá y hermanos, que abrazados en la vereda lloraban pidiendo al cielo que bajo los adobes no estuviese Inés, la menor de las hijas.

Leopoldo recordó en ese momento las enseñanzas de Josefina cada vez que les obligaba a correr al centro del patio, cuando un temblor les sorprendía en medio de la noche. –Siempre que tiembla, debemos arrancar, porque es la ira de Dios. Y quien no teme a Dios, no le ama de verdad–, sentenciaba su madre con total convicción. Sin dudas, Dios debía de estar muy enojado, pero él no tenía en esos momentos otro refugio más que un árbol ornamental. Cerró los ojos para intentar sobreponerse al pánico, y comenzó a pedir a Dios que ese infierno terminase de una vez. Ni las casas, ni tampoco sus cuerpos podían soportar un segundo más la expansión de esa energía milenaria. No supo si Dios escuchó sus ruegos, pero la tierra dejó de estremecerse. Cuando Leopoldo echó a correr calle arriba, en busca de Josefina, su barco de papel aún yacía tirado sobre la vereda, como una miserable bola de barro sin forma alguna, y en la fosa no quedaba ya una gota de agua.

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Categorías:RELATOS

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