¿Coach o Profesor?

shutterstock_63532819Si hay un ámbito en que la influencia de Oriente se hace notar, es desde luego el de la educación. De todas partes llegan lamentos sobre la crisis que atraviesa. Y, sin embargo, si el poder bajo todas sus diferentes formas es criticado con severidad, se da, entre las nuevas generaciones, la búsqueda de una verdadera autoridad. Una autoridad que, en su sentido etimológico (auctoritas), hace crecer y aumenta las potencialidades de todos y cada uno. El poder es vertical. La autoridad, la del gran hermano, del gurú, del coach, en una palabra, del iniciador, es horizontal.

Linceo, uno de los Argonautas, era célebre por tener una vista aguda. Su mirada incisiva sobre el mundo le permitía una visión clara y una comprensión justa de la vida. Y la Academia de los Lincei, en Roma, eligió al lince, que simboliza este tipo de inteligencia penetrante y superior. Porque, según una creencia medieval, el lince tenía el poder de perforar muros y murallas.

Y es de lo que hay que valerse para abordar, de manera imparcial, temas que pueden parecer nuevos y sorprendentes para una sociedad prisionera de sus ideas anticuadas. Cualquier pensamiento de altura es tachado siempre de herejía. O mejor, tiene esa reputación. Pero es necesario afrontar el riesgo, ya que se trata menos de afianzar una ideología oficial que de trazar los contornos, todavía muy borrosos, de una mitología oficiosa.

Y el asunto se vuelve todavía más crucial en lo que concierne a este eterno problema de todas las sociedades humanas. ¿Cómo hay que socializar a las nuevas generaciones? ¿De qué modo hay que integrarlas en el cuerpo social? ¿En qué sentido debe refrenarse o, como mínimo, canalizar la energía animal, un tanto salvaje, que las caracteriza?

Problema crucial, porque siempre es doloroso para todos, jóvenes y adultos, participar en ese proceso de domesticación. Problema eterno, porque ese a quien Aristóteles llamaba el zoon politicón, el animal político, se ha planteado siempre el dilema de la integración: ¿cómo llevarla a cabo sin castrar demasiado la vitalidad y el ardor juveniles?

A lo largo de la modernidad, correlativamente a la invención del individuo, la socialización adoptó la forma de la educación, de la pedagogía. Según su etimología latina, se trata de conducir al niño de la animalidad hacia la humanidad. Según la referencia griega, la pedagogía conduce a este mismo niño de la barbarie a la civilidad.

En cada uno de estos casos, educación y pedagogía postulan que hay un vacío que es preciso colmar. Algo negativo que es necesario positivar. La meta de la educación moderna, si nos remitimos a la novela paradigmática de Jean-Jacques Rousseau, el Emilio, consiste en hacer de este niño un individuo autónomo, es decir (auto nomos) que sea para sí mismo su propia ley. Que sepa pensar por sí mismo y obrar en consecuencia. En virtud de lo cual, será capaz de participar en el no menos famoso El contrato social, que no es otra cosa que la asociación racional de los sujetos que la educación ha vuelto autónomos.

Ésa es la gran ideología educativa de la modernidad. Y los síntomas que señalan la saturación de tal socialización son numerosos. La crisis del modelo educativo no deja de acaparar los titulares de la prensa. Y, desde las diferentes revueltas de la década de 1960, no hace más que profundizarse.

Sin pretender ser provocadores a ultranza, podemos observar que cuando una forma social se ha vuelto caduca, tiende a volverse perversa, a producir efectos perversos. Como han señalado algunos sociólogos, se produce un fenómeno de heterotelia (Jules Monnerot): la meta alcanzada difiere de la que se proyectaba inicialmente. En este terreno, no es sorprendente que la pedagogía pueda, en ocasiones, desembocar en la pedofilia.

Es entonces el momento oportuno para recordar que existe otra forma de socialización: la iniciación. Esta no postula el vacío o la nada en el niño, sino que le reconoce en posesión de un tesoro que hay que sacar a la luz. El trabajo —porque se trata de un trabajo— del adulto consiste en provocar la epifanía de lo que ya está ahí. Hay que puntualizar que este proceso de acompañamiento se ponía en marcha en las sociedades tradicionales gracias a diferentes ritos de paso. Había pruebas que representaban al mismo tiempo la muerte simbólica, la de la infancia, y el nacimiento a la edad adulta. Ritos a veces dolorosos, pero que, más allá o más acá de la autonomía individual, integraban a la persona en la comunidad. La persona se convertía así en un miembro de pleno derecho de la tribu. Sólo existía por y gracias a ella. Persona heterónoma. Ya que la ley le era dada por otro, por el grupo.

