Mientras se discute si el TDAH existe, Felipe parece estar perdiendo la batalla

felipeEn pocas semanas Felipe cumplirá los once años de edad. Es uno de los menores en la lista de mis sobrinos nietos. Cursa el sexto básico en un muy buen colegio de Iglesia, con el cual se siente plenamente identificado. Ama el deporte, la acción y la adrenalina. A juzgar por sus profesores, es respetuoso y colaborador, y usted mismo podría comprobar que es capaz de sostener una conversación con cualquier persona y sobre los temas más variados, atreviéndose a intervenir y preguntar sin ningún temor a equivocarse. Visto así, Felipe es un preadolescente sin mayores dificultades para aprender, incluso con habilidades que cualquiera se quisiese para sí. Pero como nada en la vida es gratis, Felipe pertenece a ese porcentaje de niños y jóvenes que, para algunos sistemas escolares, representa un mal que pone en riesgo el foco pedagógico centrado en la inmediatez de los resultados académicos: déficit atencional con hiperactividad (TDAH). Tales sistemas privilegian la uniformidad por sobre la unidad; la formalidad antes que la sinergia; el tiempo cronológico en vez del tiempo histórico; la evaluación por metas y resultados antes que por procesos. En ellos no se admite el error como parte del aprendizaje, al contrario se sanciona y castiga; el centro de todo es el profesor omnisapiente, y no el estudiante y el profesor involucrados en lo mismo. Si un alumno no “encaja” se le debe tratar, medicar o sacar.

La realidad supera la ficción

Es probable que a más de alguien podría parecerle que caricaturizo o exagero la situación, pero lamentablemente la realidad de ese porcentaje de estudiantes, a los que pertenece Felipe, nos dice lo contrario. Y así también lo confirma la extensa bibliografía sobre el tema: nuestros actuales sistemas escolares fueron pensados para alumnos que ya no existen, y para un mundo que tampoco existe. Como escribía Carlos Calvo hace tan sólo un par de años: la escuela actual no está educando, sino “escolarizando” (Del mapa escolar al territorio educativo, Ed. U. La Serena, 2012). No es novedad, entonces, encontrarnos con estudiantes que se aburren en clases, y no estoy hablando de alumnos hiperactivos. Obviamente algo no estamos haciendo bien, y en los casos como el de Felipe ese algo crece exponencialmente.

Pareciera que de nada sirve que el neurólogo Richard Saul (“El TDAH no existe”, Ed. Harper Collins, 2014), después de cincuenta años dedicado a la investigación clínica, sostenga que el TDAH no existe como condición, sino más bien como conjunto de síntomas generalmente mal diagnosticados. El TDAH se ha convertido en la respuesta fácil para encasillar a los niños hiperactivos, y de paso en la palabra mágica que usan algunos colegios para desentenderse de ellos. De nada sirve tampoco que Paulino Castells, médico español también experto en la materia, concuerde en que estamos abusando de la “pastillita de portarse bien”; o que Pablo Minechetti se esfuerce por mostrarnos la contradicción en que solemos caer cuando hablamos de niños o jóvenes con problemas de concentración. De muy poco y nada sirve todo esto, digo, si Felipe es tratado públicamente, por sus compañeros y por algunos profesores, como un niño “tonto”, si le siguen intentando convencer de que “no es capaz” para el aprendizaje, si continúan burlándose de él porque “no se ha tomado la pastilla”. ¿De qué le sirve a Felipe esforzarse por cumplir con sus tareas, leer los libros que le mandan leer y estudiar todos los días, si luego nadie valora aquello, si frente a cada fracaso académico su profesor le dice que él “no quiere a su mamá”, porque, según él, si la quisiese se esforzaría en “sacar buenas notas”? Felipe respeta y ama a su madre, y así, en medio de lagrimeos se lo replica a su profesor, pero entonces éste le intenta convencer de que es un mentiroso, porque si la amase de verdad “se sacaría buenas notas, y no le daría problemas”.

Objetos de desecho

Por años, Felipe ha recibido el mismo discurso, y ha aprendido a hacer oídos sordos. Pero por primera vez comienza a resentir los insultos y la exclusión de sus compañeros en los grupos de trabajo académico. Se está cansado de ser el permanente objeto desechado en un sistema educativo que busca y valora los resultados inmediatos, con eficacia y eficiencia. Así, a temprana edad enseñamos a los niños a competir entre ellos, y a mirar a las personas como insumos y recursos para conseguir un fin, en este caso un fin académico. En casa, Felipe llora por la impotencia que significa no poder contradecir el juicio irónico de un adulto, y no poder por la sencilla razón de que ese adulto reviste la autoridad de profesor. De nada sirve que Felipe ame su colegio, si parece que el colegio no le ama.

