¿Cómo ayudar a los alumnos más lentos?

alumnoPregunta: es una realidad cruel que algunos niños y niñas no parecen estar hechos para la escuela. No es que no tengan habilidades valiosas, no, porque sabemos de grandes hombres de negocios que fracasaron en la escuela. Pero es verdad que nos gustaría que todo el alumnado obtuviera el máximo provecho de la escolarización. ¿Cómo se puede hacer para que la escuela resulte beneficiosa para los alumnos que tienen dificultades?

Respuesta: en Estados Unidos, al igual que en otros países occidentales, la inteligencia se considera un atributo fijo, como el color de los ojos. Los ganadores de esta lotería genética son inteligentes, los perdedores, no. Esta noción de inteligencia innata repercute en la escuela de distintas maneras. De esta noción se deduce que las personas inteligentes no tienen que trabajar tanto para sacar buenas notas, después de todo son inteligentes; por el contrario, quienes trabajan mucho es porque no son inteligentes. El círculo vicioso es evidente: los alumnos quieren sacar buenas notas para parecer inteligentes, pero no estudian para obtenerlas porque si lo hicieran se les clasificaría como torpes. En China, en Japón y en otros países orientales, la inteligencia se considera algo más moldeable. Si los alumnos suspenden un examen o no comprenden un concepto, no es porque sean torpes, sino porque no se han esforzado lo suficiente. Este enfoque es positivo para los alumnos porque les transmite que la inteligencia depende de ellos y está bajo su control. Entonces, ¿qué planteamiento es el correcto, el oriental o el occidental? Ambos son parcialmente correctos. Nuestra herencia genética influye en la inteligencia pero al parecer lo hace principalmente el entorno. No hay duda de que la inteligencia puede evolucionar.

Es muy importante explicar a los alumnos que la inteligencia es moldeable. Se les puede hacer comprender esta idea felicitándoles por el trabajo realizado o hablándoles sobre sus aciertos y sus fracasos.

Lo ideal sería que todos los alumnos tuvieran la misma capacidad, que las diferencias en los resultados escolares se debieran únicamente al trabajo y al esfuerzo personal. Si fuera así, la escuela sería más justa. Pero, aunque deseable, el profesorado le dirá que es una utopía. Algunos alumnos son más inteligentes que otros, es un hecho. Saber qué hacer con el alumnado brillante no es difícil: hacerles reflexionar y aumentar progresivamente la dificultad de los ejercicios. Ahora bien, ¿qué hay que hacer con los que tienen dificultades? ¿Cómo puede el profesorado asegurarse de que obtienen de la escuela todo lo posible?

Comencemos por aclarar el significado de «inteligencia». Las personas inteligentes son las que comprenden ideas complejas y utilizan varios métodos de razonamiento; también pueden resolver problemas a través de la reflexión y aprenden de sus experiencias.

¿Qué influye en la inteligencia de las personas? Para algunos es una cuestión netamente genética, mientras que para otros es educación (experiencia, trabajo). En el último tiempo, las investigaciones apuntan a que, efectivamente, hay algo de genética, pero más influye el ambiente y la experiencia, y así lo demuestran estudios realizados sobre el aumento del coeficiente intelectual en poblaciones enteras, en varios países. Si la inteligencia obedece principalmente a los genes, ¿cómo se explicaría este incremento observado en el último tiempo, considerando que los genes evolucionan tan lentamente? Esta impresionante progresión, de hasta 21 puntos, no es atribuible a la evolución genética. Sea cual sea, la causa es ambiental. El patrimonio genético influye en orientarnos hacia un entorno adaptado para nosotros.

