Camino de Emaús. Entre la decepción y la esperanza

decepcion-amorEl conocido texto de Lucas 24 narra lo que ocurre a dos discípulos de Jesús, mientras van caminando hacia una aldea cercana a Jerusalén. Deseo invitarles a reflexionar sobre el fondo de ese texto, justamente por su actualidad. No son pocos los cristianos católicos que hoy, en medio de las acusaciones a connotados ministros de la Iglesia, se sienten decepcionados de su fe. No decepcionados de Dios, aunque quizás más de alguien también lo esté, sino de la comunidad donde aprendieron a vivir y celebrra su fe. Emaús representa ese sentimiento, tan propio además de la sociedad postmoderna, desencanto de lo antiguo, de los pilares que por años dieron sentido a la vida y a las convicciones más profundas que animaron la existencia. El viaje de los discúpulos a Emaús representa el moviento errante, y por qué no errático, de una Humanidad que huye de sí misma, en la esperanza de descubrir razones para no abandonarse en la nada.

Los discípulos, igual que nosotros, han conocido a Jesús. Pero su conocimiento del Maestro ha sido más inmediato: compartieron momentos de su vida con él, dejaron todo para seguirle, se abandonaron a sus enseñanzas, vieron los milagros que hizo. Y ambién, lo mismso que nosotros, se fiaron de la Promesa, se entusiasmaron. Entusiasmarse, en su raíz etimológica, significa llenarse de Dios (viene del griego “enthusiasmós”, término formado por “en—theos”, que lleva un dios adentro).  Entusiasmados con Jesús dejaron de lado otros entusiasmos: amigos, tierras, proyectos, familia. Nosotros, además de Jesús, nos entusiasmamos con las promesas de la Iglesia: evangelización, carisma, sueños de reforma, aires de vida nueva, liberación. Y para seguir sus enseñanzas, también renunciamos a otras realidades igualmente entusiasmantes.

Del entusiasmo al desencanto

Pero ahora los discípulos marchan a Emaús. La marcha ya no es alegre, ni triunfal, como fue quizás la entrada en Jerusalén, cuando el Pueblo aclamaba a Jesús como el Mesías. Ahora hay decepción, amargura, desencanto. El sentimiento que les inunda es la derrota: “Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel. Y sin embargo, ya hace tres días que ocurrió esto” (Lc 24, 21). Decepción y desencanto.

Semejante decepción y desencanto es común en los creyentes. Nos desencantamos, a veces, de las personas, de la comunidad, de la Iglesia, de la forma de vida que llevamos, de las promesas y proyectos. No esto lo que se nos prometió —decimos—, no es lo que esperábamos. Todo parece estar yéndose al despeñadero. Entoces, ir hacia Emaús es una opción légitima, válida, quizás lo más racional. El camino de Emaús representa el paso del entusiasmo primero al desencanto actual. Y lo que hagamos allí, en Emaús será decisivo y, probablemente, definitivo. La razón es siempre la misma: nos cuesta ver a Dios vivo y presente cuando llegan los días aciagos, cuando la muerte parece ganar, cuando nada tiene sentido. Una cosa es ver a Dios presente en el dolor, en los pobres, en las tragedias humanas, pero otra cosa es descubrirlo cuando el mal va ganando terreno, cuando las contradicciones y las pasiones humanas son el pan de cada día, cuando el orgullo, vanidad, rencor, y lo peor de los seres humanos, se instala como realidad viva y operante en la comunidad y en la Iglesia. ¿No era acaso la Iglesia el mejor lugar para vivir la promesa de santidad; no se suponía que en la Iglesia íbamos a descubrir más a Dios? ¿Qué ha pasado entonces?

La decepción y el desencanto se impone por todas partes. El miedo se apodera de algunos corazones, y ya no quieren saber más de Dios y la Iglesia. Los ateos parecen tener razón, y se ríen de nuestra “credulidad”. Otros se esfuerzan en seguir creyendo, a pesar de…, esperando que Dios se manifieste y actúe. Se ha manifestado, sí, en el Papa Francisco, pero ¿y qué pasa con el resto? ¿Qué pasa con Maciel, Karadima, cuyos delitos son ahora denunciados ante la ONU como casos de tortura? ¿Qué pasa con Gerardo Joannon, y la denuncia por adopción de menores? ¿Cómo entender el silencio de los Obispos, del Cardenal? ¿Qué pasa con nosotros mismos? Nos cuesta ver a Dios en todo esto. Nuestros ojos están cerrados, pero lo que es pero: cerrado también el corazón. Nuestra Iglesia Católica era referente moral en la sociedad chilena y el mundo, hoy el panorama es distinto. El caso de Chile es paradigmático: el año 1995, el 74% de la población se declaraba católico; el 2013 esa cifra baja al 57%, 17 puntos menos (Encuesta Latinobarómetro, 2014). La canonización de Juan Pablo II tampoco estuvo exenta de polémicas.