Este proceso es exactamente el que se da en nuestros días. No en la sociedad oficial, que sigue obnubilada por el proceso educativo, sino en las distintas sociedades oficiosas que nos constituyen. De ahí el éxito de las mitologías trasladadas al cine o las novelas de iniciación, como son Harry Potter, El señor de los anillos o, evidentemente, El código Da Vinci. El mecanismo común a estos relatos es nítido: mediante un rodeo por una serie de pruebas, en las que lucha contra la parte de sombra que habita dentro o fuera de sí mismo, el héroe debe alcanzar la plenitud de su ser, o realizar el cumplimiento de la misión que le fue encomendada.

No se trata, por tanto, de conseguir una perfección individual, objetivo de la educación, sino a una completud, en la que el mal y el bien se compensan, se relativizan y participan de la armonía conflictiva que caracteriza al consenso comunitario.

Tal como lo transmite la sabiduría popular: se necesita de todo para construir un mundo. Estas novelas no son sino las más conocidas de una lista que se prolonga al infinito. Hay ahí un filón explotado a placer por escritores y editores, que han entendido perfectamente, como lo prueban sus comunicados de prensa, que el término iniciación está en onda con el espíritu de la época y puede,
en consecuencia, convertirse en una palabra fundadora.

Señalemos de pasada que estos best-séllers a escala mundial encuentran un eco indudable en el desarrollo de sociedades de pensamiento como la francmasonería, que se define como impulsada por una filosofía progresiva (y no progresista como muy a menudo se cree). La progresividad en cuestión es precisamente lo que permite que el iniciado, con ayuda de sus hermanos, prosiga y viva este viaje de la vida para que el niño, siempre presente en nuestro interior, alcance la completud de su ser.

El ideal masónico es, según la terminología vigente, el egregor, el espíritu colectivo en el que todo el mundo participa. Para decirlo en una terminología más filosófica, es el Yo trascendental del que hablaba Husserl.

Eso es, ciertamente, lo que explica la afluencia de candidatos que registran las diferentes obediencias masónicas. El rechazo del poder educativo va emparejado a la búsqueda de una autoridad iniciática. Recordemos que, mientras el poder es la expresión de la ley del padre —es vertical, impone su saber y su Verdad—, la autoridad, en su sentido estricto, hace crecer lo que ya existe. Es horizontal y participa de la ley de los hermanos.

Un último ejemplo: encontramos un acompañamiento similar en todas las prácticas emparentadas con lo que se ha dado en llamar el coaching. Coach deportivo, desde luego, que es algo muy distinto a un simple jefe. Como prueba el hecho de que Aimé Jacquet, entrenador de la selección francesa de fútbol, o Bernard Laporte, de la de rugby, se hayan convertido en iconos. Coach de empresa, igualmente, que no se reduce al papel de directivo. Coach para los diversos aspectos de la vida cotidiana: de imagen, bienestar y consejos varios. Coach espiritual, finalmente, que sustituye al antiguo director espiritual o a los maestros pensadores clásicos. En cada uno de estos casos, se trata de acompañar, de hacer surgir —antes empleé a propósito el neologismo epifanizar— una cualidad, una especificidad o una característica que ya estaba ahí, y todos los esfuerzos se dirigirán, más allá del bien y del mal, a lograr que pueda dar lo mejor de sí.
Se trata de un proceso de metamorfosis, en el que la persona plural, gracias a sus diversas identificaciones, vive la multiplicidad de sus roles y de sus posibilidades en el seno de la pluralidad de los mundos, en el seno de una pluralidad de vidas.

Las humildes mitologías cotidianas, las que cristalizan en las películas, las novelas, las canciones, el teatro y la coreografía, así como la recuperación de las grandes mitologías tradicionales que se adaptan al gusto del día, todo eso revela el anhelo, subterráneo, pero no menos real, y especialmente entre los jóvenes, del viaje iniciático. Síntoma donde los haya del cambio de paradigma en la manera de pensar y de vivir la relación con la alteridad. Es algo que debería forzarnos a repensar las modalidades de la integración social.

(MICHEL MAFFESOLI, “Iconologías. Nuestras idolatrías posrmodernas”,  Ed. Península, Barcelona, 2009, pp.127-131.

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Categorías:EDUCACIÓN

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