¿Por qué este largo discurso sobre la inteligencia? Porque los métodos de enseñanza que debemos utilizar para los alumnos y alumnas que tienen dificultades difieren en función de la naturaleza de su inteligencia. Si la inteligencia fuera únicamente una simple cuestión de genética, no tendría mucho sentido intentar que los niños fueran más inteligentes y nos limitaríamos a desarrollar al máximo las capacidades intelectuales de los alumnos en función de su potencial genético. También intentaríamos orientar a los niños no tan inteligentes hacia tareas poco exigentes desde el punto de vista intelectual con la idea de que están destinados a oficios manuales que no piden esfuerzo intelectual. Pero no es así como funcionan las cosas. La inteligencia es maleable y puede mejorar. Muy bien, entonces, ¿qué hacemos para mejorar la inteligencia? Lo primero es convencer a los alumnos de que se puede desarrollar y mejorar la inteligencia.

Lo que pensamos de la inteligencia es determinante. los alumnos que creen que la inteligencia puede mejorar, estimularse y aumentar obtienen mejores notas que los que creen que la inteligencia es un rasgo inmutable. Un niño debe comprender que sus capacidades influyen en lo bien que hace las cosas, debe desarrollar confianza en sí mismo y en sus capacidades y debe comprender que tiene distintos niveles de capacidades según el tipo de tarea. Explicar cómo los niños y las niñas se forjan su propia concepción sobre la inteligencia es bastante complejo y a ello contribuyen muchos factores, uno de los cuales se ha estudiado en profundidad: las alabanzas y los elogios que reciben. Es razonable suponer que las creencias de los estudiantes sobre la inteligencia se moldean en función de lo que les dicen sus padres, profesores y compañeros, así como por la manera que ven actuar a estas personas. Si se alaba a los niños por el trabajo bien hecho, ellos pensarán en la inteligencia como algo maleable, y se esforzarán en mejorar más; si se les alaba diciéndoles que “son inteligentes”, pensarán que la inteligencia es algo con lo que se nace, que no cambia, y entonces será más difícil que se esfuercen en aumentar su inteligencia. Alabando la inteligencia de una niña, le transmitimos que resuelve los problemas correctamente porque es inteligente, no por su esfuerzo. De aquí que la niña infiera que no resolverlos es señal de ser tonta hay muy poca distancia.

En el aula. A Los alumnos lentos tienen las mismas capacidades que los alumnos brillantes, pero es probable que tengan lagunas culturales y les falte motivación, perseverancia y confianza en sí mismos. Estoy plenamente convencido de que estos estudiantes pueden alcanzar a los demás, pero debe reconocerse que están más atrasados y que alcanzar a los demás les supondrá un tremendo esfuerzo. ¿Cómo podemos ayudarles? Primero asegurándonos de que creen que pueden hacerlo, y después convenciéndolos de que el esfuerzo siempre es recompensado.

Felicite por el esfuerzo, no por las capacidades. Debemos convencer a los alumnos que la inteligencia está bajo su control y que pueden desarrollarla mediante el trabajo. Por consiguiente, hay que elogiar su esfuerzo más que sus capacidades. Además de elogiar el esfuerzo, se puede felicitar a un alumno por haber perseverado ante los desafíos o por asumir la responsabilidad de su trabajo. Y se debe evitar la lisonja porque las alabanzas que no son sinceras son destructivas. Si decimos a una alumna «Felicidades, te has esforzado mucho en este proyecto», cuando ella sabe que no es así, perderemos nuestra credibilidad.

Dígales que el esfuerzo siempre es recompensado. Si elogiamos el esfuerzo en lugar de las capacidades, el alumno comprenderá que la inteligencia está bajo su control. No hay razón para no transmitir el mensaje explícitamente, sobre todo al final de la escuela primaria. Cuente a sus alumnos que los científicos, inventores, autores y otros genios famosos han tenido que trabajar mucho para ser tan inteligentes; pero aún más importante, haga que apliquen esa lección al trabajo que hacen. Si hay alumnos que presumen de no estudiar, tire por tierra ese mito, dígales que para sacar buenas notas, hay que estudiar y esforzarse.