El comentario de Myriam Verdugo Godoy, publicado en el Blog de Radio Cooperativa, expresa el desencanto que embarga a algunos creyentes, quizás más que algunos, pero entre sus líneas se lee también la esperanza de un cambio. “¿Qué es hoy la Iglesia que sus seguidores formaron y a la que muchos pertenecemos? Un Estado, un Estado poderoso que todavía es capaz de influir en las naciones, un Estado que comercia como el que más, un Estado que protege y esconde a sus pequeños delincuentes de birra y sotana, y, sin embargo, pese a ese Estado y a esos hombres que transformaron el amor a Dios y a los seres humanos en amor al poder y al dinero, sigue existiendo una iglesia que ama, que tiene a hombres y mujeres buenos, que se entregan a la vida de encuentro y solidaridad.

Soy católica, como muchos y muchas sufrí dolores en mi vida y encontré refugio sólo en la palabra acogedora y comprensiva de algunos curas, pocos curas. Hace tan poco se fue Alfonso Baeza –uno de esos pocos curas- y me sentí huérfana. Ya no estuvo para hacer misa en recuerdo de mi amado hijo, Manuelito; no va a estar este 27 de septiembre para recordar a Manuel Bustos. Su partida me dejó con un sentimiento de desamparo, de soledad. No quiero “encargar” una misa pagando, para que se lean sus nombres como en una lista de supermercado. No. Prefiero, en familia, hablar de ellos y de lo que hicieron en sus vidas, en cómo causaron nuestras alegrías, preocupaciones, ilusiones, penas… en fin, en cómo pasaron por nuestras historias para quedar vivos para siempre en nuestros recuerdos.

Por eso, en estos días (…) siento que la pregunta que se hizo el Padre Hurtado respecto a Chile debe replicarse al mundo y la respuesta creo yo serían miles de interrogantes y sólo algunas respuestas ¿Hace Francisco la diferencia? ¿Es suficiente su ejemplo para creer que la Iglesia vuelve a ser referente? ¿Es Ezzati y su actitud displicente reflejo de una doctrina? ¿Los que funan a una jerarquía son capaces de respetar a quienes seguimos creyendo en un hombre que entregó su vida por la justicia y el respecto a las personas? ¿Podrá esta iglesia ser capaz de sacar más curas obreros como Alfonso, Puga, Marotto, Aldunate, Jarlan, Dubois,Bolton,Alsina y tantos otros capaces de vivir la vida de los millones de chilenos que con su trabajo hacen crecer a sus familias? ¿Habrá una iglesia que dé espacios de influencia para nuevos Silva Henríquez, Juan de Castro, el Cardenal Caro, Hourton, Santos, Hurtado, Camus, Contreras? Mi esperanza es que sí,… siento que la llegada de Francisco abre ventanas de esperanza, de aires renovados”.

Esa esperanza depende en gran parte del Camino a Emaús, de cómo lo hagamos y de qué hagamos allí. El desencanto se vive de distintas formas, dependiendo de las zonas geográficas, de la experiencia personal, de la formación que tengamos. Adquiere también formas distintas: laicismo, paso a otras confesiones, privatización de la fe, agnosticismo, sectarismo, fundamentalismo, entre otras. Y obedece también a causas distintas: religiosas, sociológicas, culturales, psicológicas, personales. Pero si hay algo en lo que estamos de acuerdo es que vivimos momentos complejos para la experiencia de fe. Por ahora, sólo esperamos que de todo esto salga algo mejor, quizás una fe más de opción y convicción que de tradición. Nadie podría asegurarlo.

Un desencanto que viene de lejos

Lo que aquí hemos llamado “desencanto religioso”, en este sentido amplio, de mutación, ebullición, bajo la figura del viaje a Emaús, se inscribe en otro movimiento mayor, un movimiento de mutación cultural que viene dándose en el mundo desde hace décadas. Occidente también pasó por su período de desencanto. Luego de haber creído ciegamente en la razón moderna, llegando a proclamar su condición divina, pasamos al descrédito de los grandes relatos, de los sistemas y las filosofías. Y por tiempo nos quedamos a la deriva. Los hippies anunciaron la gran revolución del amor, la realización de aquello no logrado por las promesas de líderes mundiales. Pero, al final, ellos mismo fueron la base del nuevo orden mundial, de la nueva burguesía postmoderna. Dejamos a un lado la decepción, y del desencanto vivido luego de las dos guerras mundiales, pasamos rápidamente al reencantamiento del mundo. El paraíso existe, anuncia la cultura de consumo, pero está aquí, en este mundo, y lo construimos nosotros. El paraíso está en el Mall, en el cine 3D, en ciudades como Dubai, en Brasil y el próximo Mundial de Fútbol, en la moda. Este paraíso también tiene sus relatos, sus mitos y divinidades. La eterna juventud, el derecho a la felicidad, la fe ciega en la tecnología, el placer sexual, son parte de los relatos y mitos actuales. Y las divinidades son tan humanos como nosotros: allí está ahora One Direction, y mañana habrá otras rock-stars, allí también Ronaldo y las estrellas deportivas, los modelos andróginos. La vida es bella, y hay que pasársela bien, pues no viviremos eternamente.

