¡Feliz Día, Mamá!

felizdiamamaA las celebraciones del Día de la Madre, le precede otro memorial de semejante connotación festiva: el Día del Trabajo. Y en medio de estos dos acontecimientos se anota un tercer evento, que no obstante su carácter episódico llama poderosamente la atención de la ciudadanía: un joven de 26 años se suicida arrojándose desde la torre Costanera Center, que casualmente es uno de los iconos nacionales del consumo, glamour y fascinación del poder. ¿Qué relación puede haber en tres hechos aparentemente tan disímiles, como son el Día de la Madre, del Trabajo y un suicidio?; ¿y qué revela del alma nacional dicha relación? La clave de comprensión parece estar en el modo en que es vivido cada evento.

El Día del Trabajo es “el día” en que el torbellino empresarial detiene su maquinaria, para que tanto jefes como trabajadores hagan las pases en torno a sendos discursos y promesas, asados y vino tinto. El empresario reconoce a los trabajadores más esforzados, eficientes y leales, invitando al resto a imitar las virtudes del santo que ha consagrado la vida a la productividad del negocio. Los trabajadores, por su parte, agradecidos por las parrillas y los bailes, prometen amor eterno a su patrón. Ya es suficiente con que los dirigente nacionales, y otro tantos, cumplan con los rituales celebrados en las capitales regionales: más discursos, memoria de los mártires y marchas callejeras. ¿Y al día siguiente? Al día siguiente se vuelve a la rutina, la maquinaria se reactiva y volvemos a la misma historia de explotadores y explotados. Los trabajadores evalúan el carrete del día anterior, y los empresarios gozan en la convicción de que mantener el status quo bien vale —un día— del trabajo, lo mismo que Napoleón pensaba “París bien valía una Misa”.

El Día de la Madre es, a juicio de los propios comerciantes, la más rentable de las celebraciones del año. Y en ello se nos ha educado muy bien. Semanas antes, las empresas del retail nos recuerdan que no hay amor de hijo sin un buen regalo. Y así, aunque sospechamos que algo turbio hay detrás de tanta publicidad, el amor a la mamá queda férreamente vinculado al comercio. No lo digo yo, sino las sonrisas en el rostro de los comerciantes. ¿Y al día siguiente? Al día siguiente volvemos a lo mismo: femicidios, machismo, postergación y soledad. La mamá es la mujer más linda del mundo, y el mejor regalo que nos ha dado Dios, confesamos. Pero no porque sea mujer convertida en madre, sino porque es madre a pesar de ser mujer. Esta es la esquizofrenia en que vivimos. En el fondo, lo que celebramos es que esa mujer haya superado sus reclamos de igualdad y dignidad, y haya optado por ser “la mamá”, la que todo nos aguanta y perdona. Abrazamos a las mamás, pero no a las mujeres. No lo digo yo, sino la historia de abusos que, a diario, padecen miles de mujeres en el mundo.

El Día “del loco” en el Costanera Center, fue el día en que un ser humano, agobiado quizás por qué infinidad de dramas y por dolores insufribles, decide subir hasta el piso 27 de la torre y lanzarse al vacío, en medio de una multitud que, ya sea en vivo, ya sea por las redes sociales, no quería perderse semejante espectáculo. Aquí hay algo enfermo, que supera el típico morbo. Pues por un lado somos capaces de dolernos por un animal que sufre las secuelas de un incendio y, por otro lado, corremos para contemplar el espectáculo de una vida humana lanzada al vacío, quizás como la resultante más evidente de las fuerzas sociales que nos desgarran por dentro y por fuera. Después de todo, los “reality de la TV” parecen habernos habituado a que todo, inclusive los dolores más indecibles, es un mero espectáculo mediático, ante el cual tomamos palco, en tanto no nos toque la propia piel. Más de alguien se detuvo a escuchar una y otra vez el azote del cuerpo contra el piso. ¿Y al día siguiente? Al día siguiente todos volvimos a nuestros mundillos, a esperar a que las redes sociales vuelvan a mover el estancado caudal de la conciencia ciudadana.

¿Qué hay detrás de todo esto? No es fácil saberlo, pero lo que sí se nota claro en los tres hechos es el influjo de la cultura postmoderna. Y como toda cultura, tiene sus mitos y ritos. El gran mito postmoderno es que no existe (o no importa) pasado ni futuro, sino únicamente el instante presente, y en este presente no hay más cabida que mi “autorealización autónoma”, es decir, aquello que yo mismo me procuro en función de mi felicidad.

¿Y qué hay de los ritos? Pues los ritos ahí están, entre otros: Día de la Madre, del Trabajo, del Padre, del Niño, del Abuelo, del Enamorado. Y funcionan muy bien como ritos de expiación. Celebrándolos expiamos las culpas, la culpa que sentimos por vivir y aplaudir a diario aquellos valores tan propios de esta cultura de muerte: egoísmo, placer, poder y erotismo. Y después tenemos la patudez de preguntarnos por qué la gente está tan violenta en las calles. El suicido en la torre del Costanera Center es, sin dudas, un fuerte llamado de atención al modo tribal en que nos estamos relacionando, pero lo exorcizamos muy bien, convirtiéndolo en un espectáculo de tele-realidad, en el fruto del “arduo y paciente trabajo” de los caza-noticias. ¡Vaya suculento plato que consiguieron esta vez!

¿En un escenario así, puede tener sentido el Día de la Madre, más allá del sentido que le da Ripley y Falabella? ¿Puede sustraerse a la secuencia de los ritos que nos ayudan a expiar las culpas? Por cierto que sí. El Día de la Madre, en su más genuina naturaleza, es la expresión simbólica de la vida y el amor que, aunque frágil y silencioso, vence la prepotencia del poder y la hegemonía de la muerte. Y celebrado así, se convierte en el germen de una nueva cultura y manifestación del rostro de Dios. ¡Feliz día, mamá!

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Categorías:ACTUALIDAD, ENSAYOS

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