¿De qué sirven todos los estudios sociológicos sobre la Generación Milenio y el modo en que ellos aprenden, de qué sirven las investigaciones de la neurociencia aplicada a la pedagogía (por ejemplo, las conclusiones de Daniel Willingham: “Por qué a los niños no les gusta ir a la escuela, Ed. Graó, 2011), si no nos empeñamos en hacer otra lectura “del caso Felipe”. ¿De qué nos sirven todos los estudios cursados, los títulos obtenidos y la experiencia de años si luego los profesores miramos y tratamos a los Felipe del país desde las vísceras, y no desde el ser profesional; en otras palabras, como si fuesen delincuentes juveniles a los que categorizar, doblegar, someter o excluir (recluir)? Si Felipe es un TDAH, ¿cuál es el diagnóstico para quienes frecuentemente le insultan en vez de buscar formas de motivarle al trabajo y estimular su concentración?

Este no es el colegio que Felipe necesita

El argumento de la pluralidad de proyectos educativos sirve para que, en estos casos, algunos docentes sugieran que niños como Felipe necesitan “otro colegio”. Y es probable que así sea, pero ese argumento vale cuando una comunidad educativa demuestra, a los demás y a sí misma, que ha agotado los medios y recursos para mediar en la formación de ese sujeto. Dicho de otro modo, cuando la institución reconoce que en un determinado caso ha fracaso en la misión que compromete y explica su existencia. Por cierto, un reconocimiento nada fácil ni simple, pues obliga a revisar los procesos formativos en general, y las intervenciones en particular. Ahora bien, cuando existen evidencias de prácticas antipedagógicas es obvio que no se han agotado todas las instancias, pues poner fin a ese tipo de prácticas es la primera ayuda y acción que se espera de las comunidades educativas.

La madre de Felipe también se agota y estresa. Ella participa con gusto de cuanta actividad organiza el colegio de su hijo, y asiste a todas las entrevistas a las que es citada. ¿Pero sirve de algo todo ese esfuerzo si no hay detrás un accionar profesional, si cada vez escucha quejas y más quejas, en lugar de un seguimiento serio que le ayude a entender lo que pasa con su hijo y le oriente en las decisiones. Hasta ahora ha probado todas las recetas y fórmulas que le sugieren: psicólogo, psiquiatra, neurólogo infantil, flores de Bach, tratamientos medicamentosos, orientador, clases particulares, conversaciones, pactos, condicionamientos, refuerzo positivo y negativo, y un gran etcétera. No es una madre aprensiva, sino una mujer que intenta no fallarle a su hijo, como tantas, y sólo espera más colaboración en ese sentido. Lo mínimo en este caso sería bajar la línea defensiva y ofensiva de la institución, consistente principalmente en reproches y reclamos, para profundizar en una línea propositiva, abriendo espacios a la  escucha efectiva, por ambas partes. Ella sabe que su hijo es agotador, que pone a pruebas todas las teorías educativas sobre mediación, aprendizaje autónomo y metodologías activas, pero también tiene claro que Felipe no merece todo el castigo que está recibiendo, nadie lo merece. Lo único que pide es un poco de escucha, comprensión y un trato digno.

¿De qué nos sirve…?

¿De que nos sirve decir que el TDAH no existe, si por ahora continúa siendo la receta mágica usada por algunos profesores para soslayar su responsabilidad. Porque, si es cierta toda la investigación que corre bajo el puente, es aquí donde debiese notarse la diferencia entre un profesional de la educación y un titulado de Pedagogía. ¿Y cómo se marca esa diferencia? La distinción se establece en el modo en que se aborda el fenómeno, en la perspectiva, reflexión y preguntas que nos hacemos. Quizás no encontremos la respuesta ni la solución, pero al menos sabremos mirar mejor que un aprendiz, y preguntarnos cosas que a otros no se les ocurre siquiera preguntar.

Hace pocos días descubrí en casa de Felipe la última “estrategia pedagógica” para ayudarle con sus problemas de concentración escolar: una hoja de cuaderno escrita por ambos lados con la frase “debo prestar más atención en clases”. Entonces me recordé de haber escuchado y leído en varios artículos que hoy estamos ante la posibilidad de una tormenta perfecta, pues tenemos a profesores enseñando contenidos del siglo XX, con metodologías del siglo XIX, a estudiantes del siglo XXI. Felipe es parte de esa tormenta perfecta, y una tormenta no se enfrenta negándola. Profesores, ¿de qué nos sirve estudiar pedagogía si es esta la forma de encarar un desafío pedagógico? Recordemos que un profesor se define más por lo que hace que por lo que dice, y enseña más por lo que oculta y calla que por lo que muestra y habla.

Por ahora, y mientras la discusión sobre le TDAH suma y sigue, Felipe parece estar perdiendo la batalla. Y su caso, así como el de tantos otros, es materia de reflexión y acción para quienes nos sentimos comprometidos con la Educación, en todos los frentes y en todas sus formas.

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Categorías:EDUCACIÓN, RELATOS

1 respuesta

  1. Reblogueó esto en Cristina Guadalupey comentado:
    La realidad supera la ficción

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