Este clima cultural afecta, por supuesto, también a la experiencia de fe, pues al final quienes creemos en Dios somos hombres y mujeres insertos en esta cultura. Y es en esta cultura donde se nos invita a la Misión territorial y a mantener la fidelidad a Dios y a la Iglesia. ¿De qué modo afecta a la experiencia de Dios? Lo que hoy impera es la emoción, y no la razón. Los discípulos de Emaús ven a Jesús cuando éste les parte el pan. Y aquí el texto muestra todo su trasfondo Pascual, Eucarístico: Dios se muestra vivo y presente en la fracción del pan, en la comunidad. Y ellos no pueden dejar de expresar el sentimiento de gozo que ya venían experimentando: “¿No ardía nuestro corazón?” (Lc 24, 32). Pues bien, el riesgo mayor lo vive el cristianismo en este encantamiento emocional, en esta vuelta a entusiasmarnos, pero quedarnos aquí: en el gozo del corazón. Entonces reducimos la experiencia de Dios a la fiesta, al encuentro con el Papa, la procesión a Los Andes o a otro cerro cualquiera. Lo importante parece ser sentir a Jesús en el corazón, y punto. El problema es que los gozos fácilmente se confunden con los placeres: Dios es parte de las emociones que inundan el paraíso terrestre, y compite con las demás divinidades terrestres, que no son como los antiguos ídolos, sino que son la proyección narcisista de nuestros propios apetitos y deseos. ¿Qué diferencia existe entonces entre el gozo que provoca en el creyente la experiencia de Dios, y la emoción que provoca el Mall en el consumidor compulsivo, One Direction en sus fans, o ver a Chile en el Mundial de Río? Si no estamos atentos, Dios se reduce al “cada loco con su tema”: si a ti, Dios te hace feliz, quédate con Dios; pero si tu teléfono te hace feliz, quédate con él; si el Papa te hace feliz, quédate con él. Dios también podría ser parte del “derecho a ser feliz”, que prevalece como motivación en cada grupo, en cada tribu que conforma esta sociedad que habitamos hoy. ¿Qué hace la diferencia con Dios?

Lo propio de la esperanza cristiana

La diferecia pasa fundamentalmente por tres cosas. Primero, la experiencia de la Gracia. Es Dios quien, gratuitamente, nos ayuda a ver su rostro. El paraíso se vive en este mundo, pero trasciende el mundo. Dios no está a la venta. Segundo: compartir el pan. Sin comunidad no hay Dios. Por lo tanto, poner todo el esfuerzo por mejorar nuestras relaciones comunitarias, es el inicio de la Misión y la renovación en la Iglesia. Tercero, el reencantamiento cristiano se llama “esperanza cristiana”. Y la esperanza mueve a salir de sí, a ir a la ciudad, y desde allí a los confines del mundo. Está muy bien esto de los encuentros, los afectos y las emociones. Pero el cristianismo no vence los miedos ni las decepciones a fuerza de “sentirnos bien”, como si fuese una droga más, un discurso narcoléptico. El cristianismo vence los miedos a costa de esperanzas, la esperanza en que Dios vive en nosotros, con nosotros, y por nosotros, en su Espíritu, “hasta el final del los tiempos”.

Cristiano es quien regresa de Emaús, para retomar la marcha permanente. Caminamos con Dios, pero no responsabilicemos a Dios de todo lo que ocurre en esa marcha. Seamos valientes para distinguir lo que es de Dios, y lo que no es de Dios. Y al igual que los Apóstoles, obedezcamos a Dios antes que a los hombres, porque no hemos recibido el Bautismo para ser imitadores de Pablo o de Apolo, sino de Jesucristo. Como decía Agustín: el corazón cristiano está inquieto (en movimiento) hasta que no descanse en Dios. De Emaús volvemos a Jerusalén, y desde allí hasta los confines del mundo.

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Categorías:ACTUALIDAD, RELIGIÓN

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