Trate los fallos como un componente natural del aprendizaje. Para aumentar la inteligencia es preciso afrontar retos, es decir, acometer tareas que exijan esfuerzo, lo que significa que tal vez salgan mal, por lo menos la primera vez. El miedo al fracaso supone un obstáculo significativo para aprender ya que nos impide afrontar estos retos, pero no se debe dar al fracaso tanta importancia. Intente crear un ambiente en el aula en el que el fracaso, si bien no es deseable, tampoco debe avergonzar a nadie ni ser tan negaúvo. Hágales comprender a sus alumnos que equivocándose aprenden, que descubran que hay cosas que no comprenden; y lo más importante, incúlqueles esta actitud. Ante el error, hágales ver que es mejor adoptar una acútud positiva y de aprendizaje.

No parta del supuesto de que los alumnos dominan las técnicas de estudio. Confeccione una lista de los deberes que pide a los alumnos que hagan en casa. Piense en qué competencias y qué conocimientos se necesitan para hacerlos y pregúntese si los alumnos más lentos serán capaces de resolverlos. Con alumnado de más edad, si anuncia que hará un examen, es de suponer que lo prepararán. ¿Los alumnos más lentos saben cómo revisar? ¿Saben evaluar la importancia de las distintas cosas que leen, oyen y ven? ¿Saben el tiempo que deben dedicar a preparar un examen? Los deberes son cada vez más difíciles y los alumnos deben adaptarse y desarrollar nuevas competencias: la autodisciplina, gestión del tiempo y resolución. Los alumnos que ya van con retraso tendrán más dificultades con los deberes de casa y necesitarán más tiempo para desarrollar estas competencias autónomas, que denominamos método de trabajo. No presuponga que sus alumnos poseen todas estas competencias, aunque deberían haberlas adquirido en cursos anteriores.

El objetivo a largo plazo es alcanzar el nivel del grupo. Es importante ser realista acerca de lo que necesitarán los alumnos para igualarse con el resto de la clase. Recuerde que cuanto más sabemos, más fácil es aprender nuevas cosas. Por eso, si los alumnos menos buenos conocen menos cosas que los buenos alumnos, no pueden avanzar al mismo ritmo. Para igualarse con el grupo, los alumnos lentos tienen que trabajar más. Si no lo hacen, su retraso se acentuará. Cuando se quiere ayudar a los alumnos que tienen dificultades conviene fijarse objetivos realistas y concretos. Pueden ser objetivos simples como el hecho de dedicar un tiempo fijo diario a las tareas escolares, leer una revista de noticias o ver un programa educativo cada semana. Es obvio que los padres tienen un papel importante para incitar a su hijo o hija a respetar estas costumbres.

Demuestre a los alumnos que tiene confianza en ellos. Pregunte a diez personas que conozca: «¿Quién fue el maestro o la maestra más importante de tu vida?». He formulado esta pregunta a docenas de personas y he observado dos cosas interesantes. La primera, que todas las personas tienen una respuesta; la segunda, la razón por la que un profesor o una profesora nos marcó es casi siempre emocional. La respuesta nunca es «Aprendí muchas matemáticas», más bien «Me dio confianza en mí mismo» o «Me enseñó a apreciar el conocimiento». Además, la gente siempre me responde que su profesor preferido era muy exigente pero que pensaba que todos sus alumnos estaban a la altura. Al considerar cómo transmitir esa confianza a los alumnos, volvemos al tema de los elogios. Evite elogiar el trabajo de poca calidad hecho por algún alumno o alumna que tenga dificultades.

Hasta ahora hemos dedicado toda nuestra atención al pensamiento del alumnado, con alguna mención aislada al sistema cognitivo del profesorado. Pero éste en el fondo no es diferente del de los alumnos. A lo mejor no hace mucho tiempo que usted era estudiante. ¿Los principios de los que nos hemos ocupado pueden aplicarse en su manera de enseñar? Piénselo, mientras tanto.

(Fuente: WILLINGHAM D., ¿Por qué a los niños no les gusta ir a la escuela?, Ed. Graó, Barcelona, 2